Columnistas


¿Hacia dónde “camina” nuestra democracia?
Autor: Alejandro Garcia Gomez
24 de Octubre de 2015


Se acerca otra disputa por el poder. Miles de millones de pesos corren entre las luces, la tinta y los oropeles en los que se bañan varios candidatos. Para ellos, las elecciones se han convertido en la disputa por un dominio político.

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Se acerca otra disputa por el poder. Miles de millones de pesos corren entre las luces, la tinta y los oropeles en los que se bañan varios candidatos. Para ellos, las elecciones se han convertido en la disputa por un dominio político ruin en búsqueda del dominio económico -rapaz en la mayoría de casos-. Y no entro en distinciones entre izquierdas y derechas, porque ambas han perdido –en muchos de sus actores- el horizonte que justifica la acción política: la administración de la equidad, la justicia y la libertad humanas. Cambian métodos y actores pero el fondo sigue siendo el mismo. Veamos.


En los inicios de la República, era un  notablato de generales y coroneles compadres quienes se comenzaron a repartir a dentelladas el presupuesto del desangrado país naciente con la bendición de muchos clérigos de alta alcurnia y baja moral, olvidadizos del Evangelio. Aparecieron los civiles y, con rabulescas mañas, se fueron adueñando del asunto. Con artículos e incisos, pretendieron defenestrar a los compadres generales y coroneles “en búsqueda del Bien Nacional”. La mano canónica tomó bando. Y se armó la guerra. Los compadres retomaron sus espadas y comandaron a sus labriegos. Los civiles se improvisaron como militares y asumieron el mando de los suyos. Que ambos peleaban por la integridad de la patria, decían. Por su libertad, alegaban. Así se generaron las 32 guerras que perdió tanto el Coronel Aureliano Buendía como todos nosotros, los que aún no existíamos y los que vendrán detrás nuestro, si esto no se frena.


El glorioso partido Liberal y el glorioso partido Conservador habían comenzado a crecer. Aunque los historiadores tal vez no lo acepten, estoy seguro de que el primero nació quizá del dolor y del rencor de las familias de quienes fueron llevados al cadalso o al exilio postseptembrino por el atentado contra Bolívar; el P. Conservador, de quienes apoyaron las arrogantes locuras del Libertador y de su Dulce Loca, en ese antes y después postseptembrino. Claro que con el imprescindible “cvy” –“¿cómo voy yo?”- que viene desde entonces y sin el que no se hace ni una sola obra pública aquí, hasta ahora. Todo con la bendición o la mirada hacia otro lado de los mismos monseñores. 


La Constitución de Núñez (86’) asentó la pisada no sólo del conservatismo sino también de su adversario con la última guerra del s. XIX: Mil días. En el s. XX, la guerra ya no las comandaron compadres generales y coroneles, sino que desde los cenáculos de los directorios civiles de los gloriosos partidos se hacía la lista de los poblados y de quiénes serían los asesinados e incendiados una de esas noches pavorosas. La encargada del terror era la chusma. ¡Qué ruindad y falta de decencia ensangrentarse las manos, habiendo quienes lo hagan! A quien “se le moría”, se le iba quitando la tierrita. A las viudas no les quedaba ánimos de pelearla sino de mediocriar a sus vástagos para proseguir cultivando la carne de cañón de las venganzas y las rapiñas. 


A mediados del s. XX la historia se partió en dos, el antes y el después del Frente Nacional: la inicua repartija del país sin dar cuentas de las masacres ni de los trescientos mil muertos ni de los miles de desplazados a los cordones de miseria de las ciudades. 


Hoy los gloriosos partidos sólo sirven para dar el “aval”. Es decir se han convertido en las oficinas “selladoras” por donde pasan los amos de las empresas electorales que, realmente, son los dueños de los contratos, a grande y pequeña escala, del presupuesto oficial. Y ya no sólo son dos los partidos. Otros han salido a hacerles competencia. Y cada semana hay más. Otros disfraces, la misma corrupción. 


Con este panorama, ¿hay algunos candidatos confiables? Sí. ¿Cuáles? Ese es el deber de cada uno. Yo ya escogí uno para el Concejo de mi ciudad. Estudio los otros. ¿Votar en blanco? Creo que aún no es opción. ¿Abstenerse? Pienso que dejó de serlo.