Columnistas

Un fiasco anunciado
Autor: Sergio De La Torre
6 de Septiembre de 2015


Como si no bastara con la golpiza que Maduro nos viene propinando, ahora la OEA redondea el castigo neg醤dose a o韗 los reclamos de Colombia.

Como si no bastara con la golpiza que Maduro nos viene propinando (hasta que se aburra de hacerlo, se avergüence, o logre su secreto designio de provocar un choque que sirva de excusa para cancelar las elecciones venideras y evitar la derrota que le vaticinan) como si no bastara con eso, digo, ahora la OEA redondea el castigo negándose a oír los reclamos de Colombia y a tratar el tema del drama humanitario en la frontera. Cuando no hay ante quien quejarse el maltrato se duplica. ¡Vaya casualidad!: los países que nos desatendieron negándonos el derecho a ser siquiera escuchados, le deben a Venezuela favores o dinero que no pueden pagar, y así van pareciéndose a ella, que tampoco cancela sus deudas. Se entiende pues la obediencia supina de Nicaragua y Bolivia, o de la misma Argentina, con todo y lo jactanciosa que suele ser en el contorno. Si algo faltaba, en fin, para acabar de arrastrar la dignidad de tantos gobiernos maniatados, es esta mancha ominosa.


Entre las que desatendieron a Colombia no pocas son naciones de pacotilla, que no reúnen los requisitos mínimos, en cuanto a territorio y población, que toda comunidad que aspire al rango de nación debe acreditar. Pero ellas, con apenas el nombre, la fachada y una bandera, posan, arman y desarman bloques y hasta mayorías en la OEA y demás foros, cada que Caracas lo requiere. Tales republiquetas, islotes y cayos juntos difícilmente igualan a nuestro departamento del Atlántico. Pero representan casi media OEA, capaz de torcer o frustrar una decisión crucial.


La defección de Panamá, con la que contábamos para disponer de un escenario dónde denunciar tanto atropello, coronó el desastre. Su bandazo de última hora es la culminación de una vieja deslealtad, pues se trata de aquel país cuya dirigencia al despuntar el siglo pasado se vendió a Teodoro Roosevelt por el consabido plato de lentejas, renegando de su propia madre y progenitora, que le dio la vida y la crió. ¿Por qué sucedió tal cosa? Dicen que Maduro en el último minuto telefoneó para ofrecerle a Panamá el pronto pago de una vieja deuda. Falta ver si le cumple y no la deja con la vergüenza y sin el género, pues Caracas hoy no tiene cómo importar siquiera los víveres de la canasta familiar de su gente. Canasta que no falta ni en el propio Haití, catalogado como el país más pobre del continente.


La culpa de este episodio, que nos deja en situación de vulnerabilidad y podría envalentonar más a Maduro no es toda de la entidad y sus miembros. La imprevisión tantas veces probada, el pasmoso candor de que siempre damos muestras, provocaron el fiasco. Las explicaciones de la señora Holguín, y esos aires de haber sido asaltada en su buena fe o víctima de una gavilla, no dejan de enternecernos. Aquí nunca responde nadie por nada, pero ahora sí debiera responderse por el ridículo en que quedamos, el cual, al desnudar nuestra bisoñada, nos expone a nuevos abusos del vecino o evasivas de la OEA y otras entidades. Somos unos aprendices al lado de Nicaragua, que nos ganó de mano en San Andrés pese a tener nosotros la razón. Lo somos también frente a Venezuela, cuya diplomacia, cada vez que nos confronta, sale airosa. Porque siempre le ayudamos, sin intención o con ella, abonándole el terreno para que se salga con la suya.


La expulsión de connacionales viene ocurriendo desde hace meses sin que Colombia se hubiera dado por enterada, atrapada como está en los diálogos de La Habana (que ojalá fructifiquen) con los viejos protegidos del chavismo. Y en la actual arremetida, matizada de salvajes represalias, la ministra reaccionó tarde cuando había que hacerlo de inmediato. Y no solo fue tardía sino también invertida su reacción, validando las tropelías al afirmar que se trataba de una “decisión soberana”, lo que para nosotros significa conforme al derecho y la razón. No sabe uno entonces si reír o llorar ante la pesadilla kafkiana que vivimos por cuenta de esta dama preclara a quien mucho respetamos como ciudadana pero no podemos aplaudir como canciller. En cualquier otro cargo equivalente muy probablemente se desempeñaría mejor. Pues la diplomacia es oficio difícil y exigente que mal puede reducirse a protocolo, glamour y ceremonias.