Columnistas


Suspenso en Caracas
Autor: Sergio De La Torre
17 de Enero de 2016


Tras su reciente, holgada victoria, la puja de la oposicion con el gobierno hasta hoy no ha tenido la virulencia esperada. No hay choques en las calles, escenario acostumbrado en Venezuela para medir fuerzas los bandos enfrentados.

Tras su reciente, holgada victoria, la puja de la oposicion con el gobierno hasta hoy no ha tenido la virulencia esperada. No hay choques en las calles, escenario acostumbrado en Venezuela para medir fuerzas los bandos enfrentados, cuando las diferencias se polarizan. En esta larga pugna de 17 años la agresividad corría por cuenta de los chavistas mientras sus contrarios, habitualmente escindidos, y por lo mismo indecisos, sin apelar jamás a la violencia, guardan compostura. La razón es simple: se trata de una oposición civilista y desarmada, que se limita a denunciar atropellos como los sufridos con ocasión de las protestas de hace 2 años cuando, recién posesionado Maduro, pistoleros fletados por el régimen arremetieron contra los inermes manifestantes, causándoles 42 muertes.


O sea que allá los disidentes, amordazados, encarcelados, exiliados y hasta masacrados a campo abierto, debían además aguantarse que les robaran las elecciones cada que las ganaban. Ello se cumplía en el furtivo conteo de votos en horas nocturnas o cuando, reconociéndoseles un triunfo que por su dimensión no podía burlarse (como en los casos de la alcaldía de Caracas y de la clara mayoría obtenida en el Parlamento elegido hace 5 años, el mismo que acaba de ser reemplazado), a renglón seguido se anulaban o inutilizaban tales conquistas con un cambio expreso de las reglas vigentes, hecho a posteriori con pasmosa frescura. Recordemos cómo para reducír las curules logradas por la oposición en la Asamblea Nacional, el régimen, a contrapelo de lo que dicta la aritmética más elemental, acomodaba los resultados en forma tal que con el mismo número de votos la oposición ganaba menos sillas que el chavismo, llevando el escrutinio al absurdo más risible que pueda imaginarse. Ni siquiera en la Unión Soviética de ayer o en Cuba y Norcorea de hoy, donde el partido comunista dominante suele sacar el 99% de los sufragios, se han conocidos malabares tales.


En Venezuela el conteo era tan singular que la mayoría cantada y reconocida en las urnas se volvía minoría en la Asamblea. A propósito de lo cual, anotémoslo de paso, ciertos amigos, harto celosos y vigilantes de la democracia en Colombia cuando ella les favorece, no tienen empacho en secundar al chavismo, que para ellos es modelo de tolerancia y libertad. Justifican sus desmanes y cuando ello resulta imposible por desafiar la razón, callan prudententemente. Las aberraciones señaladas no les preocupan ni conmueven, a juzgar por sus silencios oportunos , pues en Caracas toda muestra de apoyo, activo o pasivo, venida del exterior, se recompensa generosamente. No faltan para el efecto los petrodólares, que son la savia y el sustento de su cacareado socialismo bolivariano, cuyos empresarios ignoran, o fingen ignorar, que Bolívar, liberal volteriano y de principios, fue el menos socialista de todos sus contemporáneos.


La camarilla que allá campea es la nueva clase, emergente y enriquecida a expensas de toda una nación empobrecida y despojada. Su socialismo nunca fue como el que concibieron sus mentores primigenios en el mundo: una mezcla pulquérrima, casi apostólica, de ideología, credo, desprendimiento, vocación, fe y hasta mística . Y, por supuesto, un modelo de sociedad mínimamente coherente y racional, como lo pregonan los modernos partidos de izquierda en el mundo civilizado. Pero en manos y en boca de esa cáfila de truhanes es apenas mero ruido, acompañado de caridad pública a cargo del Estado, mientras aguanten sus arcas, abastecidas por el maná del petróleo, cuando lo vendían a buen precio, cosa que ya pertenece al pasado .