Columnistas


El consenso de la democracia
Autor: David Roll
12 de Noviembre de 2015


El consenso de la democracia significa que en los países en los cuales se ha adoptado este modelo la democracia está sobre todas las cosas: TODAS. Ello implica por ejemplo que deben respetarse las creencias religiosas de las personas.

www.davidrollvelez.com


El consenso de la democracia significa que en los países en los cuales se ha adoptado este modelo la democracia está sobre todas las cosas: TODAS. Ello implica por ejemplo que deben respetarse las creencias religiosas de las personas aunque no se compartan. También las creencias ateas (o descreencias). Y si ocurriese un conflicto entre una creencia y la democracia debe prevalecer la democracia, por duro que suene. Es decir, si usted cree que la religión Católica es contraria a la democracia y que por lo tanto sus seguidores deben renunciar a sus creencias para fortalecerla, la democracia le da la razón a ellos y le obliga a usted a no hacer nada en contra de esa práctica. A contrario sensu, si usted es católico y la democracia establece algo en contra de sus creencias, como el divorcio, usted está obligado a respetar esa decisión de la democracia. Existe por supuesto lo que se ha llamado la desobediencia civil, concepto creado por H. David Thoreau cuando Estados Unidos invadió a México sin motivo, que consiste en que uno puede oponerse a algo radicalmente contrario a los valores y manifiestamente injusto. Esta tiene tres opciones: desobedecer y aceptar las consecuencias legales (objeción de conciencia), obedecer pero protestar enérgicamente, o crear una situación revolucionaria. Esta última es la menos aceptada, justamente porque la democracia es un consenso tácito entre personas que piensan muy diferente pero que se adhieren a las decisiones tomadas por el sistema porque lo consideran legítimo. Sucede mucho que personas que tienen unas ideas fijas que no coinciden con la mayoría, tanto en el Estado como en otros grupos sociales, entran en furia cuando se les recuerda que su concepto no es prevaleciente sino minoritario,  y dicen que la mayoría esta equivocada y por lo tanto debe ser salvada por la minoría sabia aún contra su voluntad, apelando a cuestiones racionales. Hay que recordarles que ese mesianismo ya pasó de moda, que lo intentaron la extrema derecha y la extrema izquierda y fracasaron por todos lados. Hoy en día en toda América, Europa y Oceanía y varios países de África y Asia la democracia está también por encima de los sabios salvadores. Hay casos heroicos en regímenes semicompetitivos, como la Premio Nóbel de Paquistaní, en los que la mayoría debe ser educada por una minoría pensante en temas tan evidentes como el derecho a la educación de las mujeres. Pero estos son casos excepcionales y en general las democracias han alcanzado puntos de acuerdo muy razonables y debatidos en casi todos los temas.  Ello no significa que el sistema no deba ser criticado en aspectos puntuales, aunque declararlo ilegítimo en su conjunto ya no es una opción, y si no es con esa oposición tal vez la democracia no mejoraría. Es así como el papel de la izquierda fue fundamental para transformar los sistemas democráticos. Al principio plantearon destruir la democracia e imponer una verdad de minorías, pero luego paulatinamente la mayor parte de esos revolucionarios fue sumándose al consenso democrático y reorientaron el sentido crítico en construir estados sociales de derecho en lugar de instaurar totalitarismos. Lo lograron  en muchos países y la historia se los debe. Pero algunos todavía, muy pocos,  mantienen ese furor de cruzados y tratan de imponer a gritos, tanto en lo macro como en lo micro, sus fuertes convicciones, despreciando la opinión de las mayorías y los procedimientos democráticos establecidos, en defensa de una razón magna, extraída de unos libros tan válidos como otros que dicen lo contrario. Es nuestro deber de convencidos demócratas escucharlos, respetarlos, leerlos incluso, porque finalmente aunque son una minoría casi en extinción tienen derecho a expresar esos valores, por más que tengan tintes antidemocráticos, y de explicarles pedagógicamente que en el siglo XXI en gran parte del mundo, aquí en particular y por lo menos por ahora, la democracia está por encima de todas las cosas. Perder la paciencia frente a estas críticas, que en el fondo terminarán favoreciendo el mejoramiento de la democracias aunque vayan mal encaminadas en sus fines  y estén marcadas por intereses de poder minoritarios y muchas veces oportunistas, es en cierta forma una falla en nuestra convicción sobre el consenso de la democracia. Cuantas menos veces pase es deseable y mientras más pronto se corrija esa impaciencia mejor aún.


* Profesor Titular Universidad Nacional