Columnistas

En la antesala de la paz
Autor: Bernardo Trujillo Calle
26 de Septiembre de 2015


No faltan las aves de mal ag黣ro que hablan de una entrega del Estado a las Farc por los pasos que se han dado hacia la consolidaci髇 de la paz.

No faltan las aves de mal agüero que hablan de una entrega del Estado a las Farc por los pasos que se han dado hacia la consolidación de la paz. Pero bueno: de todo hay en la viña del Señor. La verdad es que sí estamos a unos cuantos meses de la firma de ese acuerdo entre la subversión y el gobierno tan esperado para entrar en la arcadia feliz que hemos estado esperando desde hace más de medio siglo. Que haya personas en este país que detestan cualquier intento de hallar un camino de concordia, es apenas lógico. No todo lo bueno o todo lo mejor es bien mirado por quienes han vivido de la guerra. Y digo han vivido, porque su estado natural, emocional, es el conflicto y no la paz. Los últimos preacuerdos que se han dado y los plazos que se han fijado para firmar un documento de compromiso, es el avance más significativo producido desde cuando empezó el conflicto.


Colombia ha sido un caso único en el Continente que sigue dando claras demostraciones de insensatez y desprecio por la vida. Nos miran como ave rara porque desde el norte hasta el sur, muchos de sus países han vivido etapas de cruentos enfrentamientos con la oposición, y sin embargo, las armas se han depuesto en algún momento por los levantados y los países han recuperado el curso normal de sus instituciones. Nosotros no. Se nos pegó el reloj de la historia y eso nos ha impedido que seamos una de las naciones más prósperas, por no decir la más, como a cada momento lo están diciendo los analistas políticos que se ocupan de estas cosas. 


Hemos sido un país, que no obstante las circunstancias de nuestros sucesivos conflictos internos, nunca nos ha faltado el respeto y el afecto de los demás que de alguna manera han estado pendientes de nuestra suerte. Y si la verdad es que históricamente nuestra vida republicana, desde el primer día de nuestra independencia, hasta hoy ha estado colmada de guerras internas, también nos hemos sabido reconciliar, olvidando los agravios. Ahora mismo este gobierno y las Farc se han fijado un término corto para firmar un gran acuerdo sobre once puntos fundamentales que nos llevarían por el buen camino de una paz duradera.


Santos prometió desde el día de su posesión que sería el presidente de la paz. En ese empeño ha estado desde entonces y a fe que su disposición de ánimo, su entereza personal para sortear dificultades, muchas producto de la incomprensión de sus gratuitos adversarios políticos, no le han impedido seguir adelante sin perder el rumbo de lo prometido. El presidente es un hombre conciliador, prudente, de cabeza fría que sabe sortear obstáculos sin detenerse en nimiedades personales, siempre pensando en su país. Con la ventaja de que ese talante diplomático para abordar los temas conflictivos, le ha dado un plus que tirios y troyanos le reconocen sin mezquindad. Claro, salvo casos excepcionales de los cuales no hay qué hablar.


El incidente reciente con Venezuela fue altamente aleccionador. En otras circunstancias, quiero decir, con otro presidente distinto, tal vez hubiésemos caído en la celada de responder a las provocaciones del primitivo Maduro que necesitaba de un pretexto para recuperar la confianza de los venezolanos que están próximos a definir en unas elecciones generales el futuro del país. Pero no. La diplomacia que ha sido la vía más obvia para resolver estas crisis ocasionales desde cuando Santos se posesionó de la presidencia, volvió a darle la razón. Sin gritos. Sin responder a las provocaciones, la calma regresó a su curso, las relaciones no se deterioran en absoluto y Colombia siguió siendo un ejemplo de buena vecindad. Las voces que incitaban a la confrontación fueron desoídas por el presidente y ante el mundo nuevamente fuimos el buen ejemplo para abordar situaciones conflictivas. La tradición de respeto por los cauces del derecho internacional sigue siendo norte de nuestro país. Los vecinos belicosos, bullosos, y los nacionales metidos en conflictos contra el Estado, van hallando una respuesta distinta a la esperada de una confrontación. Y no es por falta de carácter o valor civil del Presidente, sino por las enseñanzas de la historia reciente de nuestro país que por épocas ha creído más en el ruido de las balas, que en el silencio de los caminos de la inteligencia y la armonía.