Columnistas

Colombia es necesaria
Autor: Eduardo Mackenzie
17 de Agosto de 2015


Para que haya acuerdo de paz en Colombia se requiere que haya un ferviente deseo de acuerdo: que Colombia, sobre todo sus mayorías, quieran llegar a un acuerdo con su enemigo histórico: las Farc.

Para que haya acuerdo de paz en Colombia se requiere que haya un ferviente deseo de acuerdo: que Colombia, sobre todo sus mayorías,  quieran llegar a un acuerdo con su enemigo histórico: las Farc.


Todo el mundo quiere la paz, en general, como todo el mundo quiere respirar, como todo el mundo prefiere estar sano y no enfermo. La alternativa actual de los colombianos no es la simplonería tramposa que Santos ha erigido en bandera. La alternativa no es entre guerra o paz, pues diciendo que queríamos la paz lo que hemos obtenido es la guerra, y el apogeo de la guerra. La alternativa es entre un acuerdo auténtico de paz, apreciado y respaldado por las mayorías, o un acuerdo de paz con agenda paralela y secreta, negociado en las siniestras oficinas de La Habana y con objetivos ocultos.  


Juan Manuel Santos cree en lo segundo. La cosa, para él, es muy simple: solo basta discutir a espaldas de los colombianos en la isla prisión, y buscar un entendimiento entre dos egos. Para él y para Timochenko la paz es eso: la convergencia de dos egos. Dos hombres que, mediante sus respectivos voceros, deciden el futuro del país, de sus instituciones, de sus habitantes y de sus bienes, de espalda a todos y sin que nadie tenga el derecho a imponer correctivos. Estiman que ese proceso puede culminar cuando ellos deciden que culmine, pues el país está en paz, aunque esté en la peor fase de la guerra asimétrica.


Santos, en este asunto, olvidó que las mayorías colombianas existen. Y que ellas pesan. Y que ellas son las que deciden. O que tienen el derecho de decidir sobre el futuro de la nación. No Santos, ni Timochenko. Por olvidar eso, Santos desnuda su carácter, exhibe su desprecio. Cuándo los colombianos le dicen, mediante manifestaciones,  encuestas de opinión y batallas parlamentarias y mediáticas, una y otra vez, que el proceso de paz que él lleva con la gente de La Habana no es aceptable, él alza los hombros y sigue corriendo detrás de la utopía personalista. 


A Santos se le olvidó que los colombianos existen, que las mayorías existen y pesan y deciden, y que sin ellas no hay plan que dure, ni que tenga sentido. Santos cree que sin los colombianos, o con una parte de colombianos burlados,  puede firmar un pacto válido de paz.  Santos, es cierto, podría firmar un papel, pero eso no traerá la paz. El y el otro firmante jamás podrán aportar la paz, es decir  dar un paso trascendental hacia la construcción libre y exaltante de Colombia, pues ese paso es vedado a quienes minan desde dentro el sistema democrático.


Cuando un líder político busca la paz a cualquier precio, a como dé lugar, sin criterio, a ciegas, sin límites, sin condiciones, corre el riesgo de lograr lo contrario. La paz sin condiciones, la paz sin entrega de las armas, la paz sin justicia efectiva, es decir dejándole al enemigo su capacidad para destruir las Fuerzas Armadas y el país en general,  se llama capitulación, que es la vía escogida desde los años 70 por las Farc para doblegar a la nación colombiana.


Ese pacto no será un paso hacia la paz. Colaborar con el enemigo lleva inevitablemente a la violencia masiva y a la catástrofe. Por olvidar a los colombianos, Santos está pasando al otro lado del espejo, de la idea de la paz a la capitulación.


Santos y Timochenko juegan como dos gemelos que han perdido el sentido de la realidad. Se olvidaron de algo importante: que Colombia es necesaria y que las Farc no lo son. En nombre del comunismo, las Farc cometen los crímenes más horribles de la historia moderna colombiana. Las Farc son la obscura y continua rebelión contra la democracia, contra las libertades y contra la inteligencia. Las Farc fueron una creación de la guerra fría, un episodio, sangriento pero derrotado, de intento de destrucción de un país que hacia parte del mundo libre. Pese a ello, las Farc quieren imponerse sobre Colombia, dominarla.


Los colombianos  no apoyan tales capitulaciones.  No las apoyan en nada. Apoyaron la tarea histórica que el presidente Uribe, rodeado de las mayorías, había emprendido con éxito: sacar a Colombia de la violencia subversiva, de la decadencia moral y espiritual que las bandas comunistas tratan de asignarle al país desde hace 50 años. 


La mediocridad de las ambiciones de Santos y su sentido del riesgo, no pueden conducir sino a la repetición de un fracaso, cuyos rasgos vemos a diario, en la vecindad. Un país libre puede ser engañado por un charlatán violento con apoyo de la dictadura cubana y llevarlo a la opresión y a la miseria. Y golpear todo un continente. Fue lo que hizo Chávez con Venezuela. Esa es la lección. ¿Se repetirá eso en Colombia? ¿Los colombianos dejarán que eso ocurra en su propia casa?


Los colombianos no respaldan el llamado proceso de paz, pues tras cuatro años eso sigue siendo un misterio, un proyecto de dos individuos que negocian a espaldas de todos: nadie sabe nada, ni los negociadores mismos, pues hay unos que saben unas cosas y otros que creen saber otras.  Los únicos tres documentos que Santos y Timochenko dieron a conocer, en junio de 2014, son inquietantes.


Los colombianos no aman ese proceso. Lo han sobrellevado por falta de otra perspectiva. Los fracasos de Santos en ese terreno se notan: el malestar del país es masivo, franco. Las manifestaciones del 7 de agosto de 2015 en varias capitales, que cierta prensa quiere convertir en un no-evento, son el comienzo, no el final, de una dinámica de resistencia contra el plan de dos egos. Colombia son sus mayorías y éstas dirán la última palabra.