Columnistas

Hablando con confianza
Autor: Bernardo Trujillo Calle
12 de Septiembre de 2015


No conozco a Rosa más que por la fotografía publicada en un periódico de la ciudad. No sé cuál sea su filiación política. Pero me gustó el tono afirmativo y resuelto de quien va por algo que es un derecho suyo.

No conozco a Rosa más que por la fotografía publicada en un periódico de la ciudad. No sé cuál sea su filiación política. Pero me gustó el tono afirmativo y resuelto de quien va por algo que es un derecho suyo, esto es, competir y hacerse elegir como alcaldesa de Itagüí Con la mayor decisión ha dicho Rosa que va a ganar las elecciones con 50.000 votos esta vez -ya había perdido unas con 21.000- y no piensa repetir la derrota. Yo le creo y celebro por anticipado su muy merecido triunfo. Así se habla, con esa convicción de quien tiene confianza en sus propósitos políticos de llegar a gobernar este municipio tan importante del Valle de Aburrá.


Ya no es la época en que las mujeres estaban sujetas al veleidoso capricho de los hombres que determinaban su destino electoral, de si las querían promover o no para estos cargos que parecían estar reservados a ellos por designio de no se sabe qué autoridad superior. Ahora la iniciativa corre al menos en un cincuenta por ciento a cargo de ellas, porque son conscientes de sus derechos y fortalezas políticas. Las mujeres han venido desde hace bastantes años ganándose ese espacio en los cargos de elección popular y están decididas a mantenerse allí por siempre, cosa que nosotros, sus compañeros de lucha, celebramos y apoyamos sin reserva.


Yo recuerdo aquella lejana época en que la mujer no era sujeto (¿o sujeta?) de estos derechos, porque ni la ley, ni la Constitución se los reconocía. Pero una vez adquirido ese estatus político, ya nadie puede ser osado a discutírselos porque también aprendieron a defenderlos.


Por el momento, la mujer parece (sólo parece) estar conforme con algunas cuotas del poder político que ellas reciben el día de elecciones en las distintas listas a corporaciones públicas –concejos, asambleas, congreso-. Pero estoy seguro que pronto llegará el día en que sean ellas las que, bolígrafo en mano, sean las que asignen a los hombres esa participación, habida cuenta de ser, como son en realidad, más de la mitad de los electores a lo largo y ancho del país. Igual con los cargos administrativos también sometidos hoy al escrutinio popular: alcaldías, gobernaciones y la propia presidencia.


Yo quisiera ser testigo de una confrontación política en donde los hombres y las mujeres nos disputáramos el favor del electorado con candidatos propios para ver los resultados el día de los escrutinios. Ni para qué hacer cuentas alegres sabiendo que ellas son mayoría muy significativa en donde quiera que se instale una urna. Sólo que hemos usado y abusado de su condescendencia al permitirnos que seamos nosotros los que al final de cuentas asignemos los nombres de los candidatos en las listas, reservándonos en ellas la parte del león.


Y no es porque la mujer ignore su potencial electoral y sus legítimos derechos de llevar el número de candidatas que les correspondería limpiamente, sino porque hay como una fuerza de inercia que viene desde la historia haciendo el trabajo de darnos privilegios que la ley jamás nos ha concedido y no nos concederá. Yo he sido testigo de esa inequitativa repartición del poder político en las corporaciones públicas: una sola concejal, una sola diputada y unas cuantas en el Congreso, cuando debería ser, al menos, el cincuenta por ciento para cada grupo. ¿Pero hasta cuándo?


Yo sí lo sé. Hasta el día en que no sigan regalándonos sus votos porque los reclamen para llevar a esas corporaciones y a los cargos de la administración sus propias candidatas que están preparadas para sumirlas desde el más humilde hasta la propia presidencia.


Moraleja: necesitamos por consiguiente muchísimas Rosas a lo largo y ancho del país que repitan con ella: voy con mis votos por esa gobernación, por esa senaturía, por la presidencia de Colombia. Así sea.


___________________


Hablando de la “Revolución Bolivariana” de Chávez, ahora con el guardián de su vigencia, el señor Maduro, valdría la pena preguntar: ¿De cuál revolución están hablando? Si ha habido alguna, debe ser tan insignificante que no ha traspasado las fronteras venezolanas. Fue una frase acuñada por el coronel fallecido que en boca del sucesor, es una payasada. ¿Revolucionario Maduro? Tal vez revoltoso. No da para más.