Palabra y obra

¿Qué nos pasó?
9 de Octubre de 2015


Félix Ángel
Artista y Curador
Especial para Palabra y Obra



"Haz pensar a la gente y te odiarán”.John Zorn.


La historia está constantemente presente como testigo de las actuaciones humanas. Para poder sacarle partido hay que consultarla, revaluarla a la luz de la investigación, y asumir frente a ella una actitud crítica. De otra forma se convierte en un depósito de datos y anécdotas, entretenidos pero inútiles. 


Los colombianos en general,  y los antioqueños en particular, sentimos una aversión visceral hacia la historia porque nos obliga a recordar y a pensar. Por muchas razones que vienen al caso y sería redundante citar, nuestra idiosincrasia es alérgica al recuerdo. Nos conformamos con los minúsculos éxitos del presente en relación a otros ya superados. Y nos sentimos tan felices.  ¿Qué nos pasa?


Hubo un tiempo corto en que Medellín representó,  para “el país que no podía viajar”, un vínculo con el arte contemporáneo. Hoy el reto es mayor, porque la tecnología democratizó la información, pero nos mantiene alejados de la experiencia.


En un artículo de 1981 titulado Diciendo, haciendo, y listo, Marta Traba celebró la determinación empresarial  de un grupo de antioqueños por haber hecho posible en Medellín, ese año, la realización de la Bienal de Medellín que reunió, como su predecesora (Bienal de Coltejer 1968-72) 500 obras de artistas de 35 países, entre ellos el norteamericano Carl Andre; su (insoportable) mujer, la cubana Ana Mendieta; los argentinos César Paternosto y Marta Minujin (esta última se anticipó treinta años a las propuestas de la hoy muy celebrada Doris Salcedo);  brasileros como Tomie Ohtake y Arcangelo Ianelli;  y otros nombres familiares para el público interesado, gracias a las tres bienales anteriores, a la par de figuras nacionales. La nómina y el contenido se equipararon en su momento con los de cualquier otra bienal.


Era un intervalo complicado para el país, para Medellín especialmente, y para la creación artística. Frente a los dilemas del postmodernismo, el arte presagiaba el triunfo del eclecticismo, la globalización y “el fin de la historia”. El público no era impermeable al desajuste y masivamente se manifestó en el debate; la prensa sirvió como foro de opinión sobre el tema, ausente por lo general de sus columnas. Alberto Aguirre, por ejemplo, afirmó en EL MUNDO que “son pocos los signos en esta Bienal. Pero no hay que lamentarse. Esto no es un museo sino una feria (...) También en los grandes museos estáticos hay obras inermes”. La dialéctica encontraba interlocutor.


María Paz Gaviria (directora Artbo) y Alberto Sierra (director Galería de La Oficina de Medellín) aprecian la obra de Jorge Julián Aristizabal en ArtBo. 

Cortesía


Hoy resulta impertinente estar en desacuerdo con la cultura del “todobuenismo”, el optimismo cegato, y el “me gusta” o “no me gusta” de las redes sociales. ¿Qué nos pasa?


El evento artístico que en el ámbito nacional concentra hoy la atención de la provincia es ArtBo, la Feria Internacional de Arte de Bogotá. No hay que engañarse; como cualquier feria, ArtBo es un evento comercial. Todo a su alrededor es conducente a ello, no importa que otro barniz se le quiera aplicar; y es exitoso al menos  en estadísticas. Con 84 galerías de 33 ciudades  (según divulgó la prensa), fue visitada por 30.000 personas (los datos son imprecisos);  cuestionable es la aserción de que logró “dibujar nuevas lecturas de la escena artística contemporánea”. Entre las 84 galerías presentes, Medellín, con una sola, poco aporta a esa escena.


De cualquier forma, ArtBo es un evento consolidado que lleva once años continuos y la continuidad es importante en los negocios. La incipiente ArtMedellín no iguala a Bogotá en ningún aspecto. Los MDE tampoco trascienden de la difusión mediática (pagada y no pagada). Esperemos que el de este año arroje mejor balance que los anteriores.


El escrutinio internacional de ArtBo es mínimo. No sobresale en la espesura de las ferias: ArtBasel (Suiza), Frieze (Londres), Artissima (Turín), Fiac (París), Nada (Miami), Art Brussels (Bruselas), etc., etc.; no califica para homologarse con las doce más importantes que se celebran en el mundo, aunque haya conseguido el año pasado un rinconcito en Arco Madrid;  y hemisféricamente es inferior a las de Buenos Aires, Rio de Janeiro y Sao Paulo.


Razones de más para preocuparse por el arte enMedellín. Desde esa perspectiva, el diagnóstico responde al comportamiento de una colectividad provinciana manipulada por un liderazgo político ignorante, irresponsable y ensimismado en el control del poder por el poder, sin el menor concepto del futuro, pero inmerso en el fútil ejercicio de resolver, en la fugacidad del presente, problemas originados en el pasado, en lugar de aprender de los errores para no repetirlos como experimentos de lo nuevo. 


La Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín se extiende por diez días y sugiere otro panorama. También es un evento comercial con una serie portentosa de componentes colaterales, didácticos e intelectuales. Estadísticamente (para usar el mismo rasero) se lleva por delante los demás mencionados: 375.000 visitantes, 360 invitados, 107 puestos editoriales nacionales y extranjeros, cincuenta eventos paralelos, muchos de ellos descentralizados, 30.000 asistentes a 2.700 talleres con escritores y académicos. 


Aunque estamos lejos de los finlandeses, quienes leen 47 libros al año por persona, vale la pena resaltar la curiosidad del público por la creatividad y los contenidos que acarrea la palabra impresa, algo que las artes de la imagen deberían envidiar. 


Comparemos los números de la Fiesta con los 14.000 visitantes que recibía cada tres meses el Museo de Arte Moderno de Medellín, en sus Homenajes Mamm; casi la misma cantidad censó este último mes con la inauguración del nuevo edificio, algo positivo pero indigno en una ciudad de 2 millones de habitantes. ¿Será que podemos y queremos leer, pero no sabemos o nos interesa mirar?


No creo que exista una estadística que permita discernir cuánta gente en Medellín siente atracción por el arte. Habría que indagar a fondo sobre la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín para ver qué enseñanzas  pueden cosecharse  con miras a establecer una Fiesta del Arte y de la Imagen, en vista de que, a pesar de tanto dinero, esfuerzo y buena voluntad de parte de algunos individuos y organizaciones, las artes y la gente en ellas involucrada no están respondiendo como debieran responder.