Columnistas

Armas, una historia sin fin
Autor: Rafael Bravo
9 de Octubre de 2015


El país recibe atónito como un disco rayado la noticia de una nueva masacre en el estado de Oregon y por enésima vez vuelve el clamor desde amplios sectores para regular el lucrativo comercio y tenencia de armas en los Estados Unidos.

El país recibe atónito como un disco rayado la noticia de una nueva masacre en el estado de Oregon y por enésima vez vuelve el clamor desde amplios sectores para regular el lucrativo comercio y tenencia de armas en los Estados Unidos. Estadísticamente, ningún país del mundo desarrollado se acerca a la violencia por armas de fuego que padecen los norteamericanos: 29.7 homicidios por cada millón. La cultura de las armas es un asunto de profundo arraigo en esta sociedad, como quiera que la Segunda Enmienda de la Constitución protege el uso y porte de las mismas. Lo anterior lleva un índice estremecedor: 89 de cada 100 habitantes disponen de armas, en su mayoría por ciudadanos fervientemente opuestos a cualquier tipo de control.


Los intereses económicos y políticos que se mueven alrededor de la industria de la muerte están dominados por la poderosa organización que agrupa a los tenedores de armas. La National Rifle Association-NRA- por muchos años se convirtió en el poder de facto que maneja a su antojo a grandes sectores políticos y el lobby económico en Washington. Su cercanía al partido republicano y la derecha a través de apoyos financieros a las campañas al Congreso impide que haya independencia a la hora de apoyar leyes restringiendo la venta y uso de armas. 


Las elecciones para Congreso del 2012 mostraron el impacto de la NRA como uno de los actores propagandísticos de mayor eficacia en el debate por el control de armas. El apoyo de tres senadores demócratas a la ley que obligaba a revisar los antecedentes de los ciudadanos que comprarían armas de fuego fue suficiente para salir derrotados como resultado de las acciones mediáticas de la NRA y una prueba fehaciente de la movilización política de grupos opuestos a iniciativas regulatorias.


La llegada al poder del presidente Obama, una figura detestada por la derecha, ha servido entre muchas otras cosas  para hacerle creer a los ciudadanos la idea equivocada según la cual el ejecutivo pretende quitarles sus derechos. Lo anterior ha tenido un efecto multiplicador para los fabricantes con una ventas anuales para el 2014 de diez mil millones de dólares. Por su parte, Hollywood, la industria del entretenimiento encargada de vender patriotismo, heroísmo y sangre a través del uso de armas es un protagonista adicional que apura el debate. Sin armas y violencia no hay estudios ni actores.


Con un Congreso de mayoría republicana convertido en talanquera y reacio a sus propuestas, será imposible cualquier moción que pretenda cambiar el statu quo. Obama entonces apela al electorado para que en el futuro apoyen a candidatos dispuestos a intervenir el mercado de armas. Todo seguirá igual hasta que ocurra la próxima matanza. Lamentable que la mezcla toxica de política, dinero e historia se junten para impedir medidas mínimas que ayuden a disminuir los hechos violentos de unos pocos.  


Infortunadamente, el miedo le está ganando la batalla a quienes sin razón piensan que los crímenes van aumento cuando la realidad es lo contrario. Ese temor de sentirse desprotegido lleva a muchos a armarse como solución equivocada en una espiral de violencia que alimenta a nuevos grupos de milicias antigubernamentales, léase anti-Obama y grupos de odio que atentan contra minorías indefensas.