Columnistas


Una paz que genera la guerra
Autor: Eduardo Mackenzie
23 de Enero de 2016


No es una broma, ni una anti frase. En ciertas condiciones, la paz puede generar la guerra, puede desatar las formas más terribles de la guerra. La paz no es un bien en sí. La paz sola no es una respuesta a la violencia.

No es una broma, ni una anti frase. En ciertas condiciones, la paz puede generar la guerra, puede desatar las formas más terribles de la guerra. La paz no es un bien en sí. La paz sola no es una respuesta a la violencia. La paz decretada, la paz injusta,  lleva a la guerra. Lo que lleva a la paz es el Derecho y la Seguridad. Firmar la paz no es la garantía de que habrá paz. Una forma de paz puede ocultar una forma de guerra.  Miente quien dice que la forma como fue firmada la paz tras la primera guerra mundial no tuvo nada que ver con el estallido de la segunda guerra mundial. Una paz mal negociada puede ser el acicate de una nueva guerra, y hasta de un conflicto peor.  ¿Cuántas veces la Historia, incluyendo la nuestra, la colombiana, nos ha enseñado eso? Hacer el inventario de esos hechos no es el objeto de este artículo.


Hay una paz que engendra la guerra. Eso lo saben muy bien los individuos que orientan a las Farc. Como están haciendo la paz con Santos, ellos se preparan para continuar la guerra contra Colombia. Hace unos días, un general de Ecuador reveló que las Farc habían aumentado sus compras de armas desde que comenzaron a negociar la paz con Santos. La noticia es extraordinaria, pero pocos en Colombia  la han interpretado. No han visto  que esa verdad desgarra forzosamente los sueños de paz que hay en el país, ilusiones que Santos y su gobierno exportan con tanto éxito al exterior, donde los actores políticos parecen ignorar los detalles crueles de la “negociación de paz”.


Sin embargo, lo que reveló el General de Brigada Fernando Proaño Daza, quien comanda a los militares ecuatorianos desplegados en la frontera con Colombia, es capital. El general Proaño sabe  lo que dice. Sus palabras fueron: “Desde que se inició el proceso de paz [en Colombia] se ha incrementado el tráfico [de armas], hemos capturado una gran cantidad de munición, armamento, y entonces como que podemos determinar que ellos aprovecharon esta situación para fortalecer su situación en prevención de lo que pueda suceder a futuro”. La agencia Efe, autora de la noticia, no se preguntó por qué hay tan pocas capturas de guerrilleros colombianos en Ecuador, donde se da ese tráfico de armas casi en forma transparente, pero dio otro detalle: “En los últimos días el Comando Operacional Número 1 ‘Norte’ [del Ejército de Ecuador] ha descubierto un taller artesanal de armas y ha aprehendido más de 1.300 barras de explosivos (pentolita), destinados a grupos irregulares (…) con un peso de casi seis quintales (600 kilos)”.


También encontraron, en la zona fronteriza, 20 000 kilos de cemento,  4.931 galones de gasolina artesanal y  otros elementos químicos, como abonos, destinados a la elaboración de cocaína.


¿Si eso ocurre en Ecuador qué puede estar ocurriendo en Venezuela? Las Farc siempre utilizaron la Venezuela de Chávez y de Maduro como bastión militar y plataforma de narcotráfico. El tráfico de armas por esa frontera puede ser aún más grande.


La pregunta más obvia es: ¿Será que las Farc están gastando millones de dólares en armas,  explosivos y precursores químicos para ocultarlos o para entregárselos gentilmente a la ONU  el 23 de marzo próximo, o dentro de seis meses, una vez firmen la paz con Santos? No. Lo que esto quiere decir es que las Farc se preparan para la guerra puesto que van a firmar la paz. Esa es su lógica. La única que conocen desde que fueron creadas.


Se preparan para la guerra rearmándose y anunciando que no entregarán sus armas, diciendo que las esconderán y que solo ellos controlarán esos escondrijos y advirtiendo que  las fuerzas de defensa y seguridad de Colombia, las fuerzas legítimas del Estado, deberán “desarmarse” a su vez, tan pronto Santos firme la paz. La réplica del mandatario colombiano a este último punto es inaudible.


