Palabra y obra

That about which nobody wanted to talk
Sobre lo que nadie quiso hablar
30 de Octubre de 2015


La molestia y la incomodidad son dos efectos recurrentes del arte, y no exclusivamente del arte del siglo XX y la contemporaneidad.



Los papagayos (1987)

(Gouache, 75 x 208 centímetros)

Melissa Aguilar R.


Magíster en Historia del Arte


Investigadora y docente universitaria


La molestia y la incomodidad son dos efectos recurrentes del arte, y no exclusivamente del arte del siglo XX y la contemporaneidad. 


En 1866, la escandalosa imagen de El origen del mundo de Gustave Courbet controvertiría cualquier visión mediada por las premisas de la moral religiosa del cristianismo, imperante en casi todo Occidente. La franqueza pictórica, exacerbada por el realismo del que fue precursor, y el atrevimiento con el que en este desnudo femenino se ha invertido el lugar de la mirada -cuyo primer plano lo ocupa el fiel retrato de la zona genital- generaron en su momento el revuelo suficiente como para que el cuadro hubiera sido ocultado durante décadas. 


Increíblemente, 145 años después de su primera aparición, El origen del mundo continuó despertando susceptibilidades. En 2011, la red social Facebook cerró arbitrariamente la cuenta de un usuario francés por difundir la fotografía de la aludida obra. El hecho, que ya pasó a instancias legales, no es primera vez que ocurre. Poco antes, a un usuario danés le sucedió lo mismo tras haber usado esta pintura como imagen de perfil. Posteriormente, Facebook reactivó su cuenta con la ridícula condición de sólo usar imágenes de personas vestidas en su página. 


A menudo, el poder y los sentimientos morales suelen confundirse como armas de la misma cruzada. Sin embargo, las discrepancias comienzan cuando nos preguntamos por el fundamento de tales juicios morales: ¿se fundan en la razón?, ¿o se fundan en la forma en que reaccionamos ante estos "objetos morales"?


En el panorama del arte nacional, varias han sido las figuras que, en diferentes momentos del siglo XX, impulsaron procesos de rupturas, no sólo estéticas y plásticas, sino, principalmente, conceptuales e ideológicas. Personajes como Débora Arango y Beatriz González, abordaron problemas e inquietudes censurables en su época; circunstancia que desembocó en álgidos y efervescentes cuestionamientos a los códigos culturales convencionales, propios de un país cuyas respuestas morales han estado oficialmente sujetas al ejercicio del poder del pensamiento conservador. 


Madona del silencio (1944)

(Óleo sobre lienzo, 1.38 x 0.92 metros, colección del Museo de Arte Moderno de Medellín).


Las iconoclastas


El caso más claro y conocido lo encarna la pintora antioqueña Débora Arango, cuyo contexto constituyó su más prolífico repertorio temático. Testigo de más de cuatro décadas de transformaciones sociales y urbanas, y en medio del complejo panorama antioqueño de comienzos del siglo XX -dominado por hombres y una visión académica y homogeneizadora en prácticamente todos los ámbitos–, Arango se asumió como la única mujer artista capaz de contradecir con su pintura los preceptos conservadores y moralistas de una cultura perturbada por los temores religiosos y las luchas políticas. 


Reprochada por sus maestros, casi excomulgada, saboteada por las Damas de la Liga de la Decencia, censurada por varios gobiernos conservadores y hasta vetada por el franquismo, Arango pintó sobre lo que nadie quiso hablar, vistió pantalones cuando ninguna mujer se atrevía, y siempre sostuvo que “el arte nada tiene que ver con la moral”. Los decentes y honorables pensaron siempre de su obra que no eran tiempos para pintar desnudos ni pobres, y con lástima vieron que, habiendo tantos paisajes y floreros, Arango se decidiera por los presidentes, las putas y los borrachos.


Obras como Montañas (1940),  La mística (1940), Madona del silencio (1944), La lucha del destino (1944), El cementerio de la chusma (1958) y Rojas Pinilla (1954), dejan en claro la respuesta que Arango tenía para ellos.


Otra de las figuras femeninas más críticas e inconformistas del arte nacional estuvo encarnada, algunas décadas después, por la santandereana Beatriz González, quien, a través de un particular lenguaje pictórico asociado al pop, tomó como referentes noticias de la crónica roja, además de imágenes populares y de personajes públicos vinculados a la política y la religión. Al igual que Arango, González abordó en sus obras el complejo entramado social y político del momento, parodiando con gran habilidad sobre la clase dirigente.


En González, las referencias directas y satíricas, se centraron en personajes como Julio César Turbay, Belisario Betancur, Virgilio Barco y el mismísimo Simón Bolívar. En plena vigencia del Estatuto de Seguridad –medida por la que figuras como García Márquez, Feliza Bursztyn y Marta Traba abandonaron el país–, González realizó obras como Decoración de interiores (1981), una gran cortina en la que se reproduce una imagen del presidente Turbay en una fiesta privada. Aparentemente inofensivo, el gesto de González reafirmaba una pregunta por la banalización y la indiferencia ante las cuestionables acciones oficiales.


De la misma forma, obras como Plumario colombiano (1983), Sr. Presidente, qué honor estar con usted en este momento histórico (1986) y Los papagayos (1987), evidenciaron una postura que, lejos de pretensiones simplemente ilustrativas o anecdóticas, consolidaron el camino para un arte crítico en Colombia.