Columnistas

Educación: absurda inequidad
Autor: Manuel Manrique Castro
2 de Diciembre de 2015


Las angustias colectivas propias de estos tiempos incluyen una de parejas jóvenes estresadas por elegir el colegio al que irán sus hijos seis años después de nacer.

Las angustias colectivas propias de estos tiempos incluyen una de parejas jóvenes estresadas por elegir el colegio al que irán sus hijos seis años después de nacer. No son pocos los casos de mujeres que desde el embarazo presentan síntomas de este virus cultural y ya piensan en el futuro nido o kínder de su niño aún en camino. La avidez de la búsqueda temprana responde más al temor por no alcanzar cupo en una de las instituciones escogidas que a una decisión racional y meditada sobre lo que más le conviene al niño. Una experimentada educadora me decía que el mejor colegio es aquel cerca de casa.  Tal actitud,  acaba afectando significativamente la dinámica familiar porque le introduce un elemento de ansiedad constante. Es cierto también, hay que decirlo, que se trata de una realidad instalada especialmente en sectores de las clases medias para arriba.  


¿Qué hay detrás de esta ola relativamente nueva?  Por un lado, el decaimiento en la calidad de la escuela pública (con el correspondiente aumento del matoneo y otros ingredientes de inseguridad alrededor de sus instalaciones) y, por otro, que muchos papás y mamás de condición económica desahogada, han hecho de la educación privada el refugio por excelencia para sus hijos quienes, gracias a ella, serían exitosos y tendrían una vida futura protegida. 


Se evidencia  también cómo los padres transfieren a la institución educativa una buena dosis de responsabilidad en la formación de sus hijos, más aún si se trata de entidades costosas que los obligan a esfuerzos extraordinarios y mayores si los hijos son dos o tres.  La idea de que sin educación el hijo quedará desamparado y sujeto a las inclemencias de la vida actual, también explica la demanda cada vez mayor sobre los colegios privados y la avidez por los escasos cupos en cuanto los hijos nacen.


Sin embargo, no se trata de un sálvese quien pueda donde resulte  ganador quien disponga de dinero suficiente para pagar una mejor educación -mientras la mayoría de familias queda condenada a la mediocridad de la escuela estatal-  sino de un sensible asunto de derechos humanos y política educativa que afecta a las grandes mayorías y no puede continuar como está. 


Me pregunto cuánto habrá incidido en la lentitud con que avanzan las cosas  el hecho de que los hijos de las clases dirigentes y de muchas autoridades hayan estado vinculados a escuelas privadas y, por tanto, exentos de las insuficiencias, incertidumbres y riesgos inherentes a la educación pública, porque pueden sortear el escollo que las familias de bajos ingresos no tienen condiciones de evitar.


Qué hubiera sucedido sin la multiplicación de colegios privados y todos tuvieran que recurrir, sin excepción, a entidades estatales, como sucede con los países desarrollados donde son muy pocos los que envían a sus hijos a instituciones de elite. Sin duda la educación pública no estaría donde está y su calidad sería mucho mayor. 


Dentro de un mes y cuando hayamos pasado por este diciembre tan generoso en celebraciones y festejos, Antioquia y Medellín estrenarán autoridades a las que se les venció la etapa preparatoria y  ya deben responder a la ciudadanía que las eligió.  Una primera demanda es que haya concertación entre Alcalde y Gobernador para que predomine la colaboración y no la disputa.  La otra, hacer de los desafíos educativos de la Ciudad y el Departamento el campo privilegiado de acción conjunta, siendo uno de los primeros romper la inequidad mencionada de la oferta educativa.  


No es justo que Medellín, o las ciudades del valle de Aburrá,  por tener mayores recursos financieros, humanos y técnicos, salgan adelante mientras la educación en la mayoría de municipios  de las sub regiones de Antioquia quede rezagada.  Que en los próximos años caiga lluvia educativa de la buena para todos, sin excepción.