Palabra y obra

The public bid artist
El artista de convocatoria
13 de Noviembre de 2015


En Medellín y Colombia hay artistas para todo, sobre todo si de una convocatoria se trata. Razón tenía el asturiano Ramón de Campoamor cuando dijo: “No son todos los que están, ni están todos los que son”.



Ilustración: Ever Álvarez Villa / EL MUNDO

 

Las artes, como la ciencia, requieren para progresar del apoyo económico que permite a creadores e investigadores persistir en sus búsquedas, patrocinar la divulgación de propuestas,  favorecer el diálogo entre colegas y público, y contribuir a la sostenibilidad del gremio, sobre todo en épocas en que la economía  se desacelera por cualquier razón. Pero cuando se es artista, o científico, pensar y esperar  que dicho estímulo sea la única condición para desarrollar el trabajo es equivocado, y muy peligroso.


En sociedades con sólidas economías de mercado el apoyo a las artes proviene, principalmente, de la tradición filantrópica del sector privado acompañada de un Estado que crea las condiciones favorables para la circulación del capital, que incentiva la evolución y transformación de las expresiones culturales. Es el caso de países como Inglaterra, Alemania, y Estados Unidos. Esos aportes responden al sentido de responsabilidad social, y canalizan con menos intereses creados la administración de fondos orientados a apadrinar actividades de todo tipo, entendiendo que, a su vez, apoyan una infraestructura gerencial eficiente, evitando la expansión redundante de onerosas burocracias oficiales con intereses políticos, por naturaleza inclinadas a todo tipo de malversaciones.


En sociedades con economías de mercado débiles y dependientes, con un sector privado poco cultivado, y vulnerables a toda clase de altibajos internos y externos, el Estado, un estado interesado en el dominio del poder y la continuidad partidista más que en su obligación de garantizar el bienestar social asume gran parte de la responsabilidad de asignar recursos a la colectividad cultural, utilizando procesos dudosamente selectivos con el paternalismo que ello implica.


Y ni hablar de las sociedades no democráticas, sin libertad de expresión. Como está demostrado históricamente a  saciedad, los recursos oficiales, que deberían ser públicos, se administran con el único propósito de favorecer la coerción de libertades individuales según la ideología del grupo de poder.


Muchas sociedades latinoamericanas son una extraña mezcla de estos dos últimos modelos. Se autodenominan democracias pero operan con controles idénticos a cualquier “apparatchik”, creando una dimensión muy particular para la cultura. Los fondos municipales, estatales, o nacionales, y los pocos privados son el primer y último recurso para creadores de todo tipo.  Entre los artistas hay aquellos (no todos) que dedican más tiempo a cabildear que a trabajar, obteniendo con éxito dinero para justificar su actividad, invitaciones a participar con cualquier justificación en eventos locales, nacionales e internacionales, atención mediática, premios y condecoraciones, así estos no tengan ninguna relevancia excepto la financiera.


Surge entonces un espécimen muy desagradable que en nuestro medio se dedica al lagarteo, al oportunismo, a calcular cómo puede hacerse a esos recursos sin cumplir con el deber profesional de trabajar consistentemente. El resto del tiempo lo pasan hablando de sí mismos, ruegan o protestan según sea su estilo, con tal de suplir con ello la notoriedad que le está vedada por la mediocridad de su trabajo.


En sociedades débiles como la nuestra,  con un público acostumbrado  al deterioro,  desinformado, sin tradición para relacionarse con imágenes  diferentes a las de la violencia, y falto de educación visual, la situación es luctuosa. Es difícil hablar de arte con alguna persona en Medellín, y más difícil todavía, dialogar por fuera del “entorno social” con un artista, o un curador, a toda hora muertos de susto a meter la pata. Si se logra es a los trancazos. Mientras más viejos menos tienen que decir. La mayoría sólo quiere escuchar a otros hablando de ellos y lo que hacen,  así sea una patochada, o escucharse ellos mismos.  Les atemoriza que otros colegas se den cuenta de sus incapacidades. En eso los escritores, los directores de cine, los teatreros, los músicos, por ejemplo, son más atrevidos y sociables,  tal vez por asuntos del propio oficio, entre otras razones obvias.


Pensando positivamente, llegará el momento en que el público de Medellín (y el resto del país) sea capaz de no dejarse embaucar y vete este tipo de personajes, para ver si aprenden que esa no es la forma de trabajar con seriedad. Lo que no sabemos es  cuándo acumulará suficiente educación, interés y capacidad para conversar de arte con la naturalidad, el conocimiento, la frecuencia, la pasión y el entusiasmo con que uno lo escucha hablando del  bolsillo, o de  su equipo de fútbol favorito, dos cosas por las cuales es capaz a veces de matar, o hacerse matar. 


Algunas convocatorias en Medellín y Colombia:


-Becas del Ministerio de Cultura.


-Salón Regional de Artistas. 


-Salón Nacional de Artistas.


-Salón BAT de Arte Popular. 


-Premio Luis Caballero.


-Premios Nacionales de Cultura de la Universidad de Antioquia.


-Becas de creación de la Alcaldía de Medellín


-Salón de Artistas Jóvenes de la Cámara de Comercio de Medellín.


-Convocatoria Crea Digital.