Columnistas

Tiempo de mudanza
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
27 de Octubre de 2015


Todos los plazos se cumplen: la decisión que había sido programada para unos lejanos tres o cuatro próximos años, de pronto se convierte en una realidad que apremia, en un hecho cumplido.

Todos los plazos se cumplen: la decisión que había sido programada para unos lejanos tres o cuatro próximos años, de pronto se convierte en una realidad que apremia, en un hecho cumplido que a pesar de todo nos toma siempre por sorpresa, como si se tratara de algo inesperado o por lo menos, distante. Nos mudamos a un nuevo sitio, con muchas ventajas sobre el viejo, las áreas disponibles, efectivamente, menores. Unas por otras; es uno de los signos de los tiempos de la incomprensible “postmodernidad”. 


Entonces sucede que aquellos viejos libros familiares de la biblioteca amiga y vetusta, se convierten en pasajeros de unos vehículos -las pesadas cajas de cartón- cuyo destino final, lo sospechamos, será el que decida el reciclador. Es cuestión de espacio y de cruel selección, y cómo no, cuestión también de los ciclos vitales y personales. Vienen a la memoria célebres principios del sentido común: “hay que reducirse y simplificar”, “keep it simple and short”, “volver a lo simple”. En fin, algo que también se relaciona con la brevedad de la vida…


Toca desprenderse de viejos amigos, algunos de ellos con páginas muy amarillas y gastadas. Uno que otro de los ajados diccionarios ya nos verán, como lo comenta Borges en memorables versos, por última vez: “Hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar. / Hay una calle próxima que está vedada a mis pasos,/ hay un espejo que me ha visto por última vez, /hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.”  


El proceso de la selección y reducción de los libros para que se adapten a los nuevos y resumidos espacios, tiene algo de duelo, algo de despedida definitiva. Aquel manual que siempre quisimos tener al alcance de la mano por ser “imprescindible” resulta que ya no lo es. Su espacio físico habrá de ser ocupado, como en un bote salvavidas en el que caben mujeres y niños antes que otros náufragos, por otra joya bibliográfica más urgente y prioritaria. No hay chalecos salvavidas para todos, y al fin, la rápida consulta en la etérea red de ciertos conceptos fundamentales, es también una opción práctica y válida. Pero, ¿dónde quedan a los aromas de aquellas páginas antiguas, entre las cuales pueden encontrarse aún sorprendentes cartas de uno de nuestros antepasados, escritas de modo pulcro y sincero? Quizás sobre ésas mismas páginas cayeron lágrimas hace más de un siglo, con unos significados existenciales y emocionales de los cuales los descendientes apenas podemos tener unas pistas que nos aproximan pero que nunca permitirán desvelar totalmente los misterios que ocultaron.  


Tiempo de mudanza: a muchos lectores, especialmente a los amantes de los libros que los han conservado por décadas les habrá llegado este momento temible. Una nueva y despiadada selección de los fieles amigos de la biblioteca personal.  Un momento decisivo y difícil. El mundo que avanza lo exige, el vertiginoso ímpetu del tiempo nos obliga y empuja a desprendernos de ellos. 


Que este vestigium sea una renovada declaración de amor a los libros viejos, a las veteranas bibliotecas que acogen a los clásicos y a los nuevos, como amigos del alma a quienes se visita cuando se puede y con quienes se pueden compartir ratos, pensamientos, conversaciones, interrogantes, confidencias, momentos sombríos e instantes de risa y alegría. Estos son los amigos que permanecen a nuestro lado, aunque muy ocasionalmente tengamos el grato instante concreto del diálogo y el encuentro. Algunos de estos viejos se van muriendo en los tiempos de mudanza, se van quedando en el camino.