Columnistas

Los senderos de Francisco
Autor: Manuel Manrique Castro
7 de Octubre de 2015


Cuando el papa vino a América Latina en julio, les habló a ecuatorianos, bolivianos y paraguayos; ahora que estuvo en Cuba y Estados Unidos le habló al mundo entero.

Cuando el papa vino a América Latina en julio, les habló a ecuatorianos, bolivianos y paraguayos; ahora que estuvo en Cuba y Estados Unidos le habló al mundo entero. 


El día que fue electo y  salió al balcón en Roma pidiendo que rezaran por él, Francisco se comunicó de otra manera con el universo cristiano.  Cuando conocimos que prefería la sencillez a la pompa,  nos encontramos con alguien capaz de renunciar a símbolos ostentosos identificados con el ejercicio papal; un papa cargado de renovadoras y sensibles ideas, sintonizadas con las necesidades y aspiraciones de ciudadanos de todas las latitudes.   


La combinación potente entre la ética de sus propuestas, la moral de su práctica y la pertinencia de muchos de sus planteamientos, hace del pontífice una figura cautivadora por su sencillez y convincente por la fuerza de sus propuestas. El hombre  que no está dispuesto a transigir con la pedofilia. Un líder distinto, muy distinto de lo que abunda: dirigentes que tienen poder pero no conectan con su gente.


Francisco pasó por Cuba estando aún pendiente el levantamiento del embargo,  mientras la comunidad internacional aguarda con atención el final del pulso entre la recalcitrante bancada republicana y Barak Obama. Despegó de Santiago de Cuba un día antes de la firma del acuerdo entre el Gobierno y las Farc que crea una Jurisdicción especial para la paz y no ocultó su satisfacción  ante la llegada a ese punto de las negociaciones. En ambos temas el papa ha tenido intervención directa y cuando el embargo se levante y en Colombia se sienten las bases para la construcción de la paz, la impronta de Francisco habrá sido decisiva.


Cuando aterrizó en la  Andrews Air Force Base, donde lo esperaba Barak Obama con su familia, el encuentro fue de dos amigos que tienen mucho en común y miran la realidad del mundo con óptica similar. En el Congreso de los Estados Unidos tocó temas polémicos como el de los migrantes, la pena de muerte, el aborto y el deterioro ambiental,  con amabilidad y cuidado. Pausadamente, esforzándose con el inglés y en el tono de una homilía dominical, el primer pontífice en dirigirse al Congreso de los Estados Unidos cautivó la atención de una audiencia en su mayoría republicana que, aunque discordante con mucho de lo que dijo, reconoció  su autoridad y liderazgo. 


Su discurso en Naciones Unidas fue más el de un estadista, plenamente sintonizado con la agenda mundial, que el de un patriarca religioso. Llegó a la Asamblea General de la ONU para la conmemoración de sus 70 años de existencia, cuando se aprobaban los 17 objetivosde desarrollo sostenibles 2030 y se trazaban rutas definidas  tanto para proteger el planeta  como para combatir la exclusión social que, como dijo Francisco, “es un gravísimo atentado a los derechos humanos y al ambiente”. Tampoco podía tener mejor auditorio para acoger su encíclica e insistir en que “Cualquier daño al ambiente, por tanto, es un daño a la humanidad”.  


El Papa Bergoglio hizo del octavo Encuentro Mundial de las Familias celebrado en Filadelfia, al final de su estadía en Estados Unidos,  el preámbulo del sínodo que comenzó el domingo pasado en Roma y  en el que 360 “padres sinodales” y 18 parejas debaten sobre la familia.  En una audiencia general, antes del encuentro, el Papa dijo que  “La alianza entre el hombre y la mujer es la respuesta a los desafíos del mundo actual, siendo a su vez modelo de la gestión sostenible de la creación”. Esa insistencia en una única fórmula familiar contrasta con la diversidad existente, cada vez más aceptada, y le impone a la Iglesia Católica la necesidad de captar lo que la realidad le está diciendo. Que el Sínodo sirva para ofrecer ideas nuevas y frescas, armónicas con el aire de renovación que se siente en la iglesia de Francisco.