Columnistas

Moisés, paz y democracia
Autor: David Roll
10 de Octubre de 2015


Es bien interesante que en estos días los judíos del mundo celebran el día de la reconciliación, el Yom Kippur, y la figura de Moisés vuelve a ser recordada.

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Es bien interesante que en estos días los judíos del mundo celebran el día de la reconciliación, el Yom Kippur, y la figura de Moisés vuelve a ser recordada.  


En la historia de la humanidad el éxodo del Antiguo Testamento es la más antigua pista que tenemos de la ilusión colectiva de tener un mundo mejor en esta vida, la tierra prometida. Pero como todos sabemos en estricto sentido no existe la tierra prometida. Es una aspiración humana. ¿Entonces por qué vagaron por el desierto cuarenta años los judíos del Éxodo? Es el destino del hombre: querer un mundo mejor, aunque sea sólo para sus hijos o nietos.


Por eso Moisés muere antes de llegar a la tierra prometida. Su vida fue un puro deseo sin resultado. Para él por lo menos. A través de milenios el ser humano ha sido consciente de su breve paso por la tierra. Pero eso no hizo que desertara del futuro antes de tiempo. Cada cierto tiempo alguien describe al mundo como un valle de lágrimas en medio de un desierto de aburrimiento.


Sin embargo los personajes del día a día no hicieron caso de ello. Siguieron adelante con sus vidas y asumieron empresas imposibles. Cada época tiene la suya, aunque están entrelazadas. El hilo conductor ha sido la búsqueda en la tierra de algo parecido a lo que los sacerdotes de casi todas las religiones han predicado que será la vida luego de la muerte para los respectivos creyentes. Es un querer justo, entendible, pero sin duda excesivo. Y sobre esa ficción, la de que aquí podemos vivir como los profetas prometen será la existencia en una dimensión sobrenatural, se construyeron las civilizaciones, y especialmente la civilización occidental. La tierra prometida es el símbolo de esa aspiración, y la muerte de Moisés es la parábola no explicada de lo que realmente pasa: construimos por construir, no necesariamente para disfrutar el logro en vida, sobre todo en lo colectivo.


Esto no sólo porque la civilización es un continum en el que nuestro tiempo vital es un breve instante, sino también porque el objetivo final de anticipar la anunciada gloria ultraterrena nunca se alcanza aquí. Por azares del destino esas aspiraciones de milenios han desembocado en dos utopías colectivas, tan ingenuas como el total de las ilusiones humanas a través de los tiempos.


El mundo actual quiere una paz generalizada  y cree además que la conservación, expansión y perfeccionamiento del modelo democrático dará lugar a un gran número de naciones felices. Pero aunque jamás la humanidad ha estado estadísticamente tan en paz como en los últimos 30 años, a pesar de todo, y nunca antes hubo tantas democracias legítimas funcionando sin interrupciones, todo conspira contra estas dos aspiraciones posmodernas: la escasez que genera el capitalismo por problemas de distribución,  la crisis ecológica del modelo industrial y posindustrial, la corrupción política inmune a los mecanismos institucionales, y la persistencia de conflictos reales y cruentos; así como un cierto agotamiento de los ánimos de los ciudadanos del mundo que vienen arrastrando por milenios tantas guerras y desazones. Como Moisés, no sabremos  qué pasará en lo sucesivo con la construcción de esos pactos internacionales de paz y con nuestros acuerdos internos para hacer un conjuro contra la guerra, así como con nuestros esfuerzos para  fortalecer un sistema democrático duramente logrado pero que hace aguas por muchas partes.


Además, como el propio profeta, nosotros no tenemos otra opción que señalar a los que vienen en camino el horizonte cuando el nuestro se vaya acortando, y persistir por lo pronto en esa aspiración de tener mejores democracias y menos guerras. Ello, aunque sepamos que esa tierra prometida de la democracia perfecta y universal y el mundo en paz es un mero símbolo. Pero es nuestro sino. 


* Profesor Titular Universidad Nacional