Columnistas


Verdades o subterfugios
Autor: Sergio De La Torre
15 de Noviembre de 2015


El anuncio del fiscal de revisar el indulto concedido a la cúpula supérstite del M19 tras la toma del Palacio de Justicia no es ni tan espontáneo ni tan aventurero como parece. Primero, por su oportunidad: coincide con la dolida conmemoración.

El anuncio del fiscal de revisar el indulto concedido a la cúpula supérstite del M19 tras la toma del Palacio de Justicia no es ni tan espontáneo ni tan aventurero como parece. Primero, por su oportunidad: coincide con la dolida conmemoración de un episodio en el que sobraron la irreflexión y la sed de venganza y faltaron la mesura y previsión que, aún escaseando en toda refriega, acaban determinando su desenlace, a favor o en contra de uno u otro contendiente. Si dichas mesura y previsión hubieran asistido a cualquiera de los bandos, este probablemente habría coronado su objetivo, a un costo mucho menor, evitando el sacrificio estéril de los asaltantes o de los magistrados, o de todos juntos, y ahorrándose el bochorno y descrédito del presidente. Quien, desbordado por los acontecimientos, en lo único en que, según parece, obró con cabeza fría fue en el rescate de dos de los magistrados, parientes cercanos suyo y de uno de sus ministros. Cosa que, de entrada, no alabo pero tampoco censuro: en la vida hay encrucijadas en que el hombre (así se trate de un pensador o de un estadista), puesto a elegir, lo hace movido por resortes o motivos que no siempre controla, y eso hay que entenderlo y, en lo posible, guardar silencio. Con todo, debió haber quien constatara en su momento esa casualidad , inocente o tortuosa, según quien la mire, pero que, al final de cuentas, no mereció una pregunta de nadie entre sobrvievientes, partidos de oposición o medios de comunicación. En otro país tal circunstancia algo habría pesado en la valoración de responsabilidades y en la presentación del brumoso claroscuro que toda tragedia ofrece, con sus pequeñas y grandes verguenzas soterradas. Pero aquí, para bien o para mal, optamos por ignorar u olvidar el hecho . Por supuesto no faltará quien diga que el diablo está en los detalles.


Desconozco qué se propone el fiscal al cuestionar o al inquirír el por qué Navarro, Petro y demás cabecillas del aludido grupo no fueron llamados siquiera a dar testimonio de lo que pudieron o debieron haber conocido. En rigor, sorprende el contraste que de ahí resulta cotejado con el hecho de que sí fueron imputadas en cambio personas del otro bando, como el general Arias o el coronel Plazas Vega, quienes, ya de antiguo y tras las rejas vienen pagando sus presuntas o reales culpas, mientras los primeros disfrutan de libertad , de privilegios y honores en relumbrantes ministerios y senaturías, o en cargos tan prevalentes como la alcaldía de Bogotá.


A propósito de lo dicho por el doctor Montealegre, no sobra acotar que el indulto de marras no fue más que la culminación ineluctable de la paz pactada con sus beneficiarios. Y esa paz, y el perdón que la selló, hay que honrarla, con criterio político más que jurídico. Pues allí primó lo político sobre lo judicial . Metidos en honduras y en los vericuetos de la normatividad penal nacional o internacional, podría ese indulto no ser muy defendible o sostenible. Pero como en aras del desarme y la reinserción hubo que sacrificar algo del pudor ancestral que nos adorna (o nos agobia) merced a nuestro proverbial santanderismo, Colombia no puede menos que honrar la palabra dada. Y cuidarse en el futuro de ese mismo santanderismo compulsivo que tanto nos ha costado. Que no es nada disitinto a un fetichismo enfermizo de la ley, el apego reverencial y maniático a los formalismos vanos, a la sagrada letra en desmedro del espíritu o intención que ella carga para que, al interpretarse y aplicarse, se atiendan exclusivamente el bien común y la sana convivencia.


El solo anuncio de reabrirle investigaciones prehistóricas a Navarro, Petro y compañía, tendrá un pernicioso efecto sobre lo que se negocia en La Habana con las Farc. Estas, imbuidas de desconfianza, prevención e inseguridad respecto a lo que firmarían, ahora sí que no van a desistir de su pedido de una Constituyente que protocolice y abroquele lo acordado. De lo contrario el acuerdo en ciernes se archiva o invalida, aún a costa de romper los diálogos. Yo me pregunto ¿ con qué argumentos podrá ahora resistirse el Gobierno a la tan azarosa y temida constituyente ?