Columnistas

Para lograr la paz sin guerra
Autor: Alvaro T. López
22 de Septiembre de 2015


Lograr la paz para que los pueblos puedan construir un futuro digno, no parece una idea que fluya muy frecuentemente en la mente de nuestra dirigencia.

alvarolopez53@hotmail.com


Lograr la paz para que los pueblos puedan construir un futuro digno, no parece una idea que fluya muy frecuentemente en la mente de nuestra dirigencia, y ni siquiera en la de los gobernados que deberíamos saber lo que nos conviene, lo que queremos dejar como legado a las generaciones que el futuro poblarán la tierra. No se trata, ya lo hemos vivido, de llenar el país de ejército; de remplazar la macabra presencia de la guerrilla, con las armas de nuestros soldados, porque al final cualquier amenaza bélica aculilla y traumatiza el pacifico transcurrir de la sociedad. No puede ser una situación normal la presencia de armas en nuestras ciudades, campos y carreteras, salvo que se trate de medidas transitorias en los caminos de la reconciliación y el crecimiento.


Ofrecer seguridad como fundamento de un plan de administración de una ciudad, solo es respetuoso y válido, si se significa con ello su dimensión exacta, si se ofrece la garantía de los derechos de los gobernados. Más que echar a los que consideramos malos, hay que tender la mano con posibilidades de cambio; más que masacres, tenemos que organizar convites barriales de reconciliación y acciones conjuntas de los vecinos. No se trata de ejercer la caridad que, junto con la tolerancia, desdibujan la legítima aspiración de las personas a tener una vida digna. La gente no espera nada que esté más allá del cubrimiento de pequeños sueños para alcanzar la felicidad, y espera solo oportunidades. No son malas las personas, las vuelven malas la discriminación y la miseria.


Si han transcurrido tantos años de guerras intestinas, es porque se ha respondido violencia con más violencia. Nadie había tratado de ir a las comunidades a ofrecer el cambio desde adentro, como lo ha hecho nuestro alcalde Aníbal Gaviria con los proyectos de los cerros Pan de Azúcar y El Picacho. Con el pretexto de la ejecución de obras públicas para la conservación del ecosistema, se ha implementado un novedoso modelo de desarrollo social, que ha involucrado a las comunidades vecinas y cercanas a la construcción de los proyectos. Más de dos mil familias tienen contratos de trabajo, con el consecuente acceso a la seguridad social, lo que ha generado el verdadero cambio de actitud de las personas.


No ha sido necesaria la militarización de los sectores intervenidos. El trabajo que se ofrece, dignifica y reafirma la condición de ciudadanos: muchachos que no delinquen porque ya no es necesario; muchachas que abandonan la prostitución como medio de subsistencia; niños que se nutren y son atendidos; comunidades que dejan atrás la ominosa realidad de las fronteras invisibles. Carlos Mario Montoya tiene razón cuando en su columna afirma que se hace necesaria la preservación de hechos como éste. En esta caótica situación de mala preparación y prepotencias, hay que pensar muy bien en el momento de elegir una buena administración para la ciudad. Los modelos guerreristas, los impolutos, ya están probados y reprobados. Todo es mentira.