Columnistas


Las guerrillas son hoy una antigualla
Autor: Bernardo Trujillo Calle
14 de Noviembre de 2015


Los di醠ogos de paz que avanzan entre el gobierno y las Farc, han movido al Eln para intentar establecer otra mesa paralela con los mismos fines. Pero en tanto que la dirigencia del primer grupo subversivo lleva cerca de tres a駉s de di醠ogos.

Los diálogos de paz que avanzan entre el gobierno y las Farc, han movido al Eln para intentar establecer otra mesa paralela con los mismos fines. Pero en tanto que la dirigencia del primer grupo subversivo lleva cerca de tres años de diálogos en La Habana, los del segundo, haciendo gala de los mismos rodeos de siempre, apenas están en los preparativos de conformarla. Esta es una de las diferencias entre las dos guerrillas que se presentan ante el país con tácticas diferentes de lucha contra el Estado. Las Farc son más proclives a hablar de paz, de querer llegar a ella mediante acuerdos, que el Eln, elusivos en extremo como son, con cualquier pretexto toman las de Villadiego y dejan las cosas en suspenso.


En este mismo momento es evidente que la mesa de las Farc ha avanzado en el estudio de las propuestas que están sobre el tapete y se dice que es el último de los cinco puntos el que ha dificultado un tanto dar por terminado este proceso de acercamiento. Alias Timochenco, jefe máximo de este grupo subversivo, es el más expresivo de los comandantes farianos y sus mensajes escritos en un estilo grandilocuente, es harto conocido y lo identifican por esa forma altisonante de querer hacerse sentir. Por lo demás, los otros compañeros que hacen parte de la mesa de negociación, dicen estar dispuestos a terminar con la guerra firmando cuanto antes el tan esperado gran acuerdo de paz.


En efecto, hace algunos meses decretaron un cese indefinido del fuego que el gobierno acogió y replicó con el suyo que aún siguen vigentes. Dicho de otra manera, ambas partes están al parecer seriamente comprometidas en dar fin a esta estéril confrontación militar cuyos muertos nadie conoce exactamente a cuántos miles o centenares de miles ascienden. Y es por eso que el país sensato, el que quiere que cese la guerra y se establezca la paz, una paz verdadera que nos permita a los colombianos disfrutar del bien más preciado que perdimos hace medio siglo, esa parte del país, repito, no puede caer en la tentación de darle pábulo a la retórica guerrerista que pide intensificar los bombardeos y mantener las armas oficiales activas hasta conseguir el total aniquilamiento de la subversión.


En América Latina es ya un lugar común decir que Colombia es el único país que sigue sumergido en un conflicto interminable. Guerras hubo a lo largo del Continente, desde Méjico hasta la Argentina y fuimos testigos de la fiereza con la cual se mataron los combatientes de Centro América, precisamente en los más pobres: Salvador, Guatemala, Nicaragua, países estos que fueron teatro de las mayores acciones bélicas, algunas apoyadas por los Estados Unidos que por entonces andaban en su política intervencionista más cruda y desvergonzada. Sin embargo hace tiempo ya que firmaron tratados de paz decorosos que les devolvió su tranquilidad, mientras nosotros seguimos empeñados en matarnos sin una razón valedera teniendo en cuenta que el gobierno lo preside un republicano integral, formado en las luchas democráticas, y sin la arrogancia de los mandatarios que le dan el mayor valor estratégico a los fusiles, antes que al diálogo civilizado.


Sin dejarnos distraer por los tambores de guerra que aún suenan por ahí, sigamos avanzando en el proceso de paz que el gobierno tiene sobre la mesa con las Farc y animemos al presidente para que asuma también la pronta conformación de la mesa paralela con el Eln que está dispuesto a dialogar sobre el mismo tema.


El presidente no debe permitir que la alharaca de los guerreristas lo distraigan de su agenda de paz. Él prometió ser el presidente de la paz, y está a punto de conseguirla sin necesidad de hacer gestos de complacencia con las guerrillas, ni con la oposición de la derecha. Cumpliendo como hasta ahora con su programa de gobierno que consulta los mejores intereses de los colombianos, sin dejarse seducir por las extremas de derecha o de izquierda, es decir, actuando como estadista, este cuatrienio que ya avanza por la mitad, pasará a la historia como el que puso fin a la guerra y reconcilió al pueblo colombiano haciéndolo actor principal de su mejor destino.


La paz se cultiva, se protege como cualquier programa de gobierno que demande ante todo voluntad, persistencia y confianza. Sin acechanzas, con la buena fe de un mandatario de bien que piense solo en el bienestar de la nación.