Columnistas

Esos 42.000 muertos...
Autor: Rubén Darío Barrientos
24 de Septiembre de 2015


La información de la Registraduría Nacional del Estado Civil (18 de septiembre último) no fue noticia rechinante de primera página. Apareció de manera intermedia en los grandes diarios: 42.000 muertos “firmaron” para avalar candidatos.

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La información de la Registraduría Nacional del Estado Civil (18 de septiembre último) no fue noticia rechinante de primera página. Apareció de manera intermedia en los grandes diarios: 42.000 muertos “firmaron” para avalar candidatos. Toda una ignominia. Si ello es para cumplir con un requisito de inscripción por firmas, ni hablar de las diabluras para las contiendas electorales de verdad. Me pasa por la mente que hace 12 años, en Nechí, levantaron de las tumbas a 140 personas que todos vieron que habían partido de este mundo, para ir muy orondos a votar. Y ese día, para que los difuntos no tuvieran miedo de recorrer las calles nuevamente, los hicieron acompañar de 15 soldados activos que también votaron. 


En Valledupar, en el año 2011, creo que estamos en presencia de todo un record: votaron 18.000 muertos, para una localidad de ese tamaño. Un exfuncionario de la Registraduría, que se acogió al principio de oportunidad, relató los pormenores de ese fraude y contó el ultrajante modus operandi. ¿Cuánto le habrían pagado a ese malandro por hacer semejante grosería? En la muestra reciente de chanchullo, destapada por la Registraduría, también se alistaron otros vicios de nuestras inefables campañas: se encontraron muchas fotocopias y personas que firmaron hasta 10 veces por un mismo aspirante. Como dicen en el pueblo, “apagá y vámonos”.


Los que dicen que cada vez en Colombia nos vamos acercando más a lo que es Venezuela en muchas cosas, parecen tener la razón. Resulta que en este vecino país, el mismísimo de Chávez y Maduro, votan los muertos por costalados. Para las últimas elecciones presidenciales, en la capital, pusieron a estrenar a 210.000 muertos para que fueran a votar. Todo eso lo denunció Capriles y se quedó en meras impugnaciones. Como también las revelaciones de que muchos votaron hasta 4 veces por Maduro y el hecho de que a más de un millón de personas, las huellas no les coincidían con las reales identidades de los portadores de las cédulas. Un valiente opositor, contó en su momento, que lo que allí ocurrió fue un procedimiento electoral “chucuto”.


Pero volviendo a nuestra Colombia, en pleno mayo de 2014, El Espectador publicó una crónica que tituló: “Así fue el fraude electoral en Chocó” (nota periodística de Élber Gutiérrez). Se juntaron tres bobaditas: los muertos votaron, los jurados fueron suplantados y no hubo luz durante el conteo. Y pásmese amable lector: de los 119 muertos de Bojayá, tras ese bombazo miserable de las Farc contra la iglesia del pueblo, “votaron” 90 personas, que muy colaboradoras y muy resucitadas ayudaron a elegir congresistas. El registrador de Bojayá, almacenó tarjetones en uno de los cajones de su oficina, dizque porque el arca triclave se llenó.


Hace un poco más de 4 años, el registrador Carlos Ariel Sánchez, dijo que había dado de baja 800.000 muertos para que nunca más pudieran ser llevados a votar por los chanchulleros. Y admitió que siempre ha habido en nuestro país “muertos votantes”. Esto es simple: en muchas ocasiones, cuando fallece una persona, el registro civil de defunción no llega a la registraduría y, en consecuencia, esa cédula está activa y forma parte del censo electoral, valga decir, está habilitada para ir a las urnas. Basta que un suplantador –de esos bien pillos– la tome y listo. Pareciera ser que está dando frutos la medida del registrador porque apenas aparecieron 42.000 muertos esta vez...


Sigue siendo este país, un terreno abonado electoralmente hablando, para los que gustan de la treta y del fraude. Muchos siguen hablando de las bondades del voto electrónico, pero en Río de Janeiro, un joven de apenas 19 años, mostró cómo había hecho una artimaña de grandes proporciones haciendo un acceso a la intranet del Tribunal Electoral. Nada hay seguro, mientras las mentes torcidas sigan buscando caminos non sanctos. Por lo pronto, les pedimos que dejen descansar a los muertos en paz. Al menos, eso dijeron los de los avisos fúnebres que les agregaron ese q.e.p.d.