Editorial


Sonidos de Cartagena
9 de Enero de 2016


Por estos días, los amantes de la música oyen hablar de Cartagena. La ciudad ofrece razones para celebrar con las creaciones del Viejo Mundo y el Nuevo Continente que desde ayer se expresan magníficas en el Festival internacional de música.

Por estos días, los amantes de la música oyen hablar de Cartagena. La ciudad ofrece razones para celebrar con las creaciones del Viejo Mundo y el Nuevo Continente que desde ayer se expresan magníficas en el Festival internacional de música, convocado con el título de Música hacia tierra firme, y alrededor de grandes obras e intérpretes de ambos mundos. La ciudad, junto a los municipios vecinos, también es noticia por los poco fructíferos esfuerzos de las autoridades que intentan reducir la exposición de menores de edad a la música con contenidos eróticos -música plebe se le dice en el argot regional- así como de ejercer control sobre los picós, ejes de fiestas que desde el año 2000 se identifican como fuentes de inseguridad y violencia. 


La buena música, en la que los silencios enaltecen los sonidos interpretados por voces e instrumentos de gran riqueza expresiva, dialoga con los susurros de la mar y el viento, bellamente caracterizados por el chileno Pablo Neruda: “Necesito del mar porque me enseña:/ no sé si aprendo música o conciencia:/ no sé si es ola sola o ser profundo/  o sólo ronca voz o deslumbrante/ suposición de peces y navíos”.


Con sus resonantes bajos que, infatigables, salen de potentes bafles, el picó convierte la música en “energía sonora para poner a gozar a la gente por medio de tremendo sistema de altavoces”, según describen sus promotores en el Caribe.


Ese diálogo entre mundos y entre armonías y silencios que nos enseñan el valor de escuchar se contrapone a las arrasadoras ondas sonoras “desconsideradas con los vecinos” según el Concejo de Cartagena, y forman una inquietante paradoja cultural que recorre el ser de la emblemática capital del Caribe colombiano.


Celebramos el décimo aniversario del Festival de Música de Cartagena, su prestigio creciente, la presencia de grandes intérpretes, así como las actividades y talleres que enriquecen a los artistas locales y a los que viajan de todas partes del país, además de que dan a los públicos nuevos elementos para la comprensión y goce de las grandes creaciones. Con inmenso esfuerzo de la presidente honoraria, Julia Salvi, y decidida convicción de los socios y patrocinadores, mayoritariamente privados, este Festival inspira a eventos que realizan corporaciones privadas decididas, a pesar de distintos avatares, a contribuir a la formación de públicos y el enriquecimiento cultural de ciudadanos expectantes de puente a la belleza legada por la humanidad.


Pero mientras insisten en prohibiciones y restricciones poco efectivas contra la champeta, las instituciones públicas de Cartagena están prácticamente ausentes del patrocinio y divulgación de los talleres especiales para creadores, los diálogos del público con los intérpretes, y la escuela de luthiers que impulsa el Festival de música. Esta inacción, aunada a la ausencia o desprecio a la educación artística en las escuelas, contribuye a entender por qué fracasan grandes esfuerzos administrativos, como el acuerdo municipal que prohíbe la presencia de menores de edad en fiestas de champeta o las sucesivas prohibiciones y limitaciones promulgadas desde el año 2000. También permiten comprender la indiferencia de los ciudadanos que toleran, y participan, de eventos alrededor de picós y la champeta, así reconozcan que en tanto negocios que favorecen el consumo de alcohol y drogas y la violencia, ellos son perturbadores del desarrollo equilibrado de niños, niñas y adolescentes. 


Después de que tuviera respaldo bipartidista en el Congreso, el presidente Obama sancionó el pasado diciembre la ley Cada estudiante tiene éxito, que determina las prioridades y acciones que liderará el Gobierno de Estados Unidos para favorecer la calidad de la educación y preparar a los estudiantes de las escuelas públicas para su mejor desempeño. Además de la prelación al maestro como fundamento de la educación y de la inclusión del acceso a los recursos TIC como apoyo al proceso formativo, en la norma se destaca la voluntad de dedicar recursos importantes a la formación de maestros de excelencia y la financiación de programas de educación en artes y música, lo mismo que se hace con la educación en Matemáticas, Lenguaje y Ciencias. La iniciativa apunta a dar respuestas a la pregunta sobre la formación de públicos conocedores de la riqueza de las creaciones artísticas de las civilizaciones humanas y, por tanto, capaces de optar por el disfrute de la belleza y la elección de lo justo y bueno para la vida, en vez de derrochar sensibilidad y salud en expresiones sin riqueza cultural o sensible.