Manos en el fuego
¿La oralidad en el proceso laboral?
Autor: Rubén Darío Barrientos
26 de Julio de 2006


En cierta ocasión, un prominente jurista manifestó que “era mejor una justicia rápida y mala, que una lenta y buena”. Cuando se le preguntó si sus afirmaciones no eran contradictorias, en el sentido de que cómo podía amalgamarse lo rápido con lo malo, respondió que la velocidad en un proceso era un premio a las partes en disputa que, incluso, podía hasta permitir una decisión errática. Y puntualizó: “no se sorprendan de mis planteamientos, pues para juzgamientos arbitrarios y absurdos están los recursos de ley”.

Era razonable su tesis, pues los abogados ya estamos indigestos de procesos fatigosos, de la morosidad en la justicia y de pleitos interminables. En el refranero popular, se ha aseverado que “una justicia lenta no es justicia”. Y hay una frase añorada que empieza a tomar forma con el nuevo sistema penal acusatorio: justicia eficiente. O si no, miremos como hace dos días el Juez Especializado de Pereira ya condenó a 36 años de cárcel a los asesinos de Liliana Gaviria Trujillo.

En materia laboral estamos en pañales. No puede ser que un trabajador, que ha sido despedido de manera unilateral e injusta y que es cabeza de familia, tenga que esperar casi tres años para una decisión de primera instancia, en un juicio largo y de penurias. Desde luego, tampoco es equitativo que un empresario, demandado de manera temeraria por un ex trabajador irresponsable, tenga que esperar su absolución en los mismos tres años, incurriendo inicuamente en costos de abogado y desgaste de un proceso con cuatro audiencias.

En la especializada revista Legis (edición 135) se presenta un informe según el cual la implantación de la oralidad en el proceso laboral ya empieza a abrirse camino entre los círculos académicos y jurídicos. Y se agrega que el Consejo Superior de la Judicatura y la Corte Suprema de Justicia lideran varias iniciativas que buscan, de esta manera, superar la congestión judicial y hacer más expeditos los trámites laborales. Todo este anhelo, se debe a la puesta en funcionamiento del nuevo sistema penal que ha enrostrado la celeridad, la concentración y la inmediación de los procesos.

En nuestro país, la congestión judicial y el atraso histórico de los procesos parecieran ser cosas de nunca acabar. En Colombia, existen 327 juzgados de circuito que conocen el tema laboral, pero hay absurdos como es el caso de Girardota, en donde el Juez Civil del Circuito es quien conoce de las demandas laborales como cabecera de una vasta zona industrial, en donde resulta inexplicable que no haya un juez laboral especializado. Como no es cierto que lo bueno por sabido se calla, vale la pena destacar el gran trabajo de los juzgados laborales de Itagüí, en donde un proceso se demora entre ocho meses y un año.

La oralidad conlleva la más grande seriedad para atender las citaciones del juez, el más diligente concurso para aportar pruebas oportunamente, la garantía abierta del derecho de contradicción y la presencia viva del fallador en el negocio. La posibilidad de llegar a una justicia moderna en materia laboral es tan seria, que ya se ha conformado la “Comisión para la oralidad”, aglutinando un grupo de expertos así: los viceministros de la Protección Social y de Justicia, un magistrado de la Sala Laboral de la Corte Suprema, un abogado litigante en materia laboral, un magistrado del Tribunal Superior de Bogotá, un juez laboral del Circuito de Bogotá y un delegado del Consejo Superior de la Judicatura.

No se necesita mucho cacumen para decir que se requiere ampliar la nómina de jueces y magistrados, que se demanda una profunda capacitación para los empleados de los despachos (hay unos que dan grima) y que es imperiosa una inyección económica para dotación, salas de audiencias y recursos técnicos. Ecuador y Chile, han sido los últimos países en acoger la oralidad en el proceso laboral. ¿Por qué siempre somos los últimos en todo?