Columnistas

Los hermanos venezolanos
Autor: Pedro Juan González Carvajal
9 de Septiembre de 2015


Desde 1819 la Gran Colombia fue creada por la Ley Fundamental del Congreso de Angostura, y fue organizada durante el Congreso de Cúcuta.

Desde 1819 la Gran Colombia fue creada por la Ley Fundamental del Congreso de Angostura, y fue organizada durante el Congreso de Cúcuta. Entre 1820 y 1830 Venezuela, la Nueva Granada y Ecuador se unieron alrededor de la Gran Colombia.


Lamentablemente, la intuición de Bolívar estaba acertada y desde el Congreso Anfictiónico de Panamá en 1821, se vislumbraron negros nubarrones para poder alcanzar la integración de estas nuevas Repúblicas Independientes, con el fin de potenciar su desarrollo y además, defenderse ante los posibles intentos de reconquista europeos, o los voraces apetitos expansionistas o al menos intromisorios de los norteamericanos.


Pues dicho y hecho, en 1830 José Antonio Páez lideró la autonomía de Venezuela y promovió el Congreso de Valencia, donde nace Venezuela como República independiente y muere la Gran Colombia.


El 17 de Diciembre de ese mismo año, muere el Libertador Simón Bolívar, y con él, las esperanzas integracionistas de estas nuevas Repúblicas, la cual no ha sido posible hasta el día de Hoy.


Las relaciones con Venezuela han sido de permanentes altibajos. De nada sirve que en la frontera entre los dos países, alrededor de la Guajira con Paraguachón, o de Norte de Santander alrededor de Cúcuta, o en otros puntos geográficos comunes, se tenga establecida, de facto, una Zona Franca espontánea entre las dos comunidades que finalmente, son una sola, ya que si usted por ejemplo está en Cúcuta y pasa a San Antonio, encontrará la misma gente, las mismas costumbres, la misma comida, la misma música, son socios en negocios y además han establecido familias y parentescos. 


Comenzando por el propio Bolívar, los venezolanos han tenido cierta inclinación hacia el autoritarismo, mientras que Colombia ha perfilado un estilo más democrático. Los líos fronterizos por falta de visión y compromiso de las clases dirigentes de ambos países, han impedido por ejemplo, que a la fecha, el tema relacionado con el Golfo de Maracaibo o Golfo de Coquivacoa, de acuerdo a la nomenclatura Venezolana y Colombiana, esté ya resuelto, lo cual potencialmente puede ser un tema de conflicto.


La frontera terrestre que tiene una extensión de 2.219 kilómetros, toda la vida ha sido escenario del contrabando que va y viene de un lugar a otro, contrabando que tiene el respaldo de poderosas mafias a lado y lado de la frontera. En los últimos años, actores del conflicto armado en Colombia han aprovechado la vecindad y en algunos casos, se han asentado bajo su propio riesgo del lado Venezolano. 


El tema comercial tradicionalmente ha afectado a los empresarios colombianos debido a los manejos particulares del tema monetario y cambiario por parte de los distintos Gobiernos Venezolanos y a la tendencia, no generalizada, de no ser buenas pagas.


Sin embargo, hay que reconocer el hecho de la necesidad de respetar por encima de todas las cosas, el llamado JUST GENTIUM, es decir, el respeto por la preservación, bajo cualquier circunstancia, de los Derechos Humanos. Debe quedar también claro que cada país es autónomo de ejercer su plena soberanía dentro de su territorio y que para esos casos el Derecho Internacional, dentro de sus varios protocolos, diferencia entre la figura de la deportación por incumplimiento del régimen migratorio de cada país, y la expulsión, que implica el desalojo de los residentes de un territorio.


Los dirigentes de ambos países, y sus pueblos, no  pueden caer voluntariamente  en la premisa Romana  de la guerra de “Divide y vencerás”, que finalmente nos perjudica a ambos y favorece los intereses de otras potencias.


Los conflictos usualmente se resuelven por las buenas o por las malas. Por las  buenas, bajo la estrategia Diplomática, donde la prudencia, la paciencia, la firmeza   y la claridad de objetivos deben ser predominantes. La otra, la Guerra, donde temporalmente se deja la razón a un lado y se da vía libre al uso de la fuerza, con resultados crueles y costosos para todos, sobre todo para los ciudadanos del común.


Finalmente, es hora de evaluar muy seriamente la justificación y conveniencia real  de seguir vinculados, como país,  a instituciones tan inocuas como la Organización de Estados Americanos –OEA-  y la Unasur. Puede que este comentario no sea “Políticamente correcto”, pero tiene el respaldo pleno de la lógica y la autoestima.


Recordemos a Platón cuando dice: “Los únicos que han visto el final de la guerra,  son los muertos”.