Editorial

El nuevo rumbo de Argentina
24 de Noviembre de 2015


Con un margen más estrecho del esperado, apenas 2,8 puntos porcentuales, Mauricio Macri confirmó el domingo, en la segunda vuelta electoral, el favoritismo que tenía desde los comicios del pasado 25 de octubre.

Con un margen más estrecho del esperado, apenas 2,8 puntos porcentuales, Mauricio Macri confirmó el domingo, en la segunda vuelta electoral, el favoritismo que tenía desde los comicios del pasado 25 de octubre, cuando dejó en evidencia el desgaste que acusaba el kirchnerismo y la oportunidad que tenía de encarnar el cambio que los partidos de oposición y muchos peronistas disidentes, querían para el país suramericano, venido a menos en el segundo mandato de Cristina Fernández de Kirchner, quien no pudo heredar su cargo al oficialista Daniel Scioli. Hay que reconocer la tranquilidad en la que se dieron los comicios y la aceptación de los resultados por parte del oficialismo, pese a lo apretado del margen.


Los argentinos tenían muchas razones para querer un cambio. Si bien la llegada al poder de Néstor Kirchner en 2003 dio inicio a una época de beneplácito, tanto por las políticas económicas como por las sociales, el correr de los años y la evolución del contexto político y económico fue revelando un lado oscuro en el que el autoritarismo y la confrontación terminaron por ser la impronta del kirchnerismo. Tras la crisis en que quedó sumido el país luego de la renuncia del presidente Fernando de la Rúa, en diciembre de 2001, y la sucesión de cuatro mandatos interinos para terminar el período, Néstor Kirchner encontró el terreno propicio para aplicar las reformas que le devolvieran la estabilidad a la nación, entre otras la expedición de una política de Derechos Humanos y de reformas que repararan los daños causados por el neoliberalismo precedente, lo que tuvo como telón de fondo la bonanza económica de los commodities. Argentina volvió a ser un país con tasas de crecimiento del 7% anual, hasta el punto de que el oficialismo no necesitó demasiados esfuerzos (sin olvidar la ayuda de Chávez en época de bonanza petrolera) para reemplazar, en 2007, a Néstor por Cristina, su esposa, quien, en teoría, mantendría al país por la senda del primer mundo.


Las nuevas realidades de la geopolítica y la evidencia cada vez mayor para los argentinos de un gobierno y una burocracia de amigos, empezaron a alimentar la crítica hacia el Gobierno, que respondió abriendo frentes de guerra contra todo quien lo cuestionara: los medios de comunicación, el sector agropecuario, los desempleados, la oposición y la intelectualidad, que empezaron a hacer notar el corte populista de la administración. Las acusaciones de corrupción, el alza en la inflación, la creciente inseguridad y la pretendida reforma que le permitiera a Cristina perpetuarse en el poder, al mejor estilo de varios de sus amigos de Unasur, fueron minando el capital político del kirchnerismo, mientras las denuncias no aclaradas de nexos con el narcotráfico por parte del jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, y el asesinato del fiscal Alberto Nisman, que dejó al descubierto la connivencia del Poder Judicial con los servicios de inteligencia, fueron la puntilla a la pretensión de la presidente de mantener el poder en manos de los suyos.


Protagonista, pues, de un verdadero revolcón al poner punto final a la llamada “Era K”, Mauricio Macri tiene una oportunidad en cuanto puede corregir lo que, a su juicio, han sido las políticas equivocadas de su predecesora. En el campo económico, por ejemplo, eliminar las restricciones que desde 2011 rigen para la compra de divisas, ejercer algún tipo de control sobre la devaluación para favorecer a los exportadores, un ajuste fiscal que dé un empujón al PIB, borrar algunas barreras proteccionistas y permitir importaciones, controlar la inflación y convertir en formal el empleo del 33,1% de la población que labora informalmente y permite maquillar las cifras oficiales de desempleo. Caso aparte será la atención sobre el asunto de  los ‘fondos buitre’, que un juez de Nueva York lleva adelante y que le ordenó al país pagar a los acreedores.


En lo político las cosas serán más complejas, pues la victoria que se preveía amplia terminó siendo ajustada, lo que da la sensación de que la sociedad argentina está polarizada, razón por la cual, la celebración del domingo en la noche no fue todo lo eufórica que se esperaba. Macri sabe que debe obrar con prudencia y de allí lo conciliador de su discurso. Además, su partido, la alianza Cambiemos, tendrá sólo 91 de los 129 diputados que necesita para aprobar leyes, y quince de los 37 senadores requeridos para hacer mayoría, de modo que tendrá que negociar, incluso, con los leales a Cristina Fernández de Kirchner.


En materia internacional, el presidente electo de los argentinos mostró ayer mismo lo que será su tendencia: anunció que pedirá al Mercosur la suspensión de Venezuela “por los abusos en la persecución a los opositores y a la libertad de expresión”. La presencia de la esposa del líder opositor venezolano Leopoldo López, Lilian Tintori, en la sede del candidato vencedor, es un mensaje explícito a la región: Macri no será uno más del club de los progresistas. En esto, las elecciones del 6 de diciembre en Venezuela tendrán un enorme peso: si Maduro pierde y lo admite, tal vez todo siga igual, pero si pierde y no lo reconoce, Macri será un soldado más de la causa antichavista.