Columnistas


¿Casandras?
Autor: José Alvear Sanin
13 de Enero de 2016


Entre los mejores recuerdos de la adolescencia, el descubrimiento de la Ilíada no es de los menores. Ese tropel de dioses, héroes, choque de pueblos, batallas, pasiones, amores, virtudes, vicios, amistades y traiciones.

Entre los mejores recuerdos de la adolescencia, el descubrimiento de la Ilíada no es de los menores. Ese tropel de dioses, héroes, choque de pueblos, batallas, pasiones, amores, virtudes, vicios, amistades y traiciones, sigue despertando el entusiasmo del lector. Veintiocho siglos no han podido deslustrar ese inmenso canto. 


Casandra es uno de sus personajes inolvidables, pero hasta que la encontré estelarizada en “La guerre de Troie n’aura pas lieu”, de Jean Giraudoux, no alcancé a calibrar la intensidad de su tragedia. No olvidemos que habiéndose quedado dormida en el templo, Apolo le prometió el arte de la profecía, don que ella aceptó, pero como se negó a dormir con el dios, este la castigó haciendo que nadie jamás creyese lo que ella profetizase. 


A medida que avanza el relato de la guerra de Troya, una y otra vez los reyes y generales se burlan de sus advertencias. En cada ocasión Casandra había visto claro, pero los magistrados, en lugar de reconocer el daño causado por no atenderla, añadían nuevas burlas a la infeliz clarividente. Por tal razón aceptaron la entrada del gigantesco caballo, a pesar de las súplicas de Casandra, que presentía el resultado de aceptar el engaño. Igual suerte cupo a su único seguidor, Laocoonte, cuando exclamaba: “¡Locos, nunca debe confiarse en los griegos, aun cuando dejen regalos!”. 


La suerte de las mujeres troyanas después de la derrota fue, desde luego, la esclavitud, incluyendo a Casandra, que acabó en poder de Agamenón. Finalmente no nos cuenta Homero si después de perder la guerra los troyanos siguieron burlándose de aquella que había visto claramente lo que le habría de ocurrir. 


La maldición de Apolo sigue vigente. Siempre a quienes advierten los resultados fatales de seguir la línea del menor esfuerzo y guiarse por la irreflexión, la credulidad, la vanidad y la búsqueda de popularidad, se les desestima. La burlona recomendación de ¡No escuchar a las casandras! resuena a lo largo de los siglos. 


La democracia colombiana puede ser destruida por un adversario cuyo caballo es el proceso de la paz habanera, donde las advertencias de una docena de casandras son sistemáticamente despreciadas. Se confía plenamente en el adversario, a pesar de sus escabrosos antecedentes, mientras se denigra de quienes lo combaten. Además de total impunidad, las Farc conservarán sus caudales, sus armas, su narcotráfico. Se les entregará el control político de varios millones de hectáreas y, como si fuera poco, quedarán encargadas de reescribir la historia y facultadas para juzgar y llevar a la cárcel a quienes se hayan opuesto en los últimos 50 años al avance de la revolución, para lo cual se crea la más orwelliana jurisdicción de paz.


Para eso, a través del congresito y el plebiscito, se elimina la muralla formada por la Constitución, los tratados públicos, el derecho y la racionalidad económica, para que los subversivos entren a dominar la ciudadela...


Quienes se niegan a leer y analizar las inconcebibles concesiones que hasta ahora se han hecho a las Farc, pueden, desde luego, hacerse ilusiones sobre esta farsa disfrazada de negociación. Para tranquilizarse, afirman que los críticos del proceso pertenecen a una franja lunática o a una banda de fascistas, paracos y asesinos... Otros, afortunadamente menos agresivos, se refugian en una confianza tan ciega como culpable: “Aquí no pasará nada, porque un multimillonario como el Dr. Santos no entregará el país al comunismo”.


Definitivamente, no hay peor ciego que el que no quiere ver (o leer), lo que se esconde tras lo convenido hasta ahora y la más cínica reforma constitucional, tendiente al establecimiento de una dictadura omnímoda y contraria al sentir nacional.


Entre tanto Timochenko, feliz, proclama: “Somos guerrilleros colombianos, militantes activos de una organización revolucionaria que recién cumplió 50 años de lucha invencible. Nos sentimos orgullosos de ello, no nos arrepentimos siquiera por un instante de lo hecho y jamás vamos a hacerlo”.


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La bien publicitada “recuperación” de las carreteras antioqueñas resume los resultados de una administración narcisista, fatua, falaz, costosa y pomposa. Basta recorrer los 250 kilómetros abandonados entre Guatapé, Alejandría, Concepción, El Carmelo, Corrientes y El Peñol, para evaluar los dividendos político-mediáticos de la mermelada departamental.