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Autor: Alfonso Monsalve Sol髍zano
6 de Septiembre de 2015


Brasil y Argentina ofrecen mediar entre Colombia y Venezuela. Es un mal chiste. Un mediador es aquel que por no haber tomado partido puede ofrecer sus buenos oficios para solucionar una disputa entre personas, instituciones o, en este caso, pa韘es.

Brasil y Argentina ofrecen mediar entre Colombia y Venezuela. Es un mal chiste. Un mediador es aquel que por no haber tomado partido puede ofrecer sus buenos oficios para solucionar una disputa entre personas, instituciones o, en este caso, países. Al abstenerse de votar la proposición colombiana que pedía que el caso se discutiera en la OEA, esos estados, igual que Panamá, se inhabilitaron porque tomaron indirectamente partido por el régimen de Maduro.


Parece paradójico, pero no lo es. Me explico: nuestro país deseaba plantear sus argumentos en el foro americano, y debatirlos con los de su  contradictor. Allí no se iba a que se apoyara a Colombia, sino a que se la escuchara. ¿Cómo pueden los gobiernos de estas dos naciones hablar de mediación si le negaron a Colombia el derecho a presentar su versión sobre la crisis de la frontera? ¿Más todavía, si se conoce de su amistad cercana y dependencia petrolera relativa de la dictadura bolivariana de Venezuela? Al abstenerse, se sumaron y coadyuvaron  a la estrategia madurista de impedir que la voz de nuestro país se escuchara. Y al hacerlo, le estaban pagando favores al régimen de Maduro.


Tampoco es que pudiese esperarse más de esos gobiernos que van en caída libre a la venezolanización de sus estados, montados en la corrupción y en el recorte a las libertades democráticas, desprestigiados ante los ojos de sus propios pueblos y dispuestos a todo para mantenerse en el poder de manera espuria.


Nuestro gobierno debería rechazar enfáticamente esas “mediaciones” envenenadas, pero no se le puede pedir peras al olmo, es mucho cuento que haya medio protestado, y  ya la semana entrante los ministros –la versión de salón de Unasur- viajarán a Bogotá a reunirse con la señora Holguín, que por lo que se le conoce, es la peor canciller que ha tenido Colombia, que se ha declarado sola y frustrada por la derrota ante la OEA, como si de su política exterior y la de su jefe, pudiese esperarse otra cosa. O ¿es que creían de verdad que por estar arrodillados ante el Alba, los iban a considerar amigos, los sátrapas y tiranuelos que han andado en pandilla desde hace más de una década? ¿Y llegaron a pensar que, tal vez, los gobiernos de  Argentina y Brasil formaban parte del club de los estados decentes? 


Es que nuestra diplomacia no es mejor que la de ellos. Está en el peor de los mundos posibles: los demócratas dicen que son socialistas del siglo XXI (es decir, narcosocialistas) y éstos que son pitiyanquis. Tal vez, lo único que en realidad sean Santos y Holguín es la encarnación de la incapacidad soberbia de una gente vergonzante de su clase, que se metió a estadista y que está dispuesta a llevar al país por el despeñadero sin importarle el costo, con tal de imponer su vanidad desmedida. No se les olvide que estamos hablando de la misma señora Holguín que Santos nombró como negociadora en La Habana para cuadrar la diplomacia de las Farc, que ya, por fin, hicieron saber que, según su criterio Maduro, tiene la razón en la crisis humanitaria que viven los colombianos en la frontera y que Nicaragua no es un país expansionista; y del mismo Santos, que ha aprovechado esta situación para anunciar con sus cogobernantes, o, mejor, los verdaderos gobernantes, que las conversaciones están a punto de finalizar y que se decidirá por un mecanismo que le birle al pueblo su derecho a refrendar los acuerdos. ¡Utilizar la crisis de su nación para imponer por la puerta de atrás unos acuerdos que los ciudadanos no aceptan, no tiene nombre! Pero es lo que ocurrirá. Si nos dejamos.