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“La tregua está en peligro. Hay que salvar la paz”, gimen las Farc
Autor: Eduardo Mackenzie
6 de Noviembre de 2015


Cada vez que el presidente Juan Manuel Santos trata de mostrarse como el jefe de la extraña empresa que él llama “proceso de paz”, las Farc lo ponen en su sitio. Usted no es quien dirige, le dicen, los patronos somos nosotros.

Cada vez que el presidente Juan Manuel Santos trata de mostrarse como el jefe de la extraña empresa que él llama “proceso de paz”, las Farc lo ponen en su sitio. Usted no es quien dirige, le dicen, los patronos somos nosotros. Es una manía de las Farc jugar de esa manera con sus interlocutores. Quienes negocian con ellas terminan como simples lacayos. Las Farc les hacen sentir eso, en el momento indicado.  Lo hicieron con el presidente Andrés Pastrana en el Caguán y lo hacen ahora con Santos. Eso permite deducir que el plan que se configura en Cuba contra Colombia con ayuda de Santos seguirá un itinerario y un calendario precisos: el que quieren las Farc y no el que le convendría a Santos.


Carlos Antonio Lozada, un “negociador” de las Farc, acaba de advertir eso. Declaró en La Habana que él no considera “procedentes” las condiciones planteadas por Santos para acordar con ellos una tregua bilateral. Lozada estima que ese anuncio fue “un nuevo intento gubernamental por imponer decisiones unilaterales que violan el principio rector de la bilateralidad” de la negociación.


El imprudente Santos había lanzado, en efecto, una idea sin consultar a Timochenko: quería involucrar al Consejo de Seguridad de la ONU en el eventual alto el fuego del próximo 16 de diciembre, paso previo, según Santos, a la firma de la “paz definitiva” del 23 de marzo de 2016. Santos anunció, además, que el cese al fuego bilateral debía ser acompañado de la “concentración” de las tropas de las Farc en algún municipio. ¡Error! Lozada saltó de su silla para decir que no quiere saber nada de “concentración” ni de injerencia de la ONU en el “proceso de paz”. Y, para ridiculizar aún más a Santos, el jefe narco comunista precisó que no es necesario “concentrar las guerrillas en corrales” sino que sólo basta –y eso es lo más interesante—“con que el Ejército suspenda sus operaciones”.


Un rechazo tan rotundo a las condiciones insinuadas por Santos para la tregua abriría, en otras latitudes, una crisis del “proceso de paz”. Pero Santos no se atreve a levantar la voz. Él está dispuesto a tragarse todos los sapos que le sirvan las Farc con tal de cumplir, no se sabe por qué, su obscura labor de demoler el sistema socio político colombiano por la vía de una salida negociada del conflicto.


Paralizar los 500.000 militares, aviadores, marinos y policías que defienden a Colombia de sus enemigos internos y externos, y dejar en el terreno a las Farc y al Eln, con sus armas, redes y capitales, porque así lo quiere la docena de jefes criminales arrumados y al servicio de Cuba, es lo que el señor Lozada entiende por cese bilateral de fuego. Es lo que Santos debe cumplirles sin chistar. Lozada, además, posa de legalista: insiste en que el punto de la “concentración”, no había sido “tramitado por la subcomisión técnica”.


Otro punto que las Farc le hacen saber a Santos es que el cese al fuego unilateral, decretado por ellas en julio pasado,  era, en realidad, lo contrario: la fuerza pública no debía defenderse ni defender a la población. Por hacerlo --como ocurrió hace poco en Caquetá donde el Ejército dio de baja a cuatro guerrilleros que se “dedicaban a extorsionar y a cobrar vacunas”, como explicó el ministro de Defensa Luis Carlos Villegas, o como sucedió en Meta, donde los militares abatieron en combate a dos de las Farc que  estaban sembrando minas antipersona--, las pacifistas Farc gimen que hay un “escalamiento de las operaciones militares” y que la “tregua está en peligro” y que “hay que salvar la paz”.  


Es el escenario que tratan de venderle a Bernard Aronson, enviado especial del presidente Obama, a Tom Koenigs, comisionado del Gobierno alemán, y a Eamon Gilmore, enviado de la Unión Europea. Timochenko quiere que ellos, junto con Cuba, Noruega, Venezuela y Chile, vean que en Colombia hay una situación de “guerrillas en tregua” y que se pronuncien contra la fuerza pública que está incumpliendo no se sabe qué.  La táctica de Santos para repeler esa peligrosa maniobra cojea: afirma que las Farc sí han “cumplido con el cese al fuego de manera aceptable” pero no respetan el cese de hostilidades contra la población civil. “Siguen extorsionado, siguen en actividades de narcotráfico, siguen en minería ilegal y sembrando minas”, constata Villegas. Si ello es así ¿por qué Santos insiste en apresurar lo del crucial cese al fuego bilateral definitivo?


El puntillazo final contra el cronograma de Santos llegó por boca de la holandesa Tanja Nijmeijer quien reveló en La Habana la nueva versión fariana de lo que debe ser la “implementación” de los “acuerdos logrados”. Eso tomará, según ella, por lo menos diez años. Diez años son dos gobiernos y medio. Las Farc quieren hipotecar el porvenir del país, y amarrar la política central de los futuros mandatarios, con ese grotesco plan de diez años. Sea quien sea el jefe de Estado, y sea la que sea la Constitución, éstos deberá subordinarse  a una “ley de carácter especial” con una “vigencia mínima de diez años”. Esa ley será un tonel sin fondo, donde todas las rupturas con el actual sistema liberal-democrático, en materia política, económica, social y ambiental, quedarán registradas. Fuera de eso, exigen dotar esa ley de un formidable presupuesto, que sólo pagarán los colombianos: las Farc decidirán el contenido del “plan-paz” pero no darán un peso. Colombia perderá así, mediante el truco fácil de una ley de circunstancia, su libertad futura y su soberanía ante los problemas domésticos y ante el mundo.


Santos, obviamente, no ha querido decir nada contra eso y sus ministros guardan silencio sepulcral sobre la nueva trampa. “Usted no es quien dirige, le dicen a Santos desde Cuba, los patronos somos nosotros”.