Editorial

Un paso a la libertad
27 de Septiembre de 2015


La certificación del modelo se dará cuando las personas que han hecho parte de estos procesos, además de recuperar su salud y autonomía, participen plenamente de la vida colectiva.

Antes de terminar este año, Medellín asistirá al renacimiento de 440 personas que, mediante gran esfuerzo personal y apoyo de la Administración Municipal, rompieron las cadenas que los ataban a las drogas, los jíbaros y un penoso existir en las cuevas o las calles a las que habían llegado tras adquirir adicciones que los separaron de sus familias, redes de afecto y sus proyectos de vida. Ese paso a la vida colectiva y ciudadana que han dado y otros como sus diálogos con habitantes de la ciudad y su participación en la Feria por la dignidad y la vida del habitante de calle representan un triunfo personal y una señal de acierto en el cambio de enfoque en la atención a una tragedia humana que muchos quisieran mantener oculta por considerarla imposible de resolver.


En efecto, muchos fueron los años en los que las administraciones municipales acudieron a la represión policial para intentar contener una tendencia que encontró barreras en el paternalismo que regala limosnas sin saber que así condena a sus receptores. Luego, intentó caminos de libertad, con programas como los Centro-Día, pensados como espacios de acogida para atraer a las personas para que iniciaran el camino de retorno a la vida familiar y social. En 2009, Medellín encontró 3.381 personas habitando en la calle, afectadas por el consumo de drogas y sometidas a esclavitud y mendicidad para adquirirla. Mediante inversiones por $35.000 millones de pesos en desarrollo de infraestructura y distintos programas y niveles de atención directa, ha logrado formar un modelo de recuperación exitoso pero que ahora tiene que interrogar a los responsables de las políticas de prevención por la ineficiencia de sus acciones, manifiesta en la disminución de la edad de inicio de consumo y el crecimiento de las dependencias. 


El aumento de personas en la calle y el hallazgo de “muertos en vida” durante los operativos para destruir 46 ollas, entre ellas las tenebrosas de Barbacoas, motivaron la definición de un modelo de atención que parte del reconocimiento de que las personas consumidoras padecen enfermedades mentales y una dependencia tal de las drogas que consumen, por lo general más de una, que afecta integralmente su salud. Reconocer situaciones de salud que representan riesgos para la vida de quienes las sufren y para la de ciudadanos a los que pudieran afectar, explica que las intervenciones realizadas para garantizar la defensa de los derechos de estos seres humanos inicien con operativos conjuntos de la Alcaldía y la Policía, en los que recogen a las personas con mayores dificultades a fin de que médicos y sicólogos puedan diagnosticarlos y decidir si pueden y deben ser incluidos en el programa de atención profunda en salud mental. En estos programas han pasado de 4.500 atenciones en 2012 a las 11.000 atenciones realizadas para las 3.250 personas que participan de los proyectos. Entre ellos, se cuentan  218 niños, niñas y adolescentes que estaban perdiendo su infancia en espacios donde imperan el consumo de drogas, la desnutrición y los abusos físicos y sexuales.


La atención con internamiento para conseguir la rehabilitación se hace por recomendación médica con personas a las que se les diagnostica haber perdido autonomía para rechazar comportamientos que amenazan contra sus propias vidas. Por eso el programa de salud mental inicia con la desintoxicación y avanza con programas de apoyo para la estabilización y recuperación emocional, los cuales abren el camino a la resocialización, en la que se realizan la reconstrucción del tejido afectivo con las familias y la capacitación para formar proyectos productivos, para cuyo éxito ellos invertirán esfuerzos y la ciudadanía habrá de apoyarlos adquiriendo los servicios y productos que les abran el camino a la estabilidad económica y afectiva que les permita poco a poco reducir el riesgo de reincidir en el consumo y la vida en la calle.


Estas primeras experiencias de reconstrucción de vidas que habían perdido su propósito y para muchos hasta su sensación de humanidad, son hasta ahora las más exitosas en cuanto a la cantidad de personas rescatadas. La certificación del modelo se dará cuando las personas que han hecho parte de estos procesos, además de recuperar su salud y autonomía, participen plenamente de la vida colectiva; en esta última meta tanto ellos como los demás integrantes de la sociedad que los recibe tenemos responsabilidades. Cuando ello suceda, el modelo creado para Medellín estará listo para entrar en diálogo con los que se exploran en el contexto nacional y en otros países, como solución a uno de los dos grandes retos en el complejo panorama del consumo y adicción a sustancias psicoactivas y su eventual despenalización: tratamientos posibles y efectivos. Seguramente la experiencia que de este ejercicio se obtiene, permitirá también explorar soluciones más ajustadas y eficaces frente al segundo gran reto: la prevención.