Columnistas


La espiral de la paz
Autor: 羖varo Gonz醠ez Uribe
19 de Diciembre de 2015


No hay una paz perfecta. Ning鷑 pa韘 la tiene haya o no sufrido un conflicto armado tan cruento y largo como el colombiano. Ni siquiera pa韘es como Estados Unidos o Francia pueden alardear de una paz total.

@alvarogonzalezu


No hay una paz perfecta. Ningún país la tiene haya o no sufrido un conflicto armado tan cruento y largo como el colombiano. Ni siquiera países como Estados Unidos o Francia pueden alardear de una paz total. El ataque a las Torres Gemelas, las repetidas masacres en centros educativos de EE. UU. y los recientes atentados de París son una muestra. No importan motivo y origen: son pequeñas y grandes guerras que el mundo ha vivido siempre y que tarde o temprano va sorteando.


La firma de las negociaciones de La Habana será la firma de un contrato que se empezará a cumplir por las partes. Y como la ejecución de todo contrato, tendrá sus incumplimientos graves o pequeños, ya sea por las partes, por causa de terceros o por casos fortuitos. Por eso el contrato -pacto- de La Habana tiene tantos avales, mecanismos, incisos, árbitros y testigos. Por eso las dificultades para llegar a ese acuerdo y por eso el largo tiempo.


Colombia es un país complejo, todos los países lo son unos más que otros. Colombia no ha terminado de formar su nación; muchos países no la han terminado de formar. Nuestra Independencia fue una guerra por gobernar un territorio rico, es decir, una guerra por el poder como casi todas las guerras: en el pueblo raso solo se pensó como combatiente y como pretexto para la lucha. Y así han transcurrido los años -dos siglos- sin que se piense en los ciudadanos como los legítimos dueños de Colombia, como el único fin de los gobiernos.


Se han hecho infinidad de leyes incluyendo constituciones pomposas, se han hecho miles de reformas de reformas. Solo paliativos.


Estas no son palabras revolucionarias, son palabras de solidaridad, de reclamo pacífico, de justicia que, además, son clamor de pobres y también de ricos, de negros e indígenas pero también de blancos y mestizos, de los que llaman de izquierda pero también de los que llaman de derecha o centro e incluso indiferentes. Absolutamente nadie, por bien que le vaya económicamente, por triunfos electorales que obtenga, por poder real que ostente, por felicidad que sienta de la forma que sea, nadie puede decir que Colombia es un país que le va bien, que la haya ido bien. La paz de La Habana no será la panacea en sí, no traerá la paz total y posiblemente traerá al inicio violencias de peor calibre. Pero es un inmenso paso hacia un país mejor, pues lo que cambiará con la firma del pacto será el talante del país, su forma de abordar los problemas.


Los verdaderos beneficios del proceso de La Habana no se medirán exclusivamente con menos muertos y tampoco con más riqueza y prosperidad, al menos en los primeros años. Por eso la dificultad de su comprensión. Los frutos definitivos no provendrán del silencio de los fusiles que claro, es bienvenido e indispensable así no sea total. Hay que mirar más profundamente: provendrán de un aire nuevo que soplará en Colombia, de una sensación colectiva de que se pueden hacer las cosas; en definitiva, provendrán de la esperanza comprobada que, esa sí, es la madre de la prosperidad.


Dice Aldo Cívico que el acuerdo de paz entre el Gobierno y las Farc “significaría para Colombia ascender a un nuevo nivel de conciencia: una noción que es propia de la teoría de las dinámicas espirales, elaborada por Clare W. Graves y aplicada en el campo geopolítico por Don Edward Beck […]. El proceso de paz puede ser un momento decisivo para llevar Colombia a un nuevo y más alto nivel de conciencia que permita resolver los problemas que al nivel actual no han podido ser resueltos a través de la combinación de violencia y política, sino que se han acumulado”. (El Espectador; 15-12-2015).


Sí: la firma del acuerdo de La Habana será un logro de madurez ciudadana; será un salto cualitativo que nos llevará a otra etapa mayor de evolución social; será una arrolladora ola de optimismo que transformará las venganzas y los odios en esperanza por medio de la inteligencia, la tolerancia y la solidaridad. Si somos capaces de firmar la paz con las Farc, ¿no seremos capaces de terminar otros conflictos menores en intensidad y tiempo?