Columnistas

La libertad que nos perfuma
Autor: Alvaro T. López
11 de Agosto de 2015


Más que la separación de España, precaria por cierto, lo que se proclamó el 11 de agosto de 1813, fue el talante libertario e innovador de un pueblo que no soporta el hierro en el cuello, que prefiere llevarlo en las manos para transformarlo.

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Más que la separación de España, precaria por cierto, lo que se proclamó el 11 de agosto de 1813, fue el talante libertario e innovador de un pueblo que no soporta el hierro en el cuello, que prefiere llevarlo en las manos para transformarlo, para trabajarlo, para convertirlo en el símbolo del progreso y de la superación personal por medio del trabajo. El gesto provocador y suficiente tuvo entre sus auspiciadores a un momposino que se involucró con tal decisión que terminó siendo el presidente del nuevo estado soberano, hasta su muerte un año después. Don Juan del Corral despachó como el presidente del Estado, primero desde la muy ilustre ciudad de Santa Fe de Antioquia y luego desde Rionegro. A su muerte le sucedió don José Miguel de la Calle.


El examen del proceso de independencia de lo que hoy es Colombia, tiene que pasar necesariamente por los sucesos de Antioquia, territorio en el que manaron tempranamente, mucho más que en otras partes de la Patria, y con mucha más decisión, los sueños libertarios. Tuvo el pueblo conciencia de su propio valor, de su capacidad transformadora y progresista, y de lo muy malo que era para su propio futuro permitir la explotación de una autoridad lejana, representada entra nosotros por seres crueles y convenencieros, que solo proveían sus propias ambiciones, que ni le servían a España ni le servían a sus provincias. Pero habría que tener mucho valor y determinación para jugar un juego que podría terminar, como en efecto lo fue, en la más feroz batalla.


Hay que retomar la historia, beber en las lecciones de dignidad y justicia de los primeros libertadores de Antioquia, para situar la región en el puesto que le corresponde en la realidad nacional. Se ha demostrado enjundia y juicio suficientes desde aquí, para desarrollar el Departamento a pesar de los obstáculos que se ponen en Bogotá, por enemigos de esta parte de Colombia, y hasta por propios que actúan de mala fe o haciendo favores a nuestros propios enemigos. Con las más enconadas oposiciones tenemos la ciudad amable que hoy es Medellín, que todos los días da pasos más firmes hacia la consolidación de la realidad urbana que asombra a los de afuera y enorgullece a los paisanos. Siempre tenemos razones para mostrarnos ante el mundo.


Pero siempre está el horror del centralismo burocrático que ha visto la pujanza y la indómita raza antioqueña, la peor de las amenazas. Ahora la siempre astuta fuerza acaparadora de la concentración capitalina de poderes, se ha inventado la institución casi criminal de los avales partidistas para las aspiraciones políticas. ¿Acaso somos incapaces para la toma de decisiones? Tenemos que volver a asumir la responsabilidad de responderle al pueblo por su propio destino. Tenemos, como en 1813, que declararnos libres de cualquier injerencia que detenga nuestro destino, que lo ilegitime. Si Antioquia, sola, ha sido capaz de construir lo que es hoy, debe seguir su camino hacia el futuro, pensando en lo que le es más conveniente.