Columnistas

Vender el alma
Autor: Omaira Martínez Cardona
20 de Octubre de 2015


Aunque parezca inverosímil, sí es posible subsistir ejerciendo la ciudadanía de manera responsable y congruente en medio de las actuales condiciones del mundo, donde las relaciones y la existencia trasgreden todos los límites.

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Aunque parezca inverosímil, sí es posible subsistir ejerciendo la ciudadanía de manera responsable y congruente en medio de las actuales condiciones del mundo, donde las relaciones y la existencia trasgreden todos los límites en ámbitos en los que el engaño y las intrigas se han convertido en la única alternativa. 


Generalmente quien decide optar con convicción, congruencia y firmeza por el ejercicio libre y transparente de su existencia como ciudadano que cohabita con otros en el mundo, debe prepararse para una vida solitaria, de mucha incomprensión, sacrificios y decepciones. 


Independiente de cualquiera que sea la cultura, creencia,  ideología o territorio en el que se nace o se resida, ejercer la ciudadanía es una misión inherente a la naturaleza del hombre solo por el hecho de habitar el universo, no es un asunto que se deba asumir solo por épocas o desde la necesidad de apropiarse de los derechos y deberes definidos en un marco legal cuando la necesidad lo requiera, ser ciudadano es existir con la real apropiación de lo que la existencia significa.


En contextos como el nuestro es costumbre que la visión del mundo sea del tamaño de los intereses propios y que la ciudadanía se ejerza desde la conveniencia, justificando y aceptando cualquier medio y estrategia para satisfacer necesidades individuales, sin reconocer que por este tipo de motivaciones el progreso y desarrollo de muchos personas llega solo hasta donde su limitada visión de la existencia le permite ver y sobrevivir, la cual casi nunca logra sobrepasar las paredes de la misma casa donde nació y creció, en la misma cuadra, el mismo barrio y la misma organización  donde se laboró por más de tres o más décadas. 


Más allá de estos límites estrechos en los que parece no haber nada más y no debe tampoco importar nada más, está el mundo real, el que se cohabita y que finalmente termina por agobiar; es en ese universo que parece no tener fronteras en el que se debe ejercer la ciudadanía, como una acción diaria de supervivencia que vaya más allá de las necesidades básicas, dando sentido a una coexistencia que para que sea menos compleja y difícil,  requiere de ciudadanos que entiendan que valores como la libertad, el respeto y la dignidad no se discuten, no se negocian, ni se deben ceder.


Es cada persona quien decide hasta dónde van sus valores y principios y permite que las urgencias, necesidades e intereses personales le cedan el control de su existencia a otros, siempre y cuando no involucre, juzgue, critique y señale a quienes optan por alternativas distintas.


La tradición popular dice que “vender el alma al demonio” por necesidad, es adquirir  una deuda por el resto de la vida, cediendo el poder que cada quien tiene -y que nadie más debe tener- sobre la propia existencia y sobre la posibilidad de decidir cómo cohabita con los otros en un mundo que no tiene límites y en el que contrario al engaño, la transparencia debe ser la mejor opción para una convivencia y un ejercicio de la ciudadanía que en toda persona, en todas las culturas, ideologías, creencias y entornos, lo que debe busca es lo mismo: el bienestar y progreso. El alemán Albert Schweitzer, tío del también filósofo Jean Paul Sartre dijo que vivimos en una época peligrosa porque el ser humano comenzó a dominar la naturaleza antes de aprender a dominarse a sí mismo y por eso el mal es resultado de la falta de ese control que muchos tienen de sí mismos llevándose por delante a todos los demás sin importar los medios.