Columnistas


Para dignificar la vida humana
Autor: Jorge Alberto Velásquez Betancur
26 de Noviembre de 2015


Es altisonante hablar de era o de época. No alcanzamos a tanto en estos últimos doce años en la región. Simplemente, llegamos al final de un ciclo de tres períodos de gobierno durante los cuales los gobernantes pensaron más en sí mismos.

Es altisonante hablar de era o de época. No alcanzamos a tanto en estos últimos doce años en la región. Simplemente, llegamos al final de un ciclo de tres períodos de gobierno durante los cuales los gobernantes pensaron más en sí mismos que en la gente. Gobernaron pensando en las placas con sus nombres en letras doradas y en los esquivos textos de historia que crecerían sus egos al tamaño de las obras faraónicas que emprendieron. Pero ellos mismos olvidan que la memoria es frágil y que la condición humana es volátil, huidiza y se mueve en la dirección del viento. Para la historia y para la memoria quedan la valoración de las obras realizadas y su relación con la satisfacción de las necesidades reales de la comunidad. La gente agradece las obras que solucionan problemas, no las que se hacen para agradar a los contratistas.


¿Cómo se recuerda hoy la Biblioteca España? Como un  monumento a la improvisación y al despilfarro, cuya fachada se cae a pedazos haciendo insostenible el costo de su mantenimiento. ¿Qué se dice hoy del puente de la 4 Sur? Que es un puente que no soluciona ningún problema vial, un elefante blanco en medio del taco permanente de la avenida Las Vegas, que seguramente alivió los problemas de caja de alguna cementera. ¿Qué se dirá en uno o dos años del puente de la Madre Laura o del deprimido del río? Ojalá las obras sirvan y la historia sea benevolente. ¿Qué pasará con el Túnel Verde de la bella avenida que une a Medellín con Envigado? Deseamos que quienes tomen las decisiones piensen menos en las motosierras y más en la gente que necesita árboles para frenar la contaminación que mata silenciosamente a tantas personas cada año en el Valle de Aburrá.


Las soluciones están a la vista y no son costosas: las ciudades requieren “menos hormigón y más comunicación”. Nuestras ciudades no necesitan más cemento, necesitan espacios para la gente, para dignificar la vida humana.


Necesitamos andenes amplios, amables, con jardines y sillas para que los transeúntes descansen, esperen un cambio de semáforo o simplemente vean pasar la vida; separadores viales amigables en vez de las inservibles pirámides de la Avenida Oriental, por ejemplo. Necesitamos calles y andenes para dignificar la vida. 


Nuestras calles no necesitan más cemento. Por ejemplo: los buses articulados no necesitan un carril de concreto, separado de la vía normal. Como sucede en el mundo, los buses articulados pueden ir por las mismas calles por donde transitan los demás vehículos, solo que por disciplina se pueden demarcar carriles “solo bus-taxi”, que sean respetados por todos. Las ciudades necesitan calles y andenes para dignificar la vida, no para engordar las arcas de los contratistas.


Hemos tenido gobernantes preocupados por agrandar su imagen con dineros públicos; hemos soportado gobernantes interesados en pagar favores a través de la contratación oficial. El 25 de octubre pasado las urnas se pronunciaron en favor de un cambio de estilo. Las urnas quieren gobernantes que piensen más en la gente que en sí mismos. Termina un período en el cual los mandatarios estuvieron más pendientes de sí mismos, de las cámaras y de los flashes, robando protagonismo. En una democracia, el protagonismo es de los ciudadanos. Los gobernantes son, literalmente, mandatarios. 


Los gobernantes tienen la obligación de pensar en la gente, en remediar los problemas de su vida cotidiana y en satisfacer sus necesidades básicas para que todos podamos vivir mejor y convivir en armonía.