Columnistas

La muerte del sentido común
Autor: Juan Felipe Vélez Tamayo
8 de Diciembre de 2015


Hace dos semanas el gobierno anunció, por fin, la nueva legislación que regularía el servicio de transporte Uber.

Hace dos semanas el gobierno anunció, por fin, la nueva legislación que regularía el servicio de transporte Uber. Tras echar una ojeada a las regulaciones, a simple vista se nota que el gobierno no entendió el problema de fondo, no le importó, o cedió ante las presiones lobistas del gremio de taxistas de Bogotá.


La nueva legislación no atiende los principales problemas de transporte público y vuelve a Uber algo que nadie quería, otra empresa de taxis, eso sí, con el epíteto “de lujo” para adornar. Y es que automáticamente considera transporte de lujo a cualquier camioneta o carro sedan pintado de negro con una raya amarilla. Yo no sé en qué momento un carro sedán se volvió símbolo de lujo. ¿Sera que a los pobrecitos del ejecutivo un minicooper les parece un carro muy austero?


Tampoco se le pasó por la cabeza atender el actual problema del fallido y costoso sistema de cupos de los taxis, el cual he denunciado en el pasado en esta columna. No solo no resuelve el sistema de cupos sino que se lo impone a los carros de Uber. 


A pesar de todo, lo preocupante no es que el gobierno exija que para prestar el servicio el carro deba de ser de x tipo. Lo preocupante es que a su vez exige la creación de empresas especializadas en éste transporte de lujo, destruyendo así todo el propósito de este tipo de aplicaciones. La motivación de aplicaciones tales como Uber o AirBnb es que individuos que tienen ciertos activos los puedan poner a disposición de otros a cambio de una remuneración, sin necesidad de constituir una empresa o una entidad dedicada a alquileres. 


¿Qué pasará en futuro cuando lleguen aplicaciones como ShareaRide, Lyft, TaskRabbit o Eatwith? ¿Les exigirán permisos a todo el mundo para hacer lo que ellos consideren mejor con su propiedad? ¿Atenderán las necesidades de los gremios en el poder que tienen algo que perder con estas innovaciones y desoirán a los clientes? No me resultaría extraño si así fuera.


En su libro La muerte del sentido común, el abogado Philip Howard denuncia cómo la excesiva carga regulatoria en Estados Unidos está ahogando la economía norteamericana y exacerbando la inequidad. Aunque el libro se enfoca principalmente en el caso norteamericano, el principio se puede extrapolar al resto del mundo, y aparentemente a Colombia.


El argumento es sencillo, y es que la carga regulatoria ha llegado a tal nivel que hoy en día se necesita un permiso, licencia o diploma para desempeñar casi cualquier profesión. Esto ha llevado a un sistema de sobre-especialización artificial que solo permite la entrada de aquellos que tienen el dinero para costearse las licencias, cursos o diplomas para ingresar en x profesión, sacando aquella población más pobre que no puede afrontar la carga regulatoria.


De alguna forma para el Estado es sustancialmente distinto el hecho de que yo le pida un amigo que me lleve a un sitio y dependa simplemente de sus buenas intenciones para que me transporte, a que haga lo mismo pero en éste caso le dé un incentivo monetario para compensar el tiempo que perdió llevándome, y pudo haber usado para otra cosa. 


Con toda está carga regulatoria y las barreras de entrada que la ley impone, pareciera que estemos abandonando el sistema de economía de mercado competitivo y volviéramos al antiguo sistema medieval de los gremios de artesanos, donde solo aquellos dentro del gremio podían decidir quién desempeñaba su profesión.


Curiosamente, más o menos, hace un año me devolvía con un amigo de una finca. En la carretera se nos chuzó una llanta, pero aprovechamos que había un vendedor de obleas cerca y le pagamos $20.000 para que nos ayudara a cambiarla. En ese momento pasó un agente de tránsito, y en vez de llamar a un taller o a una grúa, insistió en saber si le estábamos pagando al tipo que no estaba ayudando a cambiar la llanta. Nosotros le dijimos que sí, a lo que él nos respondió que entonces él señor de las obleas no podía prestarnos el servicio porque necesitaba estar capacitado para hacerlo. Mi amigo que siempre ha sido  bocón se limitó a preguntarle: ¿Señor agente, usted es que es bobo?


Irrespeto a la autoridad si hubo, pero es que de bobos nos estamos llenando con esta “reguladera”.