Columnistas

Los comuneros, intento de justicia
Autor: Luis Fernando Múnera López
24 de Agosto de 2015


Una noche, hace poco, escuché al profesor José Guillermo Ánjel en el programa La otra historia por la emisora Radio Bolivariana responder la pregunta “¿por qué en Colombia somos tan violentos?”.

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Una noche, hace poco, escuché al profesor José Guillermo Ánjel en el programa La otra historia por la emisora Radio Bolivariana responder la pregunta “¿por qué en Colombia somos tan violentos?” diciendo “porque los españoles nos trajeron esa violencia durante la conquista”. 


Escuchándolo vino a mi mente la historia del levantamiento comunero, a finales del siglo dieciocho, en la provincia del Socorro. 


Para ese tiempo la población del país era de unas novecientas mil personas, de las cuales trescientas mil eran españoles o descendientes de españoles, cuatrocientas mil eran mestizos, ciento cincuenta mil eran indios y cincuenta mil eran esclavos negros. 


El primer grupo tenía los mayores privilegios, acceso directo a la tierra, a las minas, a los puestos públicos y a las universidades, colegios y seminarios. Sin embargo, aún entre ellos había diferencias, que más adelante serían definitivas en el proceso de la independencia, pues los blancos nacidos en España se consideraban con más privilegios que los criollos, nacidos en América, y así lo practicaban para disgusto de los segundos. Los mestizos presionaban con fuerza pero poco resultado por el acceso a la tierra, mediante titulaciones o arriendos. Algunos grupos pugnaban por subsistir mediante precarias actividades comerciales, artesanales o servicios personales. Los indios, teóricamente protegidos por las Leyes de Indias, venían en franco deterioro demográfico y amenazados con perder las tierras de sus resguardos por la presión de los anteriores. A los esclavos negros no les correspondía ningún derecho.


La anterior situación se agravaba por las desmedidas ambiciones fiscales de la Corona española que cargaba a la población con toda clase de impuestos, servicios personales obligatorios y monopolios estatales. Hacia 1780 la Corona estableció el estanco de compraventa de tabaco, aguardiente, añil y pólvora, y aumentó los impuestos y los derechos de alcabala, causando un impacto brutal sobre la población.


La primera comunidad que protestó con éxito contra esas exacciones fue la de del Socorro, que para la segunda mitad del siglo dieciocho era una de las más populosas del país. Las protestas se dispararon allí el 16 de marzo de 1781, cuando Manuela Beltrán rompió el edicto de los impuestos en la plaza de mercado, después de lo cual unas dos mil personas del común, es decir, del pueblo, avanzaron armadas de palos y piedras hacia la casa de gobierno gritando “¡viva el Rey, abajo el mal gobierno!”. 


De lo que vino después son interesantes varios hechos: 1. La contundencia y eficacia del levantamiento, que logró movilizar el Ejército del Común con cerca de 20.000 hombres, dirigido por Juan Francisco Berbeo. 2. La actitud de los representantes del gobierno virreinal, que decidieron negociar con los revoltosos para impedirles llegar a Santafé. 3. Las Capitulaciones firmadas el 7 de junio de 1781, que constituyeron un principio de fugaz autonomía para la región insurgente. 4. La extensión del movimiento comunero a varias regiones del país, Antioquia entre ellas. 5. La falta de apoyo de la oligarquía de Tunja al movimiento; las divisiones internas entre líderes comuneros, por las diferencias de clases que había entre ellos, y la traición del gobierno virreinal, que desconoció las Capitulaciones. 6. La derrota final de la insurrección comunera el 1 de febrero de 1782. Todo ello en el breve lapso de once meses y dieciséis días. Después de estos eventos, la independencia de Colombia se demoraría treinta y siete años más.


Detrás de la violencia que hemos sufrido hay varios hechos constantes: La ambición de poder y riqueza de la clase dominante y la lucha del pueblo contra la opresión y la injusticia; la incapacidad de los dirigentes políticos y privados por generar bienestar y justicia; la debilidad de los dirigentes populares para encauzar eficazmente los movimientos de reivindicación social.


No estoy abogando por la lucha de clases, pues la violencia genera más violencia. Mi reflexión se encamina a destacar la necesidad de racionalidad, sindéresis y sobre todo justicia, como elementos claves de la convivencia. Por eso mantengo la fe en el actual proceso de paz.