Editorial

Arde Siria ¿y la ONU?
9 de Noviembre de 2015


Al finalizar el mes de octubre, los organismos humanitarios europeos reportaban que 4.3 millones de sirios habían obtenido refugio en países a los que han llegado desde marzo de 2011, cuando fue declarada la guerra civil de su país.

Al finalizar el mes de octubre, los organismos humanitarios europeos reportaban que 4.3 millones de sirios habían obtenido refugio en países a los que han llegado desde marzo de 2011, cuando fue declarada la guerra civil de su país. Además de la huida del 15% de la población de Siria, los entes humanitarios señalan que doce millones de personas sufren desplazamiento interno por la gravedad de una guerra en la que se enfrentan distintos grupos rebeldes, el tirano Bashar al Assad y el radical Isis. Los mayores grupos de refugiados han encontrado protección en Turquía, Líbano, los países de la Unión Europea más Suiza, Jordania, Irak y Egipto (en orden según el número de personas recibidas por cada uno), naciones a las que Australia está dispuesta a sumarse, según anunció este fin de semana Peter Dutton, su ministro de inmigración.  La acogida a los refugiados sirios está transformando la demografía de los países receptores y modificando sus prioridades de gasto público, así Naciones Unidas entregue algunos recursos para la atención esencial; en las naciones occidentales también está provocando razonables, y a veces angustiadas, preguntas por la disposición de los nuevos habitantes para adaptarse a sus culturas y a las reglas de juego democráticas.


Ante las oleadas de migrantes, los países han reaccionado de manera diversa. Algunos han tenido la apertura de Líbano o Jordania -que protegen a 3.7 millones de refugiados-; los líderes de la Unión Europea siguen mostrando generosidad, a pesar de algunos titubeos iniciales; otros, como Australia, toman conciencia, y algunos comunitarios, como Hungría, persisten en su renuencia. Aun a riesgo de revivir la tragedia de Aylan Kurdi, miles de sirios huyen cada día de una guerra civil que a septiembre pasado dejaba 250.000 muertos. Así salve vidas, el asilo político implica los sufrimientos de la incertidumbre por el futuro y el desarraigo de lo construido, los afectos y los sueños, que es situación indeseable para toda persona. Siendo generosa, la acogida y protección no pueden ser las únicas respuestas del mundo al que los organismos humanitarios ya califican como la peor tragedia contemporánea, después de la ocurrida en Ruanda. 


Al concluir un recorrido de ocho días por distintos países de Asia, Ash Carter, secretario de Defensa de Estados Unidos lanzó una contundente alerta sobre la carrera armamentista de China y Rusia, país al que señaló por estar “poniendo en riesgo la paz mundial” y adquiriendo cada vez mayor protagonismo en la guerra civil de Siria. También durante el fin de semana se conocieron alertas por el progresivo abandono del frente de batalla contra Isis, que es protagonizado por Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, según informó The New York Times en su edición dominical. La amenaza que hace Putin de utilizar a Siria como punta de lanza de su afán expansionista, la incapacidad de la Unión Europea para definir más apoyo a los empeños por controlar al cruel tirano, encuentra la afortunada resistencia del Gobierno Obama a intentar una intervención militar unilateral, o al menos con tal carácter, en la que Estados Unidos sea el mayor sacrificado, además de culpabilizado ante la historia, como sucedió en la batalla contra Hussein en Irak.


La crisis de Siria necesita a Naciones Unidas. Para el apoyo a la atención humanitaria a los refugiados, que hasta ahora ha sido insuficiente, sí. Para que emprenda acciones políticas, incluida la intervención militar, que permitan controlar la crisis desatada por un tirano atornillado en el poder por el auxilio que le dan Rusia y sus aliados y el oxígeno que obtiene por el terrorismo de Isis. Y la necesita, sobre todo, para que salga en defensa de la Carta de Derechos que constituye su base fundacional, a la que adhirieron los estados que participan en ella y que se encuentra amenazada por los radicalismos. Como nunca, hoy la ONU está llamada a abrir un diálogo franco y exigente con las autoridades islámicas que han tolerado que facciones religiosas radicales apelen a esa creencia religiosa para excusar el terrorismo extremista, reclamando de ellas adhesión y respeto a la Carta de Derechos. El riesgo que crece en Medio Oriente obliga recordar que la razón de ser de Naciones Unidas es la defensa de sus principios fundacionales y a precisar que cuando omite contener el terrorismo o las amenazas de poderosos gobernantes, se hace difícil explicar la existencia del organismo y justificar a su pesada burocracia internacional.