“Ningún tratado de paz debe ser considerado como tal si éste ha sido concluido reservando secretamente la materia de una futura guerra”. La pertinencia de este párrafo con la situación que vive Colombia en este momento es asombrosa. Sin embargo, fue escrito  en 1795 por Immanuel Kant en su famoso Proyecto de Paz Perpetua, que no es exactamente un texto utópico ni angelista sino una pertinente incursión de la filosofía en el campo político. Kant no se dejaba impresionar por la noción de “paz”. El estimaba que si bien es cierto que la paz, en teoría, puede ser solo una “dulce fantasía” ella puede convertirse en la práctica en el “gran cementerio de la especie humana”.  Pues la paz que conduce a la guerra puede adquirir un poder destructor capaz de arrasar al mismo tiempo todas las partes del conflicto y llegar, como lo recuerda la especialista Monique Castillo,  en su introducción al opúsculo de Kant, a la paz de los cementerios, al reposo eterno al que el filósofo alude irónicamente en el título alemán de su obra: “la paz eterna” (perpetua de los muertos).


Las Farc se preparan para una falsa paz, se rearman en secreto con la ayuda de dos dictaduras con fronteras con Colombia y, al mismo tiempo, dicen, en La Habana, que le pedirán, con Santos, al Consejo de Seguridad de la ONU que “verifique el cese al fuego bilateral y definitivo” y el “proceso de dejación de armas”.


Su guerra continuada necesita de un acuerdo de paz confuso, como el que están obteniendo de Santos. Ese “acuerdo”, el mostrado esta semana, es completamente opaco. Los verificadores no serán sólo de la ONU, si el Consejo de Seguridad acepta jugar ese papel --lo que no han obtenido todavía--,  sino que habrá “verificadores” de un grupo internacional de países  bajo hegemonía chavista, el Celac. Creado en 2010, el Celac excluye a Canadá y Estados Unidos, así como a Francia, Países Bajos, Dinamarca y Gran Bretaña, aunque esos países poseen territorios en las áreas geográficas que el Celac dice representar.


La tal “verificación” es otro misterio. No se sabe si habrá “verificadores” o solo “observadores”. Tampoco se sabe dónde serán ubicadas las “zonas de concentración” a donde irán a parar las sangrientas huestes narcoterroristas, y no se sabe si éstas aceptan realmente esa “concentración” (algunos cabecillas de las Farc han negado ese punto). Tampoco está dicho de qué tamaño serán esas zonas y cuál será el comportamiento aceptable de las tropas de Timochenko dentro de esas zonas.


Tampoco sabe Colombia en qué consistirá la “dejación” de las armas de las Farc, ni cómo el acuerdo de cese al fuego “bilateral” afectará a la fuerza pública. ¿Esta quedará inmovilizada en todas partes, sobre todo en las “zonas de concentración” y en la periferia de éstas? ¿En qué consistirá el “desarme” de las Fuerzas Militares? Este punto demente del desarme bilateral es sacado cada vez por los jefes farianos cuando los efectos de la “pedagogía de la paz”, bien financiada por Santos con el dinero de los contribuyentes, crece como espuma en la prensa colombiana e internacional.


Ante semejante confusión ¿cómo puede el Parlamento Europeo decir que “el proceso de paz [de Colombia] es un acuerdo con base sólida”? ¿No fue eso lo que dijo el martes pasado, en Estrasburgo,  la jefa de la diplomacia europea, Federica Mogherini?


¿De qué “base sólida” hablan cuando el mismo Procurador General de Colombia, Alejandro Ordoñez Maldonado, ha enviado un documento a la Corte Penal Internacional (CPI) donde explica que el acuerdo escandaloso sobre justicia entre Santos y las Farc “genera impunidad frente a la solución de conflictos internos” y "no es consistente con el objetivo del Estatuto de Roma de terminar con la impunidad para los crímenes de guerra, lesa humanidad y genocidio”.¿De qué “base sólida” hablan cuando  el mismo alto funcionario reitera que ese acuerdo “enseña un camino para que los perpetradores actuales y futuros [de tales crímenes] evadan la justicia”?


Hasta hoy, la ciudadanía y los partidos políticos --mediante el voto en elecciones--, y la fuerza pública  --mediante sus combates y sus sacrificios--,  habían proscrito a las Farc en vista de su naturaleza criminal y de su acción sangrienta. Con el acuerdo de paz, las Farc podrían escapar del lugar donde la democracia las había puesto e instalarse de contrabando en el centro de la vida del país para culminar su guerra contra la democracia. Ellas designan así a Colombia como su presa, aunque Colombia quiera hacer la paz con ellas. Harán eso mediante un falso acuerdo de paz y sin haber cambiado de métodos y de objetivos, sin haber reconocido que su accionar violento fue un error, sin haber probado que merecen un  nuevo estatuto. Obtendrán esa ventajosa posición gratuitamente, sin haber vencido al Estado, sólo por el gesto alucinado de un mandatario que ya no respeta la Constitución de su propio país.