Columnistas


La forma de las ruinas: la historia y la verdad
Autor: Álvaro González Uribe
27 de Diciembre de 2015


La última novela de Juan Gabriel Vásquez, La forma de las ruinas (Alfaguara, noviembre 2015), además de ser apasionante, le abre al lector un inmenso interrogante sobre la historia.

@alvarogonzalezu


La última novela de Juan Gabriel Vásquez, La forma de las ruinas (Alfaguara, noviembre 2015), además de ser apasionante, le abre al lector un inmenso interrogante sobre la historia. Precisamente, en la obra el autor expresa que “uno escribe un libro como el que ahora escribo, y ciegamente confía en que el libro signifique algo para alguien más”.


Vásquez advierte que es una obra de ficción, y que los “personajes, incidentes, documentos y episodios de la realidad, presente o pasada, se usan aquí de forma novelada y con las libertades propias de la imaginación literaria. El lector que quiera encontrar en este libro coincidencias con la vida real lo hará bajo su propia responsabilidad”.


Por eso la precisión histórica de la obra no importa aunque tenga tantos elementos verdaderos, lo esencial es esa reflexión que genera sobre la verosimilitud de la historia en general y no sobre los dos acontecimientos en torno a los cuales gira la novela: los asesinatos de Uribe Uribe y de Gaitán.


Tanto Vásquez como uno de los protagonistas, el obsesivo y enigmático cazador de conspiraciones Carlos Carballo, concluyen directa e indirectamente que la historia termina siendo en últimas solo la que se cuenta. Parece una perogrullada, pero no, es afirmar que tras esa historia que nos han enseñado hay una verdad que no conocemos, tanto sobre los hechos reales como sobre sus motivaciones, causas y contextos. Por eso su ignorancia impide que alcance a ser historia.


Pero, ¿quién legitima la historia verdadera?, ¿quién es su notario? ¿Es acaso capaz alguien de investigar y contar todos los detalles de los hechos y sus elementos precedentes y concomitantes? No solo es imposible impedir que esos hechos reales pasen por el filtro de las subjetividades ideológicas o de cualquier índole, sino que también lo es su investigación perfecta y minuciosa, tanto por tiempo como por espacio e incapacidad humana. Y como dicen, “el diablo está en los detalles” -o el ángel-, pues hay detalles que por mínimos que parezcan pueden cambiar la historia.


No soy historiador, pero imagino que en esta ciencia la reflexión se hace desde los inicios de su estudio: una cosa es la historia y otra la verdad. La verdad plena en todas sus dimensiones es imposible de narrar, la historia trata de hacerlo, es su función intentar retratarla y analizarla lo más fielmente posible, pero jamás llegará a ser su espejo multidimensional.


Ahí está el meollo: Una cosa es la historia como elaboración humana y otra cosa la verdad que es fruto de miles de hechos de todo tipo.


Entonces no se trata de que hay partes de la historia que no sabemos, ya sea porque nadie la ha contado, porque no la hemos conocido, o porque está mal narrada debido a incapacidad, ligereza o motivos ideológicos, políticos, personales o de cualquier tipo. Es así como puede haber muchas historias sobre una sola verdad, o muchas verdades que solo tienen una historia.


Lo clave de esta reflexión, es que la historia que sabemos, o al menos la más generalizada, se vuelve en sí misma una verdad que puede modificar los hechos presentes y futuros. No es lo mismo afirmar que a Uribe Uribe lo asesinaron solo dos artesanos resentidos -Galarza y Carvajal- a decir que tras ellos había toda una conspiración urdida por determinadores de alta alcurnia social y política. También, imaginemos que se hubiera descubierto sin duda alguna, o, mejor, que se hubiera contado con investigaciones serias y aceptadas (aunque nunca es tarde en esta materia), que detrás de Roa Sierra había más gente de la misma condición de quienes pudieron haber estado tras el asesinato de Uribe Uribe. Este país sería otro, para mal o para bien dirán algunos, pero sería otro.


La actualidad es consecuencia de la historia más que de los hechos reales pasados. Al fin y al cabo los hechos pasan y la que permanece es la historia que sobre ellos se cuenta y se acepta por la mayoría. Lo que no queda en la historia, por lógico que parezca y por teorías que tenga, solo queda en eso: en teorías.