Columnistas

Aislados del mundo
Autor: Dario Ruiz Gómez
7 de Septiembre de 2015


El debut de la actual canciller fue un escarceo con Maduro, el entonces ministro de Chávez en la Cumbre de Cartagena. Affaire recogido por un comentarista de El Colombiano y que comenté en esta columna.

El debut de la actual canciller fue un escarceo con Maduro, el entonces ministro de Chávez  en la Cumbre de Cartagena. Affaire recogido por un comentarista de El Colombiano y que comenté en esta columna. ¿Bisoñada, ingenuidad de primípara? Durante los años siguientes la Canciller siguió mostrando un manifiesto entusiasmo por el régimen chavista y un descuido absoluto por las relaciones con Estados Unidos y la Unión Europea. Aquellas maratónicas giras acompañadas de Santos para, supuestamente estrechar relaciones y abrir nuevas  posibilidades  a las exportaciones colombianas, no pasaron de la foto de ocasión con el respectivo mandatario. La primera visita de Santos al gobierno español  fue una terrible metida de pata al solicitar  a Rodríguez Zapatero quien  había hundido la economía española que “fuera su asesor para el cambio de modelo económico colombiano”. Desde la aparición en la historia de la diplomacia la seducción ha estado a la orden del día en la diplomacia  internacional  y Chávez  supo utilizar esta estrategia hasta el punto de que Santos lo proclamara como su nuevo mejor amigo. Cuando se tienen arraigadas convicciones democráticas las relaciones con un régimen totalitario deben mantenerse desde la debida  prudencia que dictan  estos principios, sin dejar de oponerse a la brutalidad que conllevaba ese despotismo negando la  libertad. El costo en vidas que para las democracias supuso la ingenuidad de Chamberlain de creer que la Alemania nazi jamás atacaría quedó como un ejemplo de irresponsabilidad diplomática. Cuando las democracias de Occidente quisieron abrir los ojos Stalin ya se había apoderado de media Europa. La blandura moral de nuestra Cancillería respecto al populismo de Evo, Correa, Ortega se puso de manifiesto en el apoyo irrestricto a Unasur y en el comienzo de nuestro aislamiento respecto al orden mundial.  


 ¿Cuál ha sido la doctrina colombiana en la defensa de los valores de la civilización frente al asedio de los populismos? Ha empezado el declinar de esa llamada izquierda  con los paros indígenas y los  comprobados hechos de corrupción en Brasil, en Bolivia y por supuesto en Venezuela donde la corrupción se define desde el Estado mismo. ¿Cuál ha sido la respuesta de nuestra supuesta democracia frente a esos desafueros? ¿No se ha permitido que aquí se persiga con igual saña a quien se atreva a pensar diferente? ¿Cuándo  condenó  la Fiscalía los desplazamientos forzados de población hechos por las Farc? La Canciller  convertida en la  esfinge de Gizeh,  nuestra Justicia pasando de agache ante cada drama humano planteado por una subversión a la cual prácticamente se le dio carta de justificación para sus desmanes  al punto de permitirle correr la frontera hasta el territorio venezolano.  ¿Y la población desplazada hacia el Ecuador, hacia Chile? ¿Y el lamentable caso de la pérdida del mar territorial?  Chamberlain pretendió justificar su incapacidad  política con una neutralidad que finalmente terminó por arrastrar hacia el desastre al pueblo inglés. La falta de solidaridad con la oposición venezolana en su defensa de la democracia ha demostrado la ausencia de principios en los partidos Liberal y Conservador  y puesto de presente  esa insolidaridad en los diferentes medios de comunicación, en nuestra demacrada clase política. Encerrados, mirándonos el ombligo,  ajenos a los reclamos de la justicia universal,  esa irresponsabilidad con la democracia ha terminado por aislarnos, nos ha hecho oscuramente tercermundistas, ha logrado que en el momento de pretender levantar la voz para denunciar un claro atropello contra gentes desvalidas, no se nos haga caso, pues  este no es un problema a resolver por parte de burócratas de oficio,  sino un planteamiento moral desconocido para  nuestra Cancillería.