Palabra y obra

Ten years since Débora Arango’s death
10 años de la muerte de Débora Arango
4 de Diciembre de 2015


La obra de Débora Arango sigue esperando una mejor explicación de por qué la libertad de expresión vive amenazada por fundamentalismos de toda clase, comenzando por los del mismo gremio.


Félix Ángel


Cuando visité hace algunos años atrás la casa en Envigado donde Débora vivió prácticamente toda su vida, la sensación que experimenté al entrar fue la de traspasar el umbral invisible de un universo paralelo al que la mayoría de los humanos habita todos los días. No me pareció un mundo necesariamente distinto, aunque sin duda con leyes propias de equilibrio -las mismas que le permitieron vivir por 98 años y trabajar por cerca de 70. Excepto por la singularidad de su pintura, no encontré rastros de la imagen conflictiva y controvertida con que la artista comenzó a ser perfilada desde finales de 1930.


La forma de vida sugerida por los espacios y el contenido de aquel caserón me dieron la impresión de que Débora no necesitó en vida nada que existiera fuera de ellos: fama, reconocimiento, mucho menos polémica e impugnación.


Talvez Débora lo único que necesitó fue pintar y nos haría mucho bien concentrarnos en analizar críticamente su obra en lugar de dedicar la energía a disectar los aspectos de su carácter. Todas las exposiciones que he visto de su trabajo le han hecho un tremendo desfavor como artista en beneficio de la persona, al punto de que, si bien sabemos quién fue y qué hizo, es probable que no sepamos explicar el porqué de su importancia en términos artísticos.


Mucho énfasis se ha puesto en las reacciones que la obra de Débora Arango despertó a base de su condición de mujer, lo atrevido de sus temáticas, la brusquedad “varonil” de lo que podría denominarse “estilo”, y la afectación de un proceder en una sociedad ridículamente machista. Aunque es bueno conocer esas facetas, no lo es sucumbir al sensacionalismo. Cuando miramos el resto del mundo y reparamos en la existencia de contingencias similares, podemos pensar con cierto alivio que nuestros problemas no son síntomas exclusivos de una sociedad subdesarrollada, que sin duda hemos sido, sino también de una sociedad global donde la inequidad y el abuso han rebasado los límites del error, falsificando todo, de lo religioso a lo político.


Hay una originalidad especial dentro de la universalidad de la obra de Débora que todavía no se ha analizado suficientemente y se anticipa a cualquier otro artista colombiano, hombre o mujer. Ello es lo que confiere su singularidad por fuera de convencionalismos  y clichés estéticos. 


Cuando se califica de “expresionista” eliminamos el 50% del interés sobre la artista; su trabajo no responde a un estilo o una ideología específica, más bien a una forma de cuestionar visualmente un mundo de valores trastocados. Cuando a priori se asume su desgano por la “estética”, como ha dicho más de uno de nuestros ilustres artistas o curadores, le quitamos el otro 50%.  Queda entonces el sujeto, el supuesto deseo de escandalizar. Nos olvidamos de la sensibilidad y la conducta frente a lo visual y su poder para cuestionar un mundo que estaba bien para muchos, aunque no para la mayoría. Que la obra produzca reacciones violentas es un síntoma secundario, sujeto a los prejuicios de la lectura. 


Ya sabemos que como mujer se adelantó a sus contemporáneos; ahora hay que entender que lo hizo también como artista. 


Ninguna exposición de Débora Arango sin el contexto que amerita nos va dar, como no nos ha dado hasta ahora, los argumentos para entender su pintura como pintura, aunque conozcamos las singularidades de su vida personal. Sería como atribuir la importancia de El grito de Edvard Munch a la depresión que sufría el artista.


Las tragedias de Colombia enroscadas en la violencia degradada a lo largo de más de un siglo, al igual que en la obra de Débora, puede que ayuden a explicarnos ciertas cosas, pero se convierten en asuntos menores al mirar un panorama más extenso y complejo. Conducen a estigmatizar la artista como una excentricidad. A la luz de las reivindicaciones logradas más tarde muchos de sus cuestionamientos adquieren sentido, sobre todo cuando, con marcada ansiedad, mucha esperanza, y poca convicción esperamos voltear la página de la violenta historia del país, mientras apenas comenzamos a entender nuestra historia artística.



Cinco luchas de Débora por la libertad

-En desacuerdo con la educación: 


Arango inició estudios de Pintura en el Instituto de Bellas Artes de Medellín, pero los abandonó dos años después, en desacuerdo con la formación tradicional allí impartida, por ejemplo, la manera como se concebía el desnudo. Por eso acogió el taller del maestro Pedro Nel Gómez como su escuela.


-La batalla del desnudo: 


En 1937, cuando participó en una exposición colectiva, en la que exhibió óleos y acuarelas, algunos desnudos resultaron escandalosos, los diarios de la época y los mandatarios locales asediaron con críticas de moral su trabajo.


-Diferencias de género: 


Adolescencia, obra expuesta en el Museo Zea de Medellín a finales de la década de los 40, escandalizó al entonces arzobispo García Benítez, quien amenaza a la artista con la excomunión, y le aconseja dejar de pintar desnudos. Arango le preguntó por qué Pedro Nel Gómez si podía pintar desnudos y el religioso respondió: “Es que él es hombre”.


-El franquismo: 


Era el año 1955, y la artista presentó una exposición individual en el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid. Al día siguiente de la inauguración, todos sus cuadros fueron retirados por orden de las autoridades franquistas, sin explicación alguna.


-Contra el poder: 


 Huelga de estudiantes, El tren de la muerte, Los derechos de la mujer, La lucha del destino, Justicia y El almuerzo de los pobres son algunas obras de rechazo a la realidad de la época de la Violencia y los inicios del Frente Nacional (1946-1963). Después vendrían más críticas a la política y el poder.