Columnistas

Reflexión de Navidad
Autor: Luis Fernando Múnera López
14 de Diciembre de 2015


La frase no es mía, pero me inquietó escucharla: “El Niño Jesús es el cumpleañero más ignorado del mundo”.

luisfernandomunera1@une.net.co


La frase no es mía, pero me inquietó escucharla: “El Niño Jesús es el cumpleañero más ignorado del mundo”. Celebramos su nacimiento desde un mes antes de que ocurra y extendemos la fiesta hasta casi un mes después, pero nos quedamos indiferentes frente a su presencia. ¿Cuándo y cómo sustituimos el espíritu de la Navidad por afanes materiales? 


Hemos desvirtuado el sentido del nacimiento de Jesús y lo hemos convertido en compras, fiestas y aceleres, perdiendo así una oportunidad de incienso, mirra y oro para analizar elementos importantes de nuestra vida que son valiosos, tanto en lo personal como en nuestra relación con la sociedad.


En este artículo quisiera compartir contigo, querido lector, una reflexión  personal sobre este asunto que hasta ahora había hecho sólo para mí. Advierto que en el ejercicio no aplico el rigor teológico que el tema amerita, pues no tengo esa formación, y que tampoco lo hago con ánimo moralista, que no me corresponde. 


Pienso que la forma superficial como recibimos la Navidad se origina en que no hemos entendido a fondo el sentido de la salvación que Jesús vino a traernos. Nos quedamos con la idea de que la redención consistió solamente en perdonar el pecado original cometido por nuestros primeros padres, que alejó a la humanidad de su Dios e introdujo en cada hombre la tendencia al mal. La vanidad que subyace nuestra lógica de las cosas se atreve, inclusive, a cuestionar que los individuos seamos realmente culpables de un pecado que habrían cometido otros y no nosotros. Y agregamos: ¿Realmente hubo un solo Adán y una sola Eva, o fueron varios en lugares y tiempos diferentes?


Pensar así, creo yo, nos conduce a tener una visión limitada del sentido de la salvación y por lo tanto de la Navidad. 


Trato, por el contrario, de comprender la relación que hay entre la presencia de Jesús en la Tierra y las necesidades esenciales del hombre. Creo que la salvación y la Navidad adquieren su verdadera dimensión si conseguimos revestirlas de carne y hueso para ubicarlas dentro de las realidades de nuestra vida cotidiana. 


Cuando Jesús predica la justicia, la equidad, la solidaridad, el respeto de unos hacia otros y nos habla del amor por el prójimo, no está haciendo nada distinto que traernos a la conciencia las falencias de las que adolece nuestra sociedad. 


Jesús define que la bondad y la pureza están en las intenciones íntimas de la persona, no en el cumplimiento de normas externas, y entonces nos enseña que hay que vivir con sinceridad y no de apariencias.


Nos dice, también, que los bienes materiales son instrumentos para la vida y no constituyen fines en sí mismos.


Si tratáramos de entender ese mensaje, concluiríamos que la felicidad, razón de ser de la vida, nace de la paz y la humildad, no de la ambición y la soberbia.


¡Oh sorpresa!, la mirada espiritual consigue lo que no pudo la razón, nos muestra que la salvación que nos trajo Jesús contiene principios claves que encauzan la vida por la senda del desarrollo humano y de la felicidad, para beneficio de todos.


Y entonces salta el corazón y pide la palabra: “Compañeros cerebro y espíritu, lo que ustedes están diciendo es necesario pero no suficiente, también yo me hago presente. No se les olvide que en la Navidad manda el amor: El amor de la familia unida, el de los parientes lejanos que repuntan, el del amigo que ayuda a llenar vacíos y soledades, el del niño que mira con ojos de inocencia e ilusión, el del anciano que ve la vida con nostalgia o tristeza, el del pobre que espera la oportunidad de alcanzar una vida digna”. ¡Ah carambas, tiene razón! ¿A qué hora dejamos perder la emoción que llenó las Navidades de nuestra infancia con sentimientos de ternura y bondad?


Cierro aquí, querido lector, esta reflexión. No sé a ti, pero a mí me queda claro que la salvación que el Niño Jesús nos trae es real y tangible pues coincide con las necesidades esenciales de la vida. Mis deseos, aunque esta frase tampoco sea mía, son que vivamos no el diciembre parrandero sino la Navidad redentora, y no sólo en estas pocas semanas sino para toda la vida.