Columnistas

La patria soñada
Autor: Dario Ruiz Gómez
9 de Noviembre de 2015


Hanna Arendt, la gran pensadora dice en un poema: “Afortunado quien no tiene patria: podrá soñarla”

Hanna Arendt, la gran pensadora dice en un poema: “Afortunado quien no tiene patria: podrá soñarla” y la visión de millones de desplazados de Siria, de Afganistán nos recuerda la manera cómo los grandes poderes despedazan de manera abrupta la noción de patria. Me refiero no a la retórica patriotera  que condujo a lo peor – Hitler habló de la patria y lo mismo hizo  Stalin - sino a esa noción íntima de pertenencia a un lugar donde desde la infancia nuestro espíritu necesitado de certezas  fue creando un territorio  bautizado por los primeros afectos y las primeras desdichas,  por un confín que nos llamó al regreso a la heredad. Una dirección necesaria en medio de la vasta geografía del mundo. Sin embargo, el desplazamiento ha marcado desde el siglo XIX la suerte de poblaciones enteras masacradas para grandes reacomodos poblacionales, desplazadas por la miseria. Cuando a mediados de 1970 comencé mis investigaciones sobre la cultura en Antioquia me encontré con algo  escandaloso: la geografía antioqueña había desaparecido de los imaginarios  de las gentes y su historia real  convertida  en tópico folclórico. En esto tenía que ver el centralismo de Medellín que  destruyó la relación con la fértil y necesaria vida de las provincias que históricamente habían jugado un papel clave en la formación de nuestro territorio, aquel que Manuel Uribe Ángel había afirmado  en su magna “Geografía de Antioquia”, caminos reales, vías, el ferrocarril, lo que condujo a un aislamiento total por ausencia  de políticas económicas en el ámbito regional, por una pobreza que se convirtió  en miseria, en analfabetismo ofensivo hasta hoy. Hubo intentos  de corregir estos errores  pero un factor como el de la violencia guerrillera  y posteriormente paramilitar se encargó de desalojar los campos, las veredas pero a la vez descubrió los rostros de otra Antioquia, la mestiza, la Antioquia profunda.


La ausencia total de verdaderas políticas de planificación de los territorios ha sido ostensible para el desarrollo de Urabá y para un cambio justo y necesario en  la calidad de vida de sus habitantes tal como corresponde a su productividad y su potencial económico, su derecho a la autonomía, y  tal como lo exige  una región demarcada por formas propias de cultura. Oriente comienza a ser invadido por un tipo de urbanización dispersa que va destruyendo sus valores ambientales, paisajísticos, sus centros históricos,  sin que al respecto exista una verdadera planificación, la racionalidad que exige el reconocimiento de una necesaria  área metropolitana para  no quedar convertida en pueblos dormitorios, en lugares de parranda para un turismo depredador.  Esta planificación del territorio es la que puede salvar de la pobreza y la miseria – piénsese en la alucinante miseria de Andes- a una población y a un paisaje como el del café. Pero ¿a quién pertenece hoy el territorio de la coca en Anorí, Valdivia, Ituango? ¿Por qué en medio de las inmensas ganancias del oro Segovia, Remedios continúan sumidas en la miseria? ¿Cómo está presente el Nordeste frío, cercado por las minas guerrilleras? La lucha de la periferia contra el centro nos indica  la falta de equidad en la distribución de la riqueza, el desconocimiento de los rostros de la diversidad. Después de estos reacomodos de población, de estas heroicas gestas ¿Existe todavía Antioquia? El gobierno de Sergio Fajardo ha sido de un despectivo desdén hacia estas diversidades, estas nuevas realidades sociales, a entender que no se puede gobernar sin quienes representan la voz de una Antioquia real, rompiendo de este modo con un centralismo hegemónico ya que sin el reconocimiento de las nuevas regiones la lacra de la injusticia y la violencia se prolongarán indefinidamente. Y lo que necesitamos es que nos devuelvan la patria soñada.