Columnistas


El terrible y absurdo sacrificio de la ciudad de Nagasaki
Autor: Dario Valencia Restrepo
4 de Diciembre de 2015


A las 11:02 de la mañana del 9 de agosto de 1945, tres días después de la bomba atómica que arrasó la ciudad de Hiroshima, un avión B-29 arrojó otra bomba atómica sobre la ciudad de Nagasaki.

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A las 11:02 de la mañana del 9 de agosto de 1945, tres días después de la bomba atómica que arrasó la ciudad de  Hiroshima, un avión B-29 arrojó otra bomba atómica sobre la ciudad de Nagasaki. La primera causó la muerte instantánea de 80.000 personas y la de 60.000 más en los meses siguientes, en tanto que la segunda cobró la vida de más de 70.000 civiles durante dicho día y muchos más en el largo plazo.


Después de la primera bomba, el alto mando japonés no aceptó de inmediato la exigida rendición incondicional, aunque el presidente Truman ya había autorizado la segunda (era intimidante mostrar que se poseía más de una bomba). El 15 de agosto Japón se rindió. Era obvio que una decisión tan grave para el honor japonés necesitaba tiempo, a la vez que eran indispensables varios días para apreciar debidamente lo ocurrido en Hiroshima. Como los dirigentes estaban divididos con respecto al ultimátum y pesaba el militarismo, solo la impensable intervención del emperador inclinó la balanza. 


Si la destrucción de Hiroshima ha sido desde entonces fuente de controversia, para muchos un crimen contra la humanidad, lo ocurrido con la olvidada Nagasaki fue peor. Según el historiador J. Samuel Walker, en su libro Prompt & Utter destruction. Truman and the Use of the Atomic Bombs against Japan, cinco consideraciones, surgidas en el verano de 1945, decidieron a Truman: su compromiso de terminar exitosamente la guerra en el menor tiempo posible; la necesidad de justificar los esfuerzos y gastos dedicados a la construcción de la bomba; la esperanza de obtener ventajas diplomáticas frente a la creciente rivalidad con la Unión Soviética; la aceptación del bombardeo de civiles como una práctica corriente de la guerra, sin que pesaran los escrúpulos morales; y el odio a los japoneses, así como el deseo de venganza.


En su libro, Walker señala los consensos a los que han llegado los estudiosos de la numerosa documentación sobre las razones para el empleo de la bomba, consensos muy alejados de la explicación oficial del Gobierno y los consiguientes mitos populares. Son varios los puntos de acuerdo: Truman y sus consejeros sabían que había alternativas a la bomba que hacían probable, aunque no segura, la terminación pronta de la guerra; para obtener una muy posible victoria no era necesaria la invasión a Japón; y la evidencia disponible no sustenta la afirmación gubernamental, esgrimida con posterioridad a la guerra, sobre los centenares de miles de soldados de los Estados Unidos cuya muerte fue evitada por el empleo de la bomba. Lo más importante es el rechazo de los estudiosos al punto de vista tradicional, según el cual la bomba era la única alternativa a una invasión del Japón que habría costado un enorme número de vidas estadounidenses.


Cuando se cumplen 70 años del atroz sacrificio de Nagasaki, Susan Southard rindió un homenaje a las ignoradas víctimas mediante un estremecedor relato, en su libro Nagasaki. Life after Nuclear War, de lo ocurrido a cinco adolescentes que sobrevivieron a la tragedia. Por años se ignoró los graves efectos que sobre todo el cuerpo tuvo la exposición a la radiación, pues las fuerzas de ocupación de Japón censuraron la información al respecto y en Estados Unidos fuentes gubernamentales negaron esos efectos o restringieron su divulgación. Fue tal el sufrimiento de los sobrevivientes que se llegó a considerar afortunados a quienes murieron instantáneamente.


La desfiguración corporal exigió años para que los llamados “hibakusha” recuperaran algo parecido a la salud y los llevó a evitar la presencia pública por temor a la discriminación. Los más jóvenes sufrieron matoneo en las escuelas y a los adultos les fue muy difícil casarse pues se creía posible que transmitieran enfermedades genéticas a su descendencia.