Columnistas

¿En nombre de las víctimas?
26 de Septiembre de 2015


En nombre de las víctimas pero sin la mayoría de las víctimas de las Farc, este grupo guerrillero obtuvo el mayor éxito político de su historia y la visibilidad internacional.

Diana Sofia Giraldo


En nombre de las víctimas  pero sin la mayoría de las víctimas de las Farc, este grupo guerrillero obtuvo el mayor éxito político de su historia y la visibilidad internacional que, al menos simbólicamente, le da un reconocimiento casi equivalente al de un Estado.


El acuerdo lanzado al mundo desde Cuba, convertida en una plataforma envidiable por la coyuntura  de la visita del Papa Francisco y las nuevas relaciones con Estados Unidos, redondea una operación propagandística sin precedentes, que privilegió a los fuertes sobre los débiles, a los victimarios sobre sus víctimas, y a los poderosos sobre quienes viven en la periferia del abandono y la injusticia, con la deslumbrante promesa de firmar un convenio de paz en seis meses.


Desde luego, todos los colombianos deseamos que esa promesa se vuelva realidad. Después  de  tantos años de violencia, en este país nadie es enemigo de la paz, aunque haya diferencias sobre la manera de alcanzarla sin sembrar las semillas de nuevas confrontaciones.


El camino no es fácil. Está lleno de sorpresas. Se vio primero la fotografía del presidente estrechando la mano de Timochenko, que la del Presidente rodeado y escuchando a las víctimas de las Farc, con quienes hasta el momento nunca se ha reunido en grupo.  Pero todavía hay tiempo para lo que sería un encuentro justo y reparador.


Es cierto que las víctimas se mencionan en ocasiones dentro del proceso. Pero no las de las Farc sino las víctimas de estado,  hábilmente organizadas, reconocidas por distintos organismos, indemnizadas e ideologizadas.


Desde el principio, las Farc se negaron a reconocer que son victimarios. Diluyeron su responsabilidad en  los delitos de paramilitares, agentes estatales y de la sociedad en general. Al aceptarse ese juego solo unas cuantas de sus víctimas viajaron a La Habana, como el general Mendieta que después de casi doce años de secuestro, mirándolos a los ojos, les dijo a los negociadores: “dono mi dolor, lo uno a la cruz de Cristo para que la conversión que ustedes no han alcanzado por la vía de la razón, la alcancen por la vía de la gracia”. Lamentablemente, su presencia solo sirvió para legitimar los diálogos ante la opinión pública internacional.


El perdón libera a quien lo otorga. Pero a las víctimas de las Farc nadie les ha pedido perdón. En La Habana no hubo arrepentimiento ni anuncio de reparación con recursos propios.


¿Cómo fue posible llegar tan lejos sin las víctimas? La propaganda dirigida a un país  infinitamente ansioso de paz, dispuesto a aceptar cuanto se haga en su nombre. Por ejemplo, el comercial de televisión que edita hábilmente las palabras  del Papa Francisco, que invocan la paz “en el respeto de la institucionalidad y del derecho nacional e internacional”. Le recortaron esta parte  para  desaparecer la institucionalidad y el derecho nacional e internacional. Si esto le sucede a un Papa que, como Francisco, goza de la admiración universal ¿qué esperanza les queda a las víctimas de las Farc?


Para recordarnos cada instante que el tránsito hacia la paz está lleno de incertidumbres se insiste en la necesidad de encontrar fórmulas novedosas. Por ejemplo, inventar unas  formas imaginativas de justicia, que no se parezcan a lo que la gente entiende por justicia. “Caminante no hay camino, se hace camino al andar” repiten los estrategas del proceso, recordando el popular verso de don Antonio Machado. Roguémosle a Dios que ilumine el camino para que en verdad conduzca a la paz.