Columnistas

¿En quién pensaba Cátulo?
Autor: Rodrigo Pareja
25 de Agosto de 2015


No se alude en el título a Gayo Valerio Cátulo, poeta que tuvo su auge antes de Cristo, sino a otro poeta, también inmenso pero más cercano a estas tierras, y quien guardadas las debidas proporciones también dejó imperecederas obras.

No se alude en el título a Gayo Valerio Cátulo, poeta que tuvo su auge antes de Cristo, sino a otro poeta, también inmenso pero más cercano a estas tierras, y quien guardadas las debidas proporciones también dejó imperecederas obras para quienes no son tan adictos a los clásicos y resultan menos pretensiosos con su bagaje cultural.


De apellidos González Castillo llevó el nombre del legendario veronés por un capricho de su revolucionario padre, José González Castillo, quien al final de cuentas se transó con el cura que lo bautizó, a quien propuso en principio llamarlo Descanso Dominical.


Lo cierto es que Cátulo Castillo, uno de los más grandes poetas del tango, dejó en metáforas imperecederas comportamientos, actitudes y posturas del ser humano, con una crudeza y una realidad que parecen escritas apenas en el día de ayer.


En una de las mejores creaciones de sus últimos años como genial escribidor, el tango Desencuentro, dejó algo que  pinta de maravilla las trapisondas, mentiras, engaños y traiciones que es capaz de cometer el ser humano y seguir impávido:


“ La araña que salvaste te picó ¿ Qué vas a hacer ?/Y el hombre que ayudaste te  hizo mal, dale no más/ Y todo el carnaval gritando pisoteó/ La mano fraternal que Dios te dio...”


... Luego agregó en otros versos inmortales: “Quisiste con ternura y el amor te devoró de atrás hasta el riñón/ Se rieron de tu abrazo y ahí no mas te hundieron con rencor todo el arpón/ Amargo desencuentro porque ves que es al revés/ Creíste en la honradez y en la moral qué estupidez...


Estas estrofas que reflejan, o la tristeza o la rabia de quien se siente traicionado y tan solo utilizado de manera oportunista, bien las pueden repetir a boca llena tantos dirigentes políticos que han sentido en carne propia esa manera que tienen algunos de corresponder cuando les toca comportarse con decencia, o al menos sin ingratitud.


¿O no doctor Eugenio Prieto y partido Liberal?  Claro que en el lodazal en que se ha convertido la política, actuaciones como las que describió el portentoso letrista tanguero Cátulo Castillo son de común ocurrencia, y tienen como protagonistas a muchos especímenes que hacen parte de la desprestigiada caterva detestada por  una inmensa mayoría de colombianos.


¿En quién o en quienes estaría pensando el dueño de tan vigorosa pluma cuando urdía en su febril imaginación las dicientes estrofas? ¿Sería acaso en algunos políticos colombianos? No parece, pues resulta difícil creer que tan pequeños semejantes tuvieran cabida o alguna importancia en la formidable mente del autor.


De modo pues que la acertada descripción de la ingratitud hecha por Cátulo Castillo por allá en la década de los cincuentas, nada tuvo que ver con el senador Luis Fernando Duque ni con los representantes John Jairo Roldán, Oscar Hurtado o Julián Bedoya, quienes están donde están gracias a ese trapo rojo del cual se valieron para trepar y acumular honores y prebendas, y ahora pretenden utilizar como simple retazo disponible para el primer aparecido que les haga algún  amague de coquetería.


Cuando los partidos colombianos eran eso, verdaderas y sólidas colectividades con programas, tesis y propuestas atrayentes para sus adeptos, podría hablarse de líderes, de dirigentes capaces y de sabios orientadores de una opinión que se volcaba en las urnas cada que era convocada.


Hoy, atomizados en micro empresas electorales donde el ingreso, el egreso, el debe y el haber son el basamento de su deleznable estructura,  parece válido que unos pocos jueguen sus restos a una candidatura audaz que, de prosperar,  se convertiría en una catastrófica época para la capital antioqueña.


A estos liberales que lucen ahora un color rosa pálido que no les cae bien, podría cantárseles los últimos versos del inmortal autor de Desencuentro: “...Por eso en tu total fracaso de vivir/ ni el tiro del final te va a salir”.