Columnistas


Una década perdida en la desmemoria
Autor: Jorge Alberto Velásquez Betancur
12 de Noviembre de 2015


La imagen de un tanque de guerra que ingresa por la puerta principal del Palacio de Justicia, destruyéndolo todo a su paso, bajo la soñadora frase de Santander: “Si las armas nos dieron la independencia, solo las leyes nos darán la libertad”.

La imagen de un tanque de guerra que ingresa por la puerta principal del Palacio de Justicia, destruyéndolo todo a su paso, bajo la soñadora frase de Santander: “Si las armas nos dieron la independencia, solo las leyes nos darán la libertad”, es la imagen viva de lo que es nuestro país. Y a continuación, el Palacio en llamas, con una Corte Suprema inmolada en el altar de la legalidad perdida, complementa la escena que representa la terrible década de los 80.


Por eso duele que a las nuevas generaciones estas imágenes no les digan mucho, porque no conocen ni la historia antigua ni la historia reciente de este país ensangrentado, vulnerado y humillado por sus propios dirigentes y por sus propios estamentos.


Los años 80 son, para el mundo, la década de la informática, del uso de las tarjetas de crédito, del salto del Islamismo a los titulares de prensa occidentales; es la década de los atentados terroristas, de la imposición del neoliberalismo como doctrina económica dominante y de la crisis de la deuda externa que sometió a las economías nacionales a la dictadura del Fondo Monetario Internacional.


En Colombia, la década del ochenta son los años de la multiplicación de la violencia. Son los tiempos de la guerra del narcotráfico contra el Estado, años de intensa violencia guerrillera y de enorme incertidumbre acerca de la viabilidad del Estado colombiano y de la permanencia de sus instituciones.


A raíz del trigésimo aniversario de la Toma del Palacio de Justicia (6 y 7 de noviembre de 1985) y de una historia que se cuenta a pedazos, deshilvanada, me he puesto a repasar todo lo que sucedió en aquellos años terribles y la aglomeración de hechos produce escozor, dolor de humanidad.


La década empieza con la aplicación desmedida del Estatuto de Seguridad y con la toma de la Embajada de la República Dominicana, el 27 de febrero de 1980, por parte de un comando del M 19. Este fue un hecho muy grave, sin precedentes en la historia del país. Marcó el comienzo de una década violenta a más no poder, que trajo grandes cambios en la cultura, la política y la vida social, porque paralelamente salía a la superficie el problema del narcotráfico, entre el boato y la exageración que deslumbraba a muchos y la amenaza a la sociedad y a la legalidad, que preocupaba a no tantos. Con el narcotráfico surge otro fenómeno no menos grave como el sicariato, la entronización de la corrupción y con ella la narcopolítica y la comprobación de que en Colombia casi todo y casi todos tenían precio.


En 1982 asume la presidencia el antioqueño Belisario Betancur. Sus intenciones de paz se concretan en los acuerdos de Corinto (Cauca) con las Farc y de El Hobo, con el Epl, que más tarde propiciarían la creación del Partido Unión Patriótica, exterminado en esta misma década con el asesinato de sus dirigentes Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo Ossa, Leonardo Posada, José Antequera y miles de colombianos más que defendían esta bandera. También en este período la naturaleza cobra su parte, con el terremoto de Popayán (31 de marzo de 1983) y con la avalancha del cráter Arenas que sepulta a Armero (13 de noviembre de 1985).


En estos años se produce el asesinato del exministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla y se desencadena la presión de “Los Extraditables” contra el Estado, que traería los asesinatos del exministro Enrique Low Murtra, del juez Tulio Manuel Castro Gil, del magistrado Hernando Baquero Borda, los primeros mártires de una larga cadena de víctimas que puso el poder judicial y cuya lista es interminable.


La mezcla fatídica de narcotráfico y paramilitarismo asesina al  precandidato liberal a la presidencia, Luis Carlos Galán Sarmiento, a los periodistas Guillermo Cano, Jorge Enrique Pulido y muchos más, a los defensores de Derechos Humanos Héctor Abad, Leonardo Taborda y Luis Fernando Vélez y muchos más, a dirigentes sindicales como Luis Felipe Vélez (Adida) y muchos más, al procurador Carlos Mauro Hoyos, al gobernador de Antioquia, Antonio Roldán Betancur; al comandante de Policía Antioquia, Valdemar Franklin Quintero, entre muchos otros nombres que no caben en una columna recordatoria, pero de los que si deben dar cuenta los textos de historia.    


Es la década del comienzo de los atentados terroristas contra los periódicos (El Espectador, Vanguardia Liberal, El Colombiano), contra el DAS (6 de diciembre de 1989); de la explosión del avión de Avianca en pleno vuelo, con 110 personas a bordo (27 de noviembre de 1989); de la masacre de La Rochela, en Simacota, Santander, y de las primeras masacres en Urabá.


Es también la década de la reforma constitucional que le quebró el espinazo a la centralista Constitución de 1886, al establecer la elección popular de Alcaldes.


¿Cómo olvidar estos años?, si a la condición de ser parte de la generación del Frente Nacional, que es también la generación del Estado de sitio, agregamos el hecho notorio de ser sobrevivientes de la década de los 80.