Columnistas

La desaparici髇 de la noche
Autor: Dario Ruiz G髆ez
28 de Septiembre de 2015


La noche constituye una de las conquistas definitivas de la vida de las ciudades y de la cultura como el espacio que se abre a la meditaci髇, a la conversaci髇, a las gastronom韆s, es el salto que se da entre la limitada vida pueblerina.

La noche constituye una de las conquistas definitivas de la vida de las ciudades  y de la cultura como el espacio que se abre a la meditación, a la conversación, a las gastronomías, es el salto que se da  entre la limitada vida pueblerina  y la conquista en la ciudad de un horario más extenso y propicio a la sociabilidad. Porque de lo que estamos hablando es de la vida ciudadana, de ese necesario diálogo  social en el disfrute de espacios  comunes. A estos intangibles es a los que Simmel  se refería en sus imprescindibles textos sobre la vida de las ciudades,  que en este caso no hacía referencia a grandes megalópolis sino a ciudades donde el intercambio social generaba  nuevas expresiones culturales, una consciencia moderna, resultado de la vivencia de lo urbano como vínculo con una tradición propia creada  a partir del hecho de haber  borrado ya todo recuerdo del campo, incluso en los hijos de los emigrantes la misma referencia a las nacionalidades de origen. Calles, parques, sonidos familiares, hablas,  fundiéndose en este insospechado crisol social.  La metropolitanización sería de este modo el proceso de un impulso que bajo políticas muy claras de una nueva planeación,  aglutina estas diversas experiencias, respeta su diversidad pero les concede un horizonte común al otorgarles  en sus imaginarios la noción de un territorio común. Mientras nuestra ignorante burocracia atentó  contra la vida de los barrios, núcleos definitorios, renovadores de la vida urbana, Nueva York, París, Madrid, Buenos Aires mantienen y renuevan la pujanza de la vida barrial enriqueciendo de este modo la diversidad de la cultura  de la democracia ya que  el barrio es la oposición al centralismo burocrático.


De Villón a Balzac, a Zola, a Proust, a Queneau, a Modiano, ¿cuántos barrios, plazas, esquinas parisinas con sus rostros, sus destinos, sus músicas describen una topografía sentimental que ha desafiado el paso del tiempo?  La cafetería, el granero, los parches la charla  de vecinos, la insistencia en que los recorridos deben estar matizados por estas pausas donde viejos y niños al reunirse están dando paso a nuevos lenguajes de ciudad que, hoy,  deben hacer frente al obstáculo de las abstractas cartografías impuestas por supuestos especialistas en movilidad y que no han sido capaces de racionalizar el  abusivo e irracional crecimiento del parque automotriz  mientras hemos ido perdiendo, impunemente, las aceras y los parques,  o sea la ciudad  que se camina, la ciudad del transeúnte,  ese Medellín que  desde los años 90 se lanzó a afirmar  la noche, el espacio público,  incorporó las músicas, renovó los lugares de encuentro y legitimó los recorridos, para responder con alegría al chantaje de las bombas, a la agresión de los violentos, conquistas que no puede borrar hoy un contratismo sin planificación. Volvamos a repetir aquel axioma: la ciudad que no se puede recorrer a pié es una ciudad que no existe. Pero ¿no han aumentado acaso las murallas que  obstaculizan  el libre recorrido de los espacios, no ha ido cayendo la noche en manos del Crimen Organizado? La crítica a la Carta de Atenas se fundamentó en su visión abstracta de la ciudad conectada por vías rápidas , intercambios viales mal hechos,  que fueron erosionando la vida  en las calles, negando  al  peatón  las experiencias que  brinda  un recorrido o sea el derecho consagrado a la ciudad. Pero la burocracia ignorante, la indiferencia de las universidades, las fronteras invisibles, la lacra del contratismo,  han llevado a que la defensa  de la ciudad  haya naufragado en manos de los  politiqueros.