Columnistas


Cantaleta navideña
Autor: Manuel Manrique Castro
16 de Diciembre de 2015


Mis navidades, cuando chico, transcurrieron en un pequeño pueblo cercano al Cusco llamado Abancay, un apacible rincón del Perú andino. Vivíamos una celebración familiar sencilla, con calor de hogar y la atención concentrada en la llegada del niño.

Mis navidades, cuando chico, transcurrieron en un pequeño pueblo cercano al Cusco llamado Abancay, un apacible rincón del Perú andino.  Vivíamos una celebración familiar sencilla, con calor de hogar  y la atención concentrada en la llegada del niño Jesús.  


Armábamos el pesebre con lo que hubiera en casa porque se trataba de montar la escena navideña a punta de ingenio.  Las planicies y montañas provenían del papel arrugado y, con el escenario listo, añadir lo que cupiera sin apego a consideraciones de tiempo y lugar, era sólo cosa de la imaginación infantil.  Los patos convivían con vicuñas y las réplicas de casitas europeas tenían como habitantes personajes serranos.  Cualquier miniatura traída de regalo por algún amigo encontraba en el nacimiento destino permanente. El verde fresco venía del trigo sembrado en latas de conserva desde inicios de diciembre. Escrita con cuidado, la breve carta anual iba dirigida al niño Jesús, entonces encargado de poner los regalos encima de cada par de zapatos y no a personaje alguno de gruesa vestimenta, de seguro sofocado por los calores decembrinos de nuestras tierras. 


Si Jesús, José y María o los Reyes Magos provenían de las manos de algún delicado artista, tanto mejor y motivo de orgullo, especialmente cuando llegaban las obligadas y casi nunca anunciadas visitas de diciembre. Nadie montaba el pesebre con algún concurso en mente y sí por saber que era el centro de la celebración navideña.  Así se sucedieron los diciembres de muchos años, tantos seguramente como los  transcurridos desde que esa tradición cristiana encarnó en la vida familiar.  


Al pesebre le salió de acompañante un árbol de navidad, primero original y con olor a pino y luego artificial y hecho en China. A Jesús, sus padres y los Reyes Magos, otro: Santa Claus o  más bien, en su forma original,  San Nicolás, en el siglo IV  Obispo de Myra, al sureste de Turquía, quien sufrió persecución y se caracterizó por dadivoso y protector de navegantes, niños y solteras.  Se recordaba a San Nicolás cada 6 de diciembre,  pero desde el año 350, cuando el papa Julio I  fijó el 25 de diciembre como fecha para la Navidad, el festejo se hizo uno solo. Entonces, muchos pueblos del Hemisferio Norte festejaban el solsticio de invierno como sinónimo del renacer.


La figura delgada de San Nicolás, de ojos café, cabello cano y  tez oscura, propia de los griegos del mediterráneo, se convirtió en el gordo bonachón que vive en el polo norte y circunda la tierra cada 24 de diciembre, montado en un trineo jalado por 8 renos, distribuyendo regalos a los niños que se hubieran portado bien.  La tradición de dar se instauró en honor del Obispo generoso,  pero papá Noel, alentado por la mercantilización, terminó sustituyendo los símbolos originales de la festividad navideña.


Con el tiempo, la esencia de la celebración original  ha ido desdibujándose  y las navidades de hoy, aunque conservan algo de las tradiciones primigenias, han quedado irremediablemente atravesadas por  el consumo y la energía que le insuflan el mercadeo y la tecnología.  


No ocurrió súbitamente, tomó tiempo, aunque no nos dimos cuenta de cuánto y hasta dónde avanzaría.  Al trasladarse  la mayoría de población a las ciudades, los comerciantes descubrieron  cuán generoso es diciembre para sus ventas y la publicidad se sumó a la fiesta haciendo de los centros comerciales  -y ahora del internet- los balcones preferidos de un multifacético y convincente marketing que no deja ni por un minuto de lado a Santa Claus y el séquito que lo acompaña. 


Prefiero la sencillez de la navidad conectada con su origen porque ella nos remite al ama a tu prójimo como a ti mismo y nos distancia del comercio y la frivolidad como símbolos que ponen tan distinto sello y carácter a esta fiesta del cristianismo.