Columnistas

Carangas resucitadas
Autor: Lázaro Tobón Vallejo
19 de Agosto de 2015


Una manera despreciativa que se usaba en ultranza para referirse a las personas que de bajo nivel cultural habían alcanzado subir de estrato, lo que es muy meritorio, pero seguían comportándose con un alto déficit de urbanidad.

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Una manera despreciativa que se usaba en ultranza para referirse a las personas que de bajo nivel cultural habían alcanzado subir de estrato, lo que es muy meritorio, pero seguían comportándose con un alto déficit de urbanidad; que Carreño en su manual la define como: “el conjunto de reglas que tenemos que observar para comunicar dignidad, decoro y elegancia a nuestras acciones y palabras, y para manifestar a los demás la benevolencia, atención y respeto que les son debidos”. Añadiendo. “La urbanidad es una emanación de los deberes morales, y como tal, sus prescripciones tienden todas a la conservación del orden y de la buena armonía que deben primar entre los hombres, y a estrechar los lazos que los unen, por medio de impresiones agradables que produzcan los unos sobre los otros.”


Del aseo para con los demás, Carreño nos indica: “La benevolencia, el decoro, la dignidad personal y nuestra propia conciencia, nos obligan a guardar severamente las leyes del aseo, en todos aquellos actos que en alguna manera están, o pueden estar, en relación con los demás.”


Del modo de conducirnos en nuestras familias. Cuando Carreño escribió su Manual de Urbanidad, pocos eran las unidades residenciales, pero, trayéndolo a estos tiempos modernos, se podría asimilar la unidad residencial como a una gran familia, de allí, lo importante de este apartado: “Nuestra conducta en sociedad no será nunca otra cosa que una copia en mayor escala de nuestras costumbres domésticas; así es que el hábito de ser atentos, respetuosos, delicados y tolerantes con las personas con quienes vivimos, hará resplandecer siempre en nosotros estas mismas cualidades en nuestras relaciones con los extraños.”


Traigo la anterior a colación, debido a actos de esas “carangas resucitadas” que han llegado a vivir en el estrato 6 y que asumen que el primer piso de las edificaciones es el basurero de sus propias privadas. A parte del cuzquero, están cogiendo la manía de tirar por sus ventanas los sobrantes de la comida, pero el aventar un condón usado y la caja de un medicamento para favorecer la virilidad al momento del acto sexual por la venta hacia los primeros pisos ya es la “tapa del congolo”. Esto acontece en algunas unidades residenciales de El Poblado, como me lo contó un conocido que vive en un primer piso y le sucedió en los dos últimos fines de semana. Le tiraron el condón y la famosa cajita. Pero lo más delicado es que el personaje se quejó ante el Consejo de Administración y el Comité de Convivencia y estos pasaron de agache.


A ese respecto dijo Carreño: “La dignidad y el decoro, exigen de nosotros que procuremos no llamar la atención de nadie antes ni después de entregarnos a aquellos actos que, por más naturales e indispensables que sean, tienen o pueden tener en sí algo de repugnante.”


Aunque suene despectivo el término “caranga resucitada”, todavía andan por ahí, sin vergüenza alguna. Como se dice “por sus actos os conoceréis”. Y ¡Ah necesario es retomar los principios de urbanidad de don Manuel! Para apropiarnos de una verdadera civilidad.