Columnistas

¿Qué pasa en La Habana?
Autor: Jorge Arango Mejía
30 de Agosto de 2015


Sigue la tertulia interminable en La Habana. Y, como siempre, nada es claro. Por más que se hable de acuerdos, nadie sabe en qué consisten. Veamos.

Sigue la tertulia interminable en La Habana. Y, como siempre, nada es claro. Por más que se hable de acuerdos, nadie sabe en qué consisten. Veamos.


Hay un tema en el cual la posición de las Farc ha sido la misma, no ha cambiado en todo este tiempo de charlas: no estarán un solo día en la cárcel. A esto, el propio presidente contesta con unas declaraciones incomprensibles, en las cuales juega con la definición de prisión, para que, en últimas, no signifique nada.


En lo que tiene que ver con la reparación de los daños causados por los crímenes de las Farc, hay un hecho incontrovertible: hasta el momento no se ha conversado sobre este tema. Ha sido como si jamás se hubieran causado daños, o como si la organización criminal no tuviera nada que ver con ellos.


Lo que se está cocinando es evidente: trasladar la culpa. ¿Trasladarla a quien? Al pueblo que es el que paga todo. Al final, los centenares de miles de millones de dólares que las Farc han recibido por los secuestros, las extorsiones y el narcotráfico, ni siquiera se mencionarán. Será como si no existieran. Pero como habrá que indemnizar, así sea en mínima parte, a las víctimas o a sus deudos, se buscará quién pague: y ahí se encontrará al contribuyente, eterno pagador. Y no sea crea que los únicos gravados con los impuestos son los ricos: no, todos, sin excepción pagamos tributos. Ahí están el IVA, la sobretasa a la gasolina, el impuesto de industria y comercio que finalmente pesa sobre todos los que compran en cualquier establecimiento de comercio.


Y los caballeros de las Farc quedarán como ellos quieren: sin cárcel, con todas sus incalculables riquezas y con capacidad para comprarlo todo, terrible noticia en un país en el cual el voto es una mercancía más.


No se entiende cómo en los dos meses que faltan de la tregua bilateral se consiga un acuerdo definitivo. Si, por desgracia, el gobierno resuelve no sobrepasar ese límite, tendrá que hacer todas las concesiones que exija la contraparte. Sin importar cuáles sean, que tan perjudiciales  resulten para la nación.


A estas alturas la paz parece haberse convertido en una meta a la que hay que llegar, a cualquier  precio.  


Y mientras tanto, otros problemas crecen. Como se sabe, Nicaragua presentó dos demandas más contra Colombia, con el fin de ampliar las ganancias que ya logró en la Corte de la Haya. Y si la defensa de Colombia incurre en errores semejantes a los que ya causaron la primera derrota, el final podría ser el mismo.


En cuanto a los problemas con la dictadura de Maduro, eran previsibles. El gobierno de Colombia  pasó por alto las arbitrariedades y los desafueros del dictador. Y las organizaciones internacionales, como la OEA y Unasur, guardaron silencio. Así, para tratar de remediar una situación interna insostenible, Maduro ha buscado nuevamente distraer la atención de los venezolanos, con el pretexto de una inexistente amenaza colombiana. No hay que esperar mucho de la tímida respuesta de Santos a la agresión contra miles de colombianos.


Hace tiempo Colombia ha perdido importancia en el concierto internacional. Una política exterior completamente subordinada al Imperio, hace que nuestra diplomacia valga menos que un cero a la izquierda. Somos una colonia sin las ventajas correspondientes y con todas las cargas posibles.


Maduro se saldrá con la suya. Y nuestros compatriotas, humillados y ofendidos, tendrán que reiniciar su vida en Colombia. Solamente los acompañarán los recuerdos de todo lo que sufrieron y lucharon en  Venezuela, y que fue destruido en un momento por la soberbia de un dictador tropical.