Columnistas


Sobre el plebiscito, otra vez
Autor: Alfonso Monsalve Solórzano
27 de Diciembre de 2015


Lo del plebiscito es algo que todavía no está definido, por la simple razón de que las Farc no lo aceptan y, como ha ocurrido en otros temas de discusión en La Habana, esta organización probablemente terminará por hundirlo.

Lo del plebiscito es algo que todavía no está definido, por la simple razón de que las Farc no lo aceptan y, como ha ocurrido en otros temas de discusión en La Habana, esta organización probablemente terminará por hundirlo. Eso al menos dicen las enseñanzas que deja esta negociación. Pero asumamos que, por las circunstancias que sean, el plebiscito se realizará. Es un ejercicio legítimo para la oposición, determinar un curso de acción frente a esa posibilidad, porque debe tener cubiertos todos los escenarios posibles en este complejo asunto de la negociación de La Habana.   


Hay, en la actualidad, una discusión al respecto.


Unos plantean que hay que abstenerse porque el plebiscito de marras es una burla a la Constitución, que ha sido vapuleada y violada mil veces para aprobar ese engendro. Al rebajar el umbral al 13% del censo electoral se cae en lo que en lo que se conoce en teoría política como “dictadura plebiscitaria”, mecanismo que usan los tiranos para validar sus tropelías. Los umbrales altos existen, precisamente, para evitar la manipulación de segmentos de la población, domesticada con las migajas que caen de la mesa de los sátrapas. Lo que hizo el Congreso fue eliminar esa barrera, de manera que la dictadura plebiscitaria sería avalada por quienes votan no. Si a eso se suma la desaparición real del Congreso, que cavó su propia sepultura con el famoso “congresito”, que entregará una ley habilitante a Santos -frente a la cual, las que se le han dado Maduro en Venezuela son un juego de niños, porque aquí se le dará el poder de “refundar” al estilo guerrillero, la nación- el plebiscito, piensan los partidarios de esta posición, no debe contar con los votos de quienes no están de acuerdo con lo pactado en La Habana.


A esto le suman la asimetría que existirá entre el gobierno y su coalición, que contarán con todos los recursos publicitarios, la mayoría de los medios de comunicación y la mermelada necesaria para promover el sí, mientras que los promotores del “no” carecerán de todo tipo de garantías y de recursos. ¿Cuál empresario, preguntan, se atreverá a financiar la campaña por el “no”, sabiendo lo vengativo que es el presidente Santos?


En resumen, participar, votando “no” por los acuerdos, sería una forma de legitimar el atropello a nuestra Norma de Normas y legitimar la instauración de la dictadura; no hay manera de obtener unas mínimas garantías ni recursos económicos, y en caso de que el “no” perdiese, la oposición no podría, después, rechazar el resultado que ayudaron a validar. La conclusión, insisto, es que esta debería promover la abstención de los ciudadanos frente a ese mecanismo.  


Admito que las premisas son ciertas, pero la conclusión no lo es, pues afirmo que faltan algunas consideraciones que hacen que lo mejor sea votar por el “no”.


Sí, es cierto que el plebiscito es inconstitucional y la participación de la oposición, asimétrica, pero lo que hay que evaluar es si es conveniente para el país participar o no en este, habida cuenta de que de ganar el sí de manera amplia o de manera absoluta, con cualquier votación, estaría dándose vía libre a la entrega del país a las Farc.  A veces, hay que utilizar mecanismos claramente divergentes con la ley, propuestos por los gobernantes, para poder socavar sus posiciones. El ejemplo de Venezuela es paradigmático: las condiciones para elegir a los narcosocialistas en la Asamblea Nacional, claramente ilegales incluso en el marco de la constitución bolivariana, les dan una ventaja enorme y cuentan, además, con el sistema judicial, el poder electoral y los medios de comunicación; sin embargo, hace unas semanas sufrieron una estruendosa derrota. Las redes sociales y la comunicación personal, dieron salida a la ira del pueblo venezolano, que rechazó a la dictadura de tal manera que sectores mayoritarios de los militares se vieron obligados a hacer respetar los resultados, para evitar un baño de sangre, doblegando el fraude madurista. 


Si la oposición colombiana se concentrara en la campaña por el voto del “no” en el plebiscito, podría movilizar importantes sectores de la población. Ganar sería difícil, pero ni imposible, y pondría a Santos contra las cuerdas; ganar con un voto elevado por el “no”, dejaría al presidente en serias dificultades; y, en cualquier caso, nadie podría reclamarle a la oposición por haber validado el acuerdo de La Habana, porque uno de los ejes de la campaña sería la denuncia de las trampas constitucionales que encierra y las ventajas arbitrarias que toma el gobierno, además de una pedagogía en las redes sociales centrada en lo perverso que es para nuestra democracia el acuerdo.


Por otro lado, con el umbral aprobado, carece de sentido la abstención activa, que tendría valor si se exigiese una alta votación. Tal como están las cosas ahora, no puede diferenciarse políticamente entre quien se opone absteniéndose, de quien no vota por pura indiferencia, más en un país de abstencionistas. La oposición no puede reclamar como suyo el porcentaje de quienes no sufragan. Juan David Escobar me hacía notar hace algunos días que la abstención nunca ha sido, en ninguna parte, una estrategia política ganadora y que, de hecho, abstenerse, es garantizar que la política de un gobierno tirano se imponga sin resistencia alguna. En caso de que haya plebiscito, en conclusión, hay que notar por el “no”.


Pero, vuelvo al principio, hay que esperar a ver si el gobierno recula y las Farc terminan por enterrar el plebiscito, como antes lo hicieron con el referendo o la ley estatutaria con la que se dio al principio de esta negociación.