Palabra y obra

Manuel Mejia Vallejo does not die forgotten
Manuel Mejía Vallejo no muere en el olvido
20 de Noviembre de 2015


Pablo Mateo Mejía, hijo de Manuel Mejía Vallejo, comparte el discurso que precisó durante el lanzamiento de la emisión postal Personajes colombianos de todas las épocas.


Foto: Cortesía 

Álbum familiar.

Pablo Mejía


Especial para 


Palabra y Obra


La primera y única vez que hablé en público acá en la Biblioteca Pública Piloto, estaba parado al pie del ataúd que tenía adentro el cuerpo de mi papá; digo hablé, por echarme flores, pues una descripción más precisa sería el de un prolongado sollozo relleno de palabras, más sentidas que coherentes. El caso es que en esa ocasión, en 1998, estaba todavía su cuerpo presente.


Hoy, 17 años después, me paro, en representación de la familia, al lado de este sillón vacío, que los tantos amigos que pasaron por Ziruma, reconocerán como el lugar que siempre ocupó en las múltiples noches de ron y canciones en la finca.


El sillón estuvo así, vacío, en la primera fiesta que hicieron sus amigos. Bastante tiempo después de su muerte, nadie se sentó en él, no sé por qué, tal vez por el miedo a borrar su recuerdo.


Con los años, las reuniones de sus amigos de siempre migraron a otras casas y en su lugar el espacio fue llenado por otros amigos: los míos, los de mis hermanas, porque Ziruma es un espacio que se cuela fácil en los corazones de la gente y deja ser a las personas lo que son, algo parecido a quien fue su dueño años atrás.


En estas nuevas reuniones, no se sabía del puesto reservado, nadie vio nunca el vaso de ron apoyado en la chambrana del lado, así que cualquiera se atrevía a sentarse en él. Estos “biensentantes” no sabían que ocupándolo nos borraban algo de su recuerdo y contribuían a volver realidad uno de sus miedos mas vaticinados: “Uno se muere cuando lo olvidan”.


Hace un tiempo, mi hermana María José se dio a la tarea de hacernos recordar; lo que llevó, después de varios años de esfuerzo y dedicación, a una Ley de la República que ponía por escrito, y en letras de abogados, que había que preservar su memoria. No la que tenemos los que tuvimos la suerte de conocerlo vivo, sino precisamente para quienes nunca lo vieron sentado en el sillón. Lo que celebramos hoy es precisamente un pedazo de ese esfuerzo.


Si me permiten un par de referencias personales, primero, les juro que la escogencia de la foto no fue un acto hedonista para sentir que yo salía en una estampilla, retratado como me imagino debo verme en unos cuantos años. Fue una selección ardua, pero al final acertada a mi manera de ver, pues tras el lente de la cámara estaba uno de sus grandes amigos de la vida: Guillermo Angulo, quien la tomó justo en el corredor de Ziruma, en uno de esos días de conversación amena y prolongada, al calor del ron y la ruana montañera que lo acompaña en la foto. 


Hablando de la foto, quisiera agradecer, a nombre de la familia, a 4-72 por esta edición postal y por la paciencia de Martha Lucy en el proceso de selección, que me imagino fue algo más intenso de lo normal, pero espero que entiendan que cuando hay un interés real en algo, como es esta estampilla, las cosas se toman su tiempo. 


El proceso de creación, desde la imagen, los textos, el diseño, hasta la edición limitada de 6.300 unidades, o el valor de $20.000 pesos fue muy especial. Dicen que perder a un padre no tiene precio, pero nosotros, por lo menos, podemos decir que volver a ver al nuestro vale $20.000.


Otro debate fue cuál de sus escritos poner en la carpeta de la edición de primer día, algo que me imagino causará opiniones encontradas, pero el texto que incluimos en la pequeña reseña fue de fácil elección: el retrato que le hizo Eduardo Peláez.


De Eduardo me acuerdo de su humor negro en las fiestas, que sólo mi tiempo en Inglaterra me ayudó a entender, y de su valentía al irse a conversarle en monólogo a mi papá en los años en que la enfermedad le quitó el habla. No me imagino yo lo difícil que debió haber sido el sentarse por horas a ver a su amigo enfrentar su recientemente adquirida inhabilidad con la palabra. Con ese acto, que le devolvía algo de normalidad a la vida de mi papá, se ganó mi admiración y agradecimiento eterno.


En el primer tiraje de esta estampilla se imprimieron 150 unidades, para el acto de lanzamiento.


Foto: Cortesía 

De mi tiempo viviendo en Europa aprendí a qué sabe la pega de las estampillas y su valor, no sólo para llevar cartas o paquetes a lugares donde no podemos entregarlos en persona sino el toque personal que le da el impreso en la esquina superior derecha, un valor más allá del dinero del envío. Vi con profundo interés cómo se plasmaban en ediciones especiales los momentos históricos de un país, la conmemoración de un armisticio, la celebración de los Juegos Olímpicos, la vida de los grandes hombres.


Ser parte de la edición de Personajes colombianos de todas las épocas es muy honroso, ya que es la decisión de una nación de mantener viva su memoria.


A mi regreso al país no encontré buzones de correo en las calles y las cartas que desde allá envié poco se usan, pues ahora sólo mandamos caracteres electrónicos a buzones digitales, así que ver la estampilla que dentro de poco podrán tener en sus manos fue un viaje al pasado, a ese pasado donde mi papá estaba vivo cargando en sus piernas a Adelaida y a Valeria, abrazando a María José, casándose con Dora Luz, mi mamá, o agarrando con firmeza tenue su vaso de ron, pero sobre todo, recordar, en las pocas palabras que caben en una estampilla, que nació, soñó, fue y murió escritor